Fue una de las noticias más compartidas a través de Facebook en nuestro país durante 2016, la historia narraba una vergonzosa situación vivida por una asesora del hogar, que fue denunciada por algunos residentes de un edificio de Ñuñoa porque su hija se estaba bañando en la piscina junto a los hijos de la dueña de una de las propiedades. Hoy, la protagonista de este hecho, María Caniulén conversó con The Clinic, acerca de este y otros hechos que ha debido enfrentar debido a su trabajo y su apellido, de ascendencia mapuche.

“Yo estaba terminando mis labores. Cuando bajé del departamento, casi yéndome a mi casa, el guardia de turno me dijo que si podíamos conversar. Me comentó que recibió un reclamo de una propietaria, ella le dijo que los hijos de las empleadas no podían usar la piscina y el día anterior mi hija estuvo bañándose en ella. Yo quedé sorprendida, quedé plop. Fue una situación enferma, no podía creer que existiera un pensamiento así en el siglo XXI. Eso me lastimó. Quedé sin palabras”, indicó Caniulén.

La asesora del hogar cuenta que sus papás estaban furiosos y se enteraron por televisión del hecho. “Esto se propagó muy rápido, ni siquiera los había llamado. Mi mamá se preguntaba cómo podía existir gente que aún hiciera ese tipo de clasificaciones, esto era netamente clasismo, le respondí yo (…) En otro trabajo me había pasado que me habían dicho india. Eso sí que me molestaba mucho, porque yo no soy india. Los indios viven en la india. Que yo sepa soy mapuche, no india”. 

“Yo llegué muy joven a Santiago. Tenía diecinueve años en ese entonces. Vengo de Nueva Imperial, allá por Temuco. Siempre he sido asesora del hogar. He estado en varios lados. No me avergüenza. En un comienzo tenía un día libre por cada quince trabajados. Supuestamente me pagaban cien mil pesos, pero siempre me daban ochenta. Me decían que los otros veinte eran para las imposiciones, era mentira, revisando por internet me di cuenta que era falso. Nunca me pagaron (…) Recuerdo que con varias otras niñas mapuches íbamos a las agencias de trabajos a buscar pega, pero las señoras decían, específicamente, que no querían mapuches. Una tipa rubia decía clarito “no quiero indios”, te miraban el apellido y no podías seguir. Me daba rabia, pero me quedaba callada, si decía algo en ningún lado me iban a recibir. Si me llamaban la atención debía quedarme callada, no podíamos opinar, simplemente”, declara Caniulén, quien ademas señala que no siente vergüenza por ser mapuche, y que participa activamente en la comunidad en que nació, pero que hay gente con la mente muy cerrada, y con aires de superioridad con la que ha tenido que lidiar. 

“Estos problemas vienen de la casa. No le guardo rencor al guardia del edificio, porque era su trabajo. La que tiene el problema es la señora del reclamo, no sé qué tendrá en su cabeza. No sé qué clase de vida querrá para sus hijos o sus nietos. ¿Qué más se puede esperar si aún hay gente que clasifica a otra en un país? Ahora la juventud es más abierta. Hay varios movimientos sociales y eso está bien, se podría llegar a cambiar algo. A Chile le falta ser más gente, más humano. Pensar antes de actuar, no somos animales. Hay que mirarse más en el espejo y preguntarse en qué estamos fallando, hay que verse más como personas. No ser tan fríos, ojalá no siguiera pasando, si en el fondo somos todos iguales”, indicó, para finalizar.