El plan era perfecto. Si todo jugaba a su favor, los internos de la Cárcel de Alta Seguridad (CAS) podrían recibir el año 1997 de una forma diferente: con ron añejo y uno que otro brebaje para olvidar por un rato el encierro. En el fondo de un cooler azul armaron el compartimiento que camufló la decena de litros de alcohol que hace meses el cuerpo les pedía. Pero bastó con que entrara una vez, dos veces, tres veces durante las visitas familiares -que habían sido autorizadas hace algún tiempo por Gendarmería- para que el capitán Orlando Epullanca, a cargo de la seguridad de los módulos, comenzara a sospechar.

-“Ese cooler ha pasado demasiadas veces por acá”-, dijo durante las visitas en tono de sospecha. De inmediato los prisioneros buscaron frenar la operación.

-“Hueón, avisa que no entren más el cooler”-, dijo uno de los internos. Y mientras se aseguraban de que el mensaje llegará a los presos, el cooler apareció nuevamente en las manos de un familiar. El plan fracasó.

Epullanca se paseó un buen rato por los pasillos del penal mostrándose victorioso frente a la mala jugada de los reos subversivos. Se acercó a Fedor Sánchez, ex frentista que había caído detenido en 1992 al ser inculpado del asesinato del médico del Ejercito Carlos Pérez y, lanzándole una mirada triunfante, le dijo: “A veces se gana y a veces se pierde”. No sabía que días más tarde su pecho hinchado se desinflaría por un plan que ni él ni los servicios de inteligencia chileno supieron detectar. Tampoco se imaginaba que Sánchez le repetiría el mismo refrán celebrando la “Fuga del siglo”, como le llamó la prensa y el gobierno.

Entre las visitas semanales estuvo la de Mirna Salamanca, madre de Ricardo Palma Salamanca, más conocido como “el Negro” y miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Su hijo había sido detenido el 25 de marzo de 1992 por la Policía de Investigaciones, condenado a presidio perpetuo como autor material del homicidio del líder de la UDI, Jaime Guzmán. Además, fue acusado del asesinato del coronel Luis Fontaine, del cabo Valenzuela y de secuestrar a Cristián Edwards, hijo del magnate de El Mercurio, Agustín Edwards.

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-“Ricardo, ¿qué te traemos para año nuevo?”-, le preguntó Mirna con tono maternal.

– Nada, mamá. No te preocupí’, si a todos les traen comida para compartir”-, le contestó el Negro. Al parecer no quería preocuparla, pues, si el plan que se trabajó durante un año en las afueras de la CAS resultaba, él y tres de sus compañeros no pasarían el fin de año en la “bestia”, como le llamaba a la cárcel.

Mirna siguió insistiendo hasta sacar de la boca de su hijo su plato favorito: el asado alemán. Conforme con la petición, cruzaron un par de palabras y se despidieron como siempre lo hacían después de las visitas. Por simple curiosidad, cuando ya se acercaba a la puerta, Mirna se dio vuelta para mirar el rostro de Ricardo.

“En ese momento vi a Hernández (Ramiro) que le hacía señas como diciendo -“recuérdate”-. Ricardo se acercó a mí de nuevo y me dio un tremendo abrazo y un beso. ‘Cuídate, vieja, cuídate mucho. Nos vamos a ver’, me dijo”, rememora Mirna.

Esa fue la última vez que vio a su hijo menor.

El secuestro del helicóptero con un carabinero al mando

La mañana del 30 de diciembre de 1996, el capitán de Carabineros Daniel Sagredo se alistaba para llevar a sus dos hijos al jardín cuando una llamada telefónica interrumpió su salida. Verónica Seitz, secretaria de la empresa de aviación LASSA, le preguntó si es que estaba disponible para hacer un viaje en helicóptero a las Termas de Chillán. Su experiencia ya había sido demostrada en más de una ocasión al pilotear las naves del aeródromo de Tobalaba. El capitán no tuvo problema y, antes del colgar el teléfono, le aseguró a la mujer que estaría en el lugar a las 10:45 am.

Sagredo pisó las oficinas de LASSA a la hora estimada y Juan Griffin -a cargo del servicio- le presentó a los cinco turistas que tendrían el privilegio de volar en el Bell Long Ranger 206 B1. Comandados por el argentino Luis Carlos Diestéfano, los pasajeros saludaron con absoluta normalidad al piloto y se subieron al helicóptero sin titubear ni levantar sospechas. Todos ellos eran parte del amplio grupo que colaboró con el FPMR para efectuar un plan sin precedentes.

“Parecía un viaje normal, nada me hizo sospechar lo que iba a pasar. Con las preocupaciones que tiene el piloto antes de iniciar un vuelo, poco te preocupas de los pasajeros”, afirma Daniel Sagredo, quien meses después abandonó sus funciones con el grado de mayor de Carabineros.

Alrededor de las 13:45, el helicóptero -que copó las portadas de los diarios al día siguiente- se elevó en los cielos y comenzó su trayecto a la VIII Región. Entre las conversaciones de los turistas se escucharon grandes alabanzas a la ciudad, pero con más potencia los quejidos de una de las mujeres que hacía notar su temor a las alturas.

“Una de las pasajeras, que hablaba con un típico acento argentino, comenzó a sentirse mareada. Fue ahí que le di distintos consejos para que imaginara que se trataba de un viaje en moto y que todo era mental”, cuenta Sagredo Stevens. Las molestias de la mujer eran parte importante del plan.

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Los turistas prepararon una mezcla que simulaba ser vómito y que debía expulsarse en un momento preciso para alertar al piloto y dar el primer paso en la Operación Vuelo de Justicia: tomar el control total del helicóptero. Minutos más tarde, entre alardeos de los pasajeros, un fuerte olor invadió la cabina y, sin necesidad de que se lo pidieran, Sagredo descendió aterrizando en un sitio eriazo que localizó desde las alturas.

Para el capitán de Carabineros los mareos eran una reacción recurrente entre quienes viajaban por primera vez. Ni el olor a vómito ni menos las bocas enmudecidas de dos de las pasajeras -que más tarde serían identificadas como las hermanas Shannon, ambas participantes del brazo político del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y con quienes el FPMR había iniciado relaciones un año antes- despertaron su interés.

Con la vista en los pasajeros que intentaban calmar a la mujer y las manos en la cabeza para sacarse los audífonos de comunicaciones, Sagredo sintió en la parte trasera de su nuca el cañón de un arma que se mantenía firme, sin temor a disparar. Pero la operación que se estaba llevando a cabo no podía derramar sangre; el piloto no era el objetivo. “Me dijeron que no me iba a pasar nada si es que cooperaba. De parte de los que iban en el helicóptero el trato siempre fue amistoso”, recuerda Daniel Sagredo.

Lo tiraron al piso y lo amarraron hasta impedir el movimiento de sus manos y pies. Con cintas recubrieron sus ojos para dejarlo sin visión, pero, pese a ello, y ya nuevamente en el helicóptero, el hombre de 41 años pudo ver la cara del piloto que se desconoce hasta el día de hoy. “El tipo estaba caracterizado, usaba lentes que no eran ópticos, solo eran unos vidrios. El pelo se le veía muy liso y peinado y tenía como maquillaje en la cara que distorsionaba su color de piel. Todo eso buscaba que no lo reconocieran”, comenta.

La mayor preocupación del capitán Sagredo Stevens era que el nuevo piloto no tuviera los conocimientos para volar. El temor comenzó a invadir rápidamente sus manos atadas, sudorosas por el roce las cuerdas, inmovilizadas por el pavor que le provocaba morir en la nave que volaba a menudo, esta vez dirigida por extremistas. Le advirtió cuantas veces pudo al hombre caracterizado que no era un juego maniobrar el Bell Long Ranger. Pese a todo, mantuvo el mando. Aunque un volante atascado fue lo primero que se encontró al querer conducir el helicóptero, el nuevo piloto demostró gran experticia.

El dialogo fluido y buen manejo para pilotear hacen pensar a Sagredo que el piloto conocía muy bien lo que hacía y que poseía instrucción militar. “Por la forma de hablar, las palabras que utilizó, yo creo que era de cualquiera de las ramas de las Fuerzas Armadas, y más específicamente podría decir que era de la Fuerza Aérea por el lenguaje que manejaba, por ejemplo, que me preguntara mi nombre de combate. Esos códigos son propios de los pilotos de las Fuerza Aérea”, afirma el ex carabinero, quien en 2011 lanzó el libro “Relato de un secuestro” contando los hechos que vivió ese día.

En los cielos, el helicóptero secuestrado comenzaba una de las primeras etapas de la operación. Descendió en la orilla del Lago Rapel, donde un grupo de frentistas lo esperaba para acondicionarlo con blindaje y armamento de guerra, antes de embarcarse en la ruta hacia Santiago. El capitán Sagredo pasó a segundo plano y tuvo que resistir cuatro horas olvidado en una casa ubicada en la localidad de Las Cabras. Su cuerpo estaba envuelto en cuerdas reforzadas que le quitaban el aliento, no así el deseo de reencontrarse con su familia. En seguidas ocasiones pensó que esta historia no la contaría”.

Reuniones inconclusas

-“Negro, te estamos esperando pa’ empezar la reunión”-, le gritó Fedor Sánchez desde el tercer piso de la cárcel.

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Sánchez o Marino, como lo llamaban en la guerrilla nicaragüense, formó junto a Palma Salamanca y otros tres ex lautaristas la revista cultural Incesto, que permitió evadir las horas carcelarias y plasmar los pensamientos, anhelos y frustraciones de los presos de la CAS. En el equipo, el Negro era uno de los mejores en poesía.

-“Ya, espérame, voy en diez minutos”-, contestó Ricardo.

Pero ni el llamado de Fedor ni el calor infernal de diciembre le quitaban a él ni a sus tres compañeros la concentración sobre el plan que los haría despedirse de las rejas. Después de compartir el almuerzo en conjunto con los demás presos, Mauricio Hernández Norambuena -conocido como Ramiro-, Pablo Muñoz, Patricio Ortiz y Palma Salamanca se sentaron en una esquina del patio simulando tener una reunión secreta.

“Hubo varios días en los que bajaban y se sentaban como que estaban haciendo una reunión. Se paraban y ponían un balde amarillo al centro del patio: era la señal para el helicóptero”, comenta Fedor Sánchez, quien salió en libertad en el año 2004 de la Cárcel Colina 1.

El balde amarillo en el medio del patio y los cuatro frentistas, unos inquietos y otros resignados a la posibilidad de escapar, no despertaron la sospecha de los funcionarios de Gendarmería. Se trataba de una conversa más de los fusileros que soñaban con hacer volar las paredes del penal. El sol les seguía golpeando la espalda cuando un ruido ensordecedor los hizo pararse de golpe. “¡Ahora!”, gritaron todos. Las ráfagas de balas que disparaban los rescatistas desde el Bell Ranger perforaron los tabiques del penal, sorprendiendo a los gendarmes. El susto del encargado de comunicaciones de la cárcel fue tan grande que lo hizo saltar sobre el panel bloqueando por algunos minutos el sistema de comunicaciones. Sin quererlo, dio más chances a la operación.

La cuerda de quince metros cayó en la mitad del patio y los rodriguistas comenzaron a subir respetando las posiciones que habían memorizado durante los largos días de espera. Sin embargo, las ansias de Ramiro por sostener un arma solo hicieron alargar su estadía en el suelo de la CAS, y de pasada retrasar la subida de Ortiz.

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“Se siguieron escuchando muchos disparos y algunos compañeros se tiraron al suelo. Yo me asomé por la ventana, miré hacia el otro patio y vi que ya iban saliendo por el helicóptero. Ramiro iba medio colgando del canastillo. La reunión de la revista claramente no se hizo”, recuerda Sánchez. La acción duró cincuenta y ocho segundos.

“Fue un festejo total y sabíamos que venía la mano dura inmediatamente. Nosotros mirábamos por la ventana para ver si había algún muerto de los gendarmes, porque si hubiera sido así nos hubieran masacrado. No hubo ni heridos ni muertos, pero igual llegaron a pegarnos y trasladarnos al locutorio”, recuerda Sánchez. Horas después del rescate, se acercó al capitán Epullanca, quien estaba impávido por lo ocurrido, y le dijo en ánimo de burla: “A veces se gana y a veces se pierde”.

Desde los cielos del penal hasta las amplias canchas de polvo del Parque Brasil, Hernández Norambuena se sostuvo a duras penas del brazo de Patricio Ortiz, quien también peligraba caer. Después de meses de espera los frentistas veían nuevamente, esta vez desde el cielo, la ciudad que los vio cometer las acciones más extremas desde el retorno a la democracia. No se soltaron hasta el final del recorrido, donde un auto Legacy los esperaba para comenzar la huida de sus vidas.

El shock de las autoridades y la preocupación de las familias

En el décimo piso de un edificio ubicado en la calle Catedral, casi al llegar a Puente, Mirna Salamanca se encontraba haciendo lo que ya era rutina para la Organización de Defensa Popular (ODEP): velar por que al interior de la cárcel los presos políticos -como identificaban a sus familiares- estuvieran en las mejores condiciones posibles. Junto a Dolores López, amiga de la familia de Patricio Ortiz, y el hijo de Raúl Escorza -el mayor de los frentistas en la CAS- revisaban algunos papeles y cartas recibidas desde el extranjero cuando un llamado al teléfono desvió su atención. Al otro lado del auricular una mujer exaltada, quien se identificó como periodista, la instaba a poner la radio porque hace algunos minutos había habido una fuga en la Cárcel de Alta Seguridad. “No le presté mucha atención. Yo creía que eran los narcos, ellos tenían plata para pagar un helicóptero”, recuerda la mamá de Ricardo Palma.

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Aunque mostró su negativa en un principio, Mirna accedió a acompañar a Dolores a la CAS y, una vez en el lugar, se percataron de que la situación era más compleja de lo que pensaban. Los alrededores del penal estaban cercados por Carabineros y en el interior la Policía de Investigaciones revisaba, junto al Director Nacional de Gendarmería, Claudio Martínez, los vestigios del gran rescate. Las dos mujeres decidieron volver a la oficina.

Martínez, arquitecto de profesión, llegó al alto mando de Gendarmería en 1994 gracias al voto de confianza de Patricio Aylwin, en ese entonces presidente de la transición. Desde que asumió como director nacional, Claudio Martínez tuvo que enfrentar las críticas por su falta de aptitudes para dirigir una de las áreas más importantes en lo que respecta a seguridad nacional. Una vez revisada la cárcel y tras haberse enterado por la radio del Departamento de Seguridad que un helicóptero había sacado a los asesinos del senador Guzmán, Martínez se dirigió a La Moneda para una reunión del comité de seguridad.

En el salón del Palacio de Gobierno, Mario Papi, director de la Dirección de Seguridad Pública e Informaciones (DISPI), Fernando Cordero, General Director de Carabineros, Carlos Figueroa, ministro del Interior, José Antonio Gómez, en ese entonces ministro subrogante de Justicia y Claudio Martínez se encontraron sin palabras frente a la acción que ninguna de sus divisiones supo detectar, ni menos detener. “Ahí estaban todos en estado de shock. Di cuenta de lo poco que se sabía en esos minutos. Nada más que el hecho mismo. Nadie habló mucho, pero todos sabían que lo que estaba ocurriendo era sumamente complicado”, relata Claudio Martínez, quien en la actualidad se desempeña como arquitecto.

“Luego nos enteramos de manera sorpresiva -y traumática para ellos-, que el piloto que había iniciado el viaje en el helicóptero era carabinero. Eso produjo una gran inquietud”, comenta Martínez. Olvidado en la localidad de Las Cabras, Daniel Sagredo depositaba sus fuerzas para soltar las amarras que lo inmovilizaban por completo, mientras escuchaba por la radio Cooperativa -que había sido encendida por los secuestradores horas antes- lo que acontecía en Santiago.

Algunos kilómetros al norte de la ciudad, Mirna pisaba nuevamente la oficina en la que funcionaba la ODEP, esta vez repleta de familiares. Luego de una visita a la CAS sin mayores pistas, el teléfono volvió a sonar confirmando lo que las autoridades ya conocían. “Atendió una niña y comenzó a gritar los nombres de los fugados. Eran los cuatro frentistas, entre ellos mi hijo. Todos gritaron, algunos celebraron, pero yo estaba asustada. Creía que los podían pescar y que los iban a tratar pésimo, que los iban a encerrar nuevamente”, recuerda Mirna Salamanca.

Los medios de comunicación titularon más tarde la hazaña como “la fuga del siglo” y advirtieron a la población sobre la gravedad que significaba que los extremistas estuvieran sueltos por la ciudad. Con el tema en boca de todos, los partidos políticos exigían explicaciones al gobierno y otros solicitaban la renuncia del, en ese momento, mayor responsable de que el rescate se concretara: Claudio Martínez. Mirna en cambio, todavía tenía su pecho inquieto por la emoción. La alegría y la pena se apoderaban a ratos de ella por el futuro incierto que se comenzaba a escribir para su hijo y los tres frentistas.

Los días que vinieron después del rescate

A la mañana siguiente, el Director Nacional de Gendarmería, Claudio Martínez, puso su cargo a disposición del presidente. Pese a que Carlos Figueroa y Soledad Alvear, ministro de Interior y Justicia, respectivamente, también presentaron su renuncia tras el rescate, solo Martínez tuvo que dar un paso al costado. El arquitecto atribuye esta decisión al cargo que poseía en ese entonces, sin embargo, adjudica la mayor responsabilidad a los departamentos de inteligencia chilena que no supieron percatarse de la planificación del rescate.

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“La falla más grande la cometió el servicio de inteligencia chileno, la DISPI (Dirección de Seguridad Pública e Informaciones), porque no supo detectar lo que se estaba planificando. Ocho meses antes el FPMR había realizado vuelos de prueba y simulaciones hacia el sur para calcular si es que había posibilidad de una fuga desde los cielos. Aun así, nadie detectó nada”, sentencia Martínez.

Además, el ex director de Gendarmería considera que el cambio de régimen que sufrió la cárcel, por presiones ejercidas por la ODEP y la comisión de Derechos Humanos en el Parlamento, facilitaron el rescate de los cuatro frentistas. “La cárcel dejó de ser de alta seguridad cuando se elimina el locutorio. Los presos lograron quebrar el régimen de la cárcel, penetrar los segmentos políticos para poder darle soporte a esta acción. Por ejemplo, los familiares se movían con bastante libertad para dialogar con autoridades del gobierno y del Parlamento. Todos estaban coludidos y el cerebro era Ramiro”, afirma.

Pese a sus críticas, Martínez reconoce la prolijidad con la que se efectuó el rescate. “Lo que aquí ocurrió fue una acción cercana a la perfección, porque era muy difícil maniobrar un helicóptero en un espacio tan pequeño. Obviamente quien piloteaba es el héroe de esta película. Tenía pocas posibilidades y aun así fue exitoso”.

Después de la operación, los presos de la CAS fueron aislados durante setenta y cinco días, siendo testigos de los diversos arreglos que sufrió el penal con la finalidad de evitar nuevas fugas. “Nos separaron a todos y empezaron a poner una reja en el patio para que no entraran más helicópteros. Pusieron mallas, cables y ahí terminaron de cerrar la cuestión. Hasta el día de hoy está encerrado”, comenta Fedor Sánchez, quien tras salir en libertad se ha dedicado a trabajos de reinserción en diversas cárceles de la Región Metropolitana.

En un operativo que tardó bastante y luego de la ayuda de un niño en la localidad de Las Cabras, Daniel Sagredo fue encontrado por efectivos de Carabineros y trasladado al Hospital de la institución para chequear su estado de salud. Pese al hostigamiento de la prensa, nunca quiso dar su testimonio.

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“No quise hablar, primero porque no es normal que un carabinero hable sobre un caso medio privado que involucró a la institución. Aun así, el General Cordero me llamó por teléfono, me entregó su apoyo y me dio la libertad de hacer lo que quisiera”, recuerda el Mayor Sagredo. Lo que sí hizo fue describir parte por parte los rasgos de quienes fueron sus pasajeros y que en ese entonces eran buscados en todo el país por la Policía de Investigaciones. Los retratos hablados fueron publicados el jueves 2 de enero de 1997 en las páginas de El Mercurio.

Meses más tarde, cuando los interrogatorios y las irrupciones en las casas de los familiares habían cesado, Mirna Salamanca recibió la noticia de que la hermana de Ramiro quería reunirse con ella para entregarle una carta. La oportunidad de saber de su hijo la emocionó de sobremanera.

“Ricardo me hablaba ahí y me decía que estaba muy feliz, que lo que estaba pasando era para mejor. Me dijo que nos cuidáramos y que fuera cauta con quien se me acercaba. Me escribió que nos quería mucho, pero que contactarse era muy difícil y que no podíamos saber más de nosotros”, relata Mirna, quien desde el 2011 ha participado como observadora de DDHH en diversas manifestaciones estudiantiles. Tiempo después de recibir la carta, un sobre con una fotografía en su interior llegó a la oficina de Catedral. En ella, las cuatro frentistas sonrientes se dejaban ver por primera vez tras el histórico rescate.

Luego de abandonar la isla cubana, estadía que lograron gracias al apoyo de Fidel Castro, los cuatro rodriguistas dividieron sus aguas. Hace algunas semanas, el ministro en visita, Jaime Carroza, anunció la reducción de condena a treinta años por los delitos cometidos por Mauricio Hernández Norambuena, quien actualmente se encuentra prisionero en Brasil por el secuestro del empresario brasileño Washington Olivetto en el año 2002. Muñoz Hoffman, fue detectado en 2003 en las cercanías de la localidad fronteriza de Santana do Livramento, Brasil, sin embargo, pudo escapar y hasta el día de hoy se encuentra prófugo. Patricio Ortiz recibió en el 2005 el asilo político oficial en Suiza -tras ser capturado por la policía en 1997- sin la posibilidad de salir del país helvético. Por su parte, Ricardo Palma Salamanca aún continúa fuera de los radares de la policía internacional. Su desaparición del mapa ha sido genuina y su ubicación sigue siendo un misterio.

“Yo estoy feliz porque realmente logró lo que él quería, que era salir de ahí. Era coincidente con lo que hicieron. Después supe que estuvieron cerca de un mes aquí en Chile. No tengo pena. Tengo ganas de verlo, de estar con él, porque era lo más divertido que tenía en mi familia. Muy simpático, muy ocurrente. Siempre estaba contento”, comenta Mirna.

En el año 2014 la prensa volvió a utilizar el apellido “del siglo” al referirse al robo realizado en el aeropuerto Arturo Marino Benítez, acción que sorprendió a la opinión pública por el limpio proceder que tuvo la banda. Aun así, la policía dio con el paradero de todos sus miembros. Veinte años después del gran rescate, la operación encabezada por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez sigue abriendo nuevas interrogantes acerca de sus colaboradores, su planificación e incluso sembrando sospechas sobre la participación de manos ajenas a la organización político-militar. Todo esto es parte de la investigación del ministro en visita Lamberto Cisternas que hasta el día de hoy se encuentra inconclusa. Lo cierto es que ese día cuatro hombres salieron volando de la Cárcel de Alta Seguridad, valiéndose del “derecho a fuga” y poniendo punto final a una serie de acciones extremas que el FPMR inscribió con sangre y coraje en la historia de Chile.