A través de su cuenta personal de Facebook el sociólogo Manuel Guerrero respondió a la columna publicada el domingo en El Mercurio por Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales.

Por segunda semana consecutiva, Peña le dedicó su columna dominical al debate por los beneficios carcelarios para los violadores de derechos humanos, por lo que el hijo de una de las tres víctimas del Caso Degollados respondió señalando que “lo que los presos de Punta Peuco y sus portavoces han hecho es poner contra la espada y la pared a las víctimas para que les perdonen a la fuerza”.

Guerrero señaló que no existía algo como gratuidad en el gesto del viernes en Punta Peuco, “Pedir perdón como parte de un fino trabajo de agitación y propaganda que utiliza figuras morales y vocerías (Fernando Montes primero y luego Mariano Puga, ay Mariano en la que te metiste), y los grandes medios de comunicación a disposición, no resulta muy convincente como acto de puro don.”

Además, apuntó a la milagrosa recuperación de la demencia senil de Augusto Pinochet y cuestionó el que se criticara a las víctimas: “Nadie nunca se ha puesto en una situación de este tipo, ni siquiera en el debate teórico, porque es simplemente obsceno: te violo y luego te exijo me perdones y si no lo haces eres una persona rencorosa, resentida, llena de odio. Y esto lo hago en forma pública para que todos sepan que no hay humanidad en ti. ¡Pero si eso es volver a victimizar a la víctima por parte del victimario! ¡Es repetir el daño! Es dar vuelta los términos de la ecuación: Si el perdón tiene alguna posibilidad de ser ha de provenir de la propia víctima que lo otorga, no porque el victimario se lo exija, sino, por el contrario, porque la víctima decide darlo a partir de su propias y libres consideraciones”, señaló.

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“No le daré mucho espacio, porque la verdad es que el tema cansa, pues además de obsceno llega con bastante retraso a Chile. Me refiero -lamentablemente no puedo evitar referirme-, al ya intruseado tópico del perdón. Rafael Cavada en su cuenta de twitter reenvió un enlace a una columna del domingo de Carlos Peña que apareció en El Mercurio, en la que éste trae a colación los planteamientos que Jacques Derrida hizo sobre el asunto, que le sirven al liberal abogado para trazar la distinción entre “justicia” y “perdón”. Derrida plantea, desde su lógica deconstructivista (aquello de que la condición de posibilidad de algo es, a su vez, su condición de imposibilidad), que solo se puede perdonar lo imperdonable. Y como esto carece de la lógica del principio de no contradicción de Aristóteles, que algo no puede ser simultáneamente su contrario, el perdón no es del orden de lo justo, en tanto lo justo supone dar a cada uno lo que es suyo, o lo que le corresponde. El perdón es extraordinario, gratuito, un exceso o sobrebundancia, pues da todo a cambio de nada. En rigor no participa de cálculo alguno, sino que es pura donación, regalo, por ello es que, desde esta otra lógica o no-lógica, se puede perdonar lo imperdonable. Peña cierra su columna interrogando sobre qué justicia puede haber si se mantiene en el encierro a personas que padecen demencia senil que ni saben donde se encuentran. Los presos de Punta Peuco piden perdón como algo extraordinario, apelando a lo incalculable, a la generosidad de las víctimas.

No nombra Peña que “El siglo y el perdón”, entrevista con Michel Wievorka, es un texto ya antiguo bastante discutido a propósito de la orientación que le dio el clérigo Desmond Tutu a la transición sudafricana en los tiempos del primer gobierno de Mandela, que se basó en la lógica de la reconciliación cristiana. Tampoco indica que Derrida aborrecía lo que él llamó “el espectáculo del perdón” que se había puesto de moda (¿Recuerdan ustedes, por ejemplo, cuántas veces Sebastián Piñera pidió perdón durante su Gobierno? Es un recurso muy utilizado por quienes ejercen autoridad que hace caer en las víctimas la responsabilidad y la culpa de tener que perdonar, eludiendo así responsabilidades morales, legales o políticas). Es cierto que las religiones abrahámicas comparten el sentido divino del perdón, obra de la gracia, pero es un recurso mañoso introducir ese elemento cultural identitario de determinadas confesiones en una discusión que tiene que ver con un Estado constitucional de derecho, que no solo supone – ¡gracias a Dios! – la separación entre Iglesia y Estado, sino que para evitar que se invoquen dogmas particulares en un contexto de sociedades pluralistas, se utiliza el lenguaje racional del Derecho, que es lo que permite que podamos convivir entre personas con máximos distintos, teniendo un piso común de derechos compartidos para resolver pacífica y razonadamente nuestros conflictos.

¿Gratuidad en el gesto? Apelar a lo gratuito y extraordinario en la semana de Navidad díganme que no parece algo calculado, pues -vaya coincidencia- precisamente suele ser el momento cuando, por resabios monárquicos, los Presidentes dan indultos como regalo que se saltan los dictámenes de la justicia. Pedir perdón como parte de un fino trabajo de agitación y propaganda que utiliza figuras morales y vocerías (Fernando Montes primero y luego Mariano Puga, ay Mariano en la que te metiste), y los grandes medios de comunicación a disposición, no resulta muy convincente como acto de puro don. Una verdadera campaña de posicionamiento del tema con el Ministro de Justicia -hermano de un Teniente de la FACH violador de derechos humanos-; el Presidente de la Corte Suprema, y otros personeros del establishment haciendo coro, que se unen a lo que ya los abogados de los presos de Punta Peuco venían trabajando como línea argumental para pedir libertades condicionales: apelar a “razones humanitarias” para acortar el cumplimiento de condenas, acceder a beneficios extracarcelarios y, ah coincidencia, al indulto presidencial, resulta a lo menos sorprendente como obra de la sola reivindicación de arrepentimiento personal. Lo que se solicita contraviene el derecho internacional de los derechos humanos, que cuenta con dictámenes categóricos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que establecen que los crímenes de lesa humanidad no pueden ser objeto de beneficios extracarcelarios, por su carácter, y por constituir, de otorgarse, denegación de justicia para las víctimas por parte del propio Estado que, a través de sus funcionarios, violó los derechos humanos. Este es un aspecto que el abogado Peña debiera a lo menos considerar en su tratamiento del tema, pues la Corte Penal Internacional señala la imprescriptibilidad de estos crímenes.

Es una pena, a su vez, que Peña no mencione que el análisis de Derrida forma parte de una polémica con otro gran filósofo (y musicólogo) francés, sobreviviente del exterminio nazi, Vladimir Jankélévitch, quien afirma en “Lo imprescriptible” que los crímenes de lesa humanidad -que atentan no contra tal o cual persona, sino que al hacerlo lo realizan contra la “hominidad” misma-, son “inexpiables”; que no hay castigo suficiente para ellos por tratarse de crímenes “inconmensurables”; y que al contrario del precepto “perdónalos porque no saben lo que hacen”, para estos crímenes vale el “Señor, no los perdones, porque saben lo que hacen”. El perdón en estos casos, indica Jankélevitch, es traición a los mártires, y la voluntad de castigo por medio de la justicia a estos crímenes (irreparables) no es muestra de rencor, sino de horror ante lo que los funcionarios fueron capaces de hacer (a sabiendas de lo que hacían).

Peña no entra en este debate, seguramente demasiado incómodo para una columna dominical que se leerá entre el café de la mañana y el aperitivo del almuerzo para ser comentado en la sobremesa de los lectores del diario de Agustín. Con ello deja a las víctimas sin un referente teórico al cual puedan apelar para mostrar que incluso entre los titanes de la filosofía francesa, que él cita como fuente de autoridad a no discutir, no hay acuerdo respecto del perdón. Pues el tema es complejo, no admite soluciones simples. Y como es opinable, y mientras sea fuente de elaboración en base al disenso, es el Derecho el que debe actuar como medida común, y éste indica que no caben perdonazos por parte de los poderes del Estado ante los crímenes de lesa humanidad.

¿Qué hay de quienes piden perdón con demencia senil? Con el mayor de los respetos a cualquiera que esté con tal síndrome, permítaseme simplemente indicar la contradicción de términos: ¿Cómo se puede argüir que hay presos en Punta Peuco que piden perdón que “ya ni saben dónde están”? Si esto es así, ¿desde qué capacidad piden perdón, sino saben lo que hacen? O, ¿alguien está pidiendo perdón por ellos, dado que ellos ya habrían perdido tal capacidad? ¿Se trata de un perdón vicario entonces? ¿Vale por igual? Además las víctimas a las violaciones sistemáticas a los derechos humanos cometidas durante la dictadura de Pinochet tienen todas las razones del mundo para dudar de la veracidad de este tipo de afirmaciones, pues el propio Pinochet fue devuelto a Chile tras su arresto internacional en Londres por genocida, bajo la figura de demencia senil, siendo que al llegar a Santiago quedó en evidencia que fue un artilugio y que los informes no fueron establecidos por fuentes independientes. En Chile luego se le suspendió el proceso judicial en su contra y se le sobreseyó bajo el mismo argumento. La “demencia” ha sido un resquicio que se ha utilizado durante los juicios a criminales de lesa humanidad para escabullir su responsabilidad. La respuesta “no me acuerdo, pero no es cierto; no es cierto y si fue cierto, no me acuerdo”, pronunciada por el dictador durante el interrogatorio judicial, ha quedado en nuestra memoria colectiva como un paso mañoso magistral y ominoso para evadir la justicia. ¿Porqué ahora no estaríamos ante un diseño semejante? ¿Por simple regularidad empírica no es acaso razonable por parte de las víctimas, y de la ciudadanía en general, dudar de la veracidad de lo que se sostiene? Y si esta vez sí se trata de situaciones de demencia senil que estén ocurriendo, no es responsabilidad de las víctimas su tratamiento ni es materia que competa al perdón. Es resorte del Derecho.

Por último, Carlos Peña comete una falacia argumental cuando cierra su columna señalando que “quienes rezaron en el acto ecuménico de Punta Peuco aún no están derrotados por el destino, y por eso piden el incomprensible perdón”. Falacia, porque tanto Derrida como el citado Jankélevitch, cuando hablan de la posibilidad del perdón se refieren a la gratuidad, donación y gesto voluntario que las propias víctimas pudieran realizar, como acto personalísimo y de libertad absoluta de ellas. Nótese, acto de las víctimas. No se refieren, por tanto, a este remedo mediático en que los victimarios ponen en una posición de interpelación pública -presión indebida- a las víctimas para exigirles que les perdonen. Nadie nunca se ha puesto en una situación de este tipo, ni siquiera en el debate teórico, porque es simplemente obsceno: te violo y luego te exijo me perdones y si no lo haces eres una persona rencorosa, resentida, llena de odio. Y esto lo hago en forma pública para que todos sepan que no hay humanidad en ti. ¡Pero si eso es volver a victimizar a la víctima por parte del victimario! ¡Es repetir el daño! Es dar vuelta los términos de la ecuación: Si el perdón tiene alguna posibilidad de ser ha de provenir de la propia víctima que lo otorga, no porque el victimario se lo exija, sino, por el contrario, porque la víctima decide darlo a partir de su propias y libres consideraciones. Tanto Derrida como Jankélevitch se refieren a este perdón que nace del ofendido y no de los victimarios. Lo que los presos de Punta Peuco y sus portavoces han hecho es poner contra la espada y la pared a las víctimas para que les perdonen a la fuerza, volviendo a agredir, reviviendo el trauma, negando así la posibilidad de elaboración de lo acontecido desde un horizonte distinto al del castigo, que en el caso de Chile, además, ha sido escaso.

Bajo estas circunstancias qué perdón puede haber. Justicia, nada más ni nada menos. Lo que ya es un acto extraordinario y generoso, excelso de humanidad por parte de las víctimas ante tanta barbaridad y arbitrariedad cometida”.

Manuel Guerrero.