En los años ochenta después de cursar la enseñanza media, un amigo del Liceo Darío Salas me comentó aterrado del asesinato de una excompañera de curso, la noticia me impactó profundamente, el aura del crimen convocaba una violencia que en ese tiempo no se narraba ni constituía como una lectura politizada del género de una manera pública o masiva como lo leeríamos hoy.  En esos años, los crímenes de mujeres solo quedaban registrados en el prontuario masculino de la violencia de pareja y si la crueldad “pasional” había sido “notoria y excesiva” lograría algún titular chabacano y morboso en nuestra prensa amarilla.  Los asesinatos que tenían connotación publica entraban en el terreno de la violencia política maquillados tb en algún medio de derechas, los otros más invisibles aun, cuerpos subalternos puestos en la escena sensacionalista servían incluso para cubrir la tormenta política y la represión diaria de la dictadura. Entonces los crímenes de mujeres se volvían difusos, anécdotas trágicas y pesadillescas que le pasaba a gente que no conocíamos. Quizás sea necesario en algún momento, construir las genealogías de esas violencias tanto en la prensa como en los imaginarios de la nación. Ha pasado el tiempo, y lamentablemente los crímenes no se detuvieron, lo que si cambio fue la percepción social y política sobre estos crímenes (femicidios), que no debían ser borrados por la crónica roja o el anecdotario sangriento de la noticia morbosa.  Este desplazamiento y muchos otros se ha debido a la insistencia de mujeres organizadas, feministas, grupos comunitarios, feministas lésbicas, mujeres de organizaciones populares de base, es decir, una amplio conjunto de prácticas sociales y culturales que ha puesto la alerta de manera pública sobre la violencia de género.

En una dirección crítica para pensar nuevas formas, otras miradas o para recobrar el sentido de esas biografías convertidas en tragedia pública, la muestra “Corazones” de Patricia Ruiz, activista feminista, nos presenta una exposición repleta de corazones bordados atrapados o dispuestos en cajas blancas, que recrean una metafórica relación con la animita publica que es asediada por los deseos de los devotos. Aquí quizás, la devoción se vuelve bordado, pero también letra, la escritura toma su lugar en palabras de Rosario Castellanos, Clarice Lispector, Alejandra Pizanirk, Adriene Rich, Miguel Hernández, o la propia expositora junto a diversos autores. Bajo cada corazón bordado un texto que dialoga con la biografía, con el cuerpo desnudo y la violencia de sus muertes. Es perturbador reconocer rostros de mujeres que posando para la fotografía soñaban un futuro que fue arrebatado sin razón. Son tantos corazones rotos como mujeres asesinadas, corazones bordados que acompañan para contener en algo, ese momento, ese instante, ese día, esa noche, esa tarde, esa mañana triste o fatídica.

La muestra en palabras de la autora: “Mis bordados son un grito, un poema bordado para cada una de las mujeres asesinadas (en Chile y en América Latina), es una catarsis personal, es el resumen de mi historia construida con otras mujeres”

Patricia Ruiz ha bordado cada corazón como pieza única, como si cada hilo, cada puntada, cada color, cada respiración sobre la tela fuese una poética posible para revivir la vida desnuda que quedó atrás. El acompañamiento es cómplice, pulcro y sin victimización. Los corazones dispuestos en cajas blancas y tocando el suelo, flores “siemprevivas” que re-construyen un jardín para recordarlas sin finitud. Al medio de la muestra un lienzo con las palabras que se convirtieron en una nueva alerta frente al femicidio: Ni una menos.  La muestra se presentó en la Biblioteca de Santiago, Salón Novedades durante diciembre y en el nuevo año que se aproxima será inaugurada en el Archivo Nacional desde 17 de enero en adelante.