“La historia no se repite, pero rima”, habría dicho Mark Twain.

 

Asistí ayer a las 13 horas a la jornada de movilización  “Por la vida y libertad de la machi Francisca Linconao, autoridad espiritual mapuche”. Estaba citada en Bandera con Huérfanos, y en otros seis lugares a lo largo del país (Arica, Valparaíso, Concepción, Valdivia y  Buin).

Llegué con un cuarto de hora de antelación a la esquina del centro de Santiago. No vi a nadie identificable como “subversivo”, y me fui al Rápido a hacer hora. Me comí una empanada de queso y un líquido que no voy a revelar, porque por prescripción de mi psiquiatra no puedo tomar alcohol (y poco) antes de las tres de la tarde. Conversé a la carrera con otro parroquiano chileno que vivía y trabajaba desde hace dos hace décadas en Chicago. Me hablaba de las virtudes de la democracia, y me insistía en que el problema de Chile era la mala educación que no se condecía con lo justo de ser aspiracional (sic).

A la una pagué y me dirigí a la esquina del crimen. Observé que por Bandera, justo al sur de Huérfanos, ya había varias cucas. Ajá, me dije, algo va a pasar. Había un@s poc@s manifestantes haciéndose los de las chacras, excepto dos o tres con cintillos evidentemente mapuche. Más mujeres que hombres, muchísimos más jóvenes que adultos, algun@s de  tercera edad (como quien habla, 61 años). Así que me senté a esperar a ver de qué iba la cosa. Y me puse a leer Solo en la oscuridad, una novela policial de Ramón Díaz Eterovic. Heredia estaba por descubrir al asesino, y no me podía aguantar  el desenlace.

Pero no dejaba de observar, y aumentaban los manifestantes. A la una y media  ya éramos como un ciento, nunca he sido bueno haciendo estos cálculos. Y apareció el lienzo, y apareció la escena de avanzada. Dos banderas: la mapuche y la de las feministas. ¡Vaya!, me dije, y me sumé a la columna que avanzó por Huérfanos hacia el poniente. ¿Adónde se dirigen?, me pregunté.  ¡Qué sea lo que Dios quiera!, y que gane el más mejol, recordé a Lionel Sánchez.  Muy simple la respuesta. A media cuadre está la sede del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, SERNAMEG.

La puerta de entrada estaba cerrada y bloqueada por carabineros. Cinco o seis hombres y una mujer con los labios pintados de rojo. Llevaban sus gorras. La escena de avanzada, apoyada por unos treinta de manifestantes muy pegad@s los presionó con la evidente intención de cruzar el umbral. Se generó un tironeo, digamos una presión mutua norte-sur.  Y el apoyo del resto a unos pocos metros.

Se reiniciaron los gritos que habían acompañado la media cuadra de la manifestación: “¡Liberen a la machi que lucha!”. Y luego comenzó a ponerse heavy, los gritos, digo. “¡Asesinos!”. Una muchacha pegada con su cara a diez centímetros de la de un paco le gritaba: “¡Asesino!”. En la cara, obvio. Él continuaba con su labor de bloquear la puerta como si viera llover (supongo que la procesión va por dentro).

Entonces, salió volando uno de los gorros de los pacos, y cayó a unos tres metros de donde me encontraba. A los pies, no sé, si de un manifestante  o un  simple curioso. A su lado un oficial de carabineros que yo había visto hablando por un mini aparato de radio. Ni idea si solo informando o dando instrucciones. El manifestante o curioso le pasó la gorra voladora.

Miré hacia Bandera y vi que los radio-patrullas (autos) habían sido reemplazados por vehículos mayores. Se vienen, heavy, pensé.  A poco andar avanzaron desde Bandera hacia SERNAMEG los carabineros con cascos, tipo GOPE. Se arrimaron a la puerta del edificio y reemplazaron a sus colegas sin cascos, y al que había perdido la gorra. Mucho más duros, mucho más agresivos, solo hombres.

La multitud no se amilanó, como si viera llover frente a este cambio de personal: “Pacos, la balas que disparan se les van a devolver”.   Y de nuevo lo de “¡Asesinos!”, y otros gritos que no recuerdo. A esas alturas me palpitaba el corazón.

Otros carabineros sin cascos, como los que estaban al principio en la puerta del SERNAMEG, empezaron a circular por la calle Huérfanos entre Morandé y Bandera, de oriente a poniente, de poniente a oriente. Me llamó mucho la atención dos hombres de civil con el pelo muy corto, uno de más menos 25 años, el otro de 35. Este último, a unos tres metros de mí, les dio instrucciones a unos uniformados. ¿Infiltrados de los mismos pacos o agentes de seguridad de quién sabe dónde?, pensé (malos recuerdos).

Y la guinda de la torta. Liderados por mujeres jóvenes comenzaron los gritos: “Pascual, ¿acaso no eres comunista?” Chucha madre, me dije, esto no me lo esperaba. “Pascual, racista y patriarcal!”. Menos.

Ya había tenido suficiente. Y me alejé rumbo a Morandé. Al llegar a la Alameda, el tráfico estaba cortado en Santa Rosa al poniente.

Al llegar a casa, le conté este relato a mi mujer. Me miró y me dijo: “Debieran haber dicho Bachelet y no Pascual”. Me quedé pensando.

Son más de las cinco de la tarde y las jornadas de movilización continuarán. Reviso las versiones de los principales diarios digitales y no encuentro una palabra sobre lo que viví. Lindo país esquina con vista al mar.


Escritor y economista