Leer en los foros de Internet los comentarios a cualquier noticia relacionada con la inmigración en Chile produce escalofríos. La miseria humana se exhibe en toda su plenitud.  Sin embargo, no es algo muy distinto de lo que encontraríamos en cualquier espacio digital o urbano en cualquier otro lugar del mundo.  Por todas partes se ha abierto la veda: es posible decir cualquier estupidez racista y xenófoba sin sonrojarse y con total impunidad. Las agresiones xenófobas aumentan. La ofensiva devaluadora de la identidad inmigrante está en marcha. La temporada de caza está abierta.

El racismo y la xenofobia son ideologías elementales, basadas en la distinción binaria dentro/fuera, propias de la manada, la jauría, la horda o la tribu primitiva. Es decir, modos de pensar y de actuar cercanos al gruñido y al hacha de piedra. Articulan silogismos simples, de baja calidad pero eficaces. Producen una división elemental en las sociedades reduciendo la socio-diversidad necesaria a una sola división jerarquizada: ellos y nosotros; los de adentro y los de afuera; los inferiores y los superiores. El discurso xenófobo y racista, así como su hermano de sangre, el nacionalista, es profundamente ignorante y, al mismo tiempo, arrogante.

Aunque se creen originales, los “argumentos” racistas y xenófobos son clónicos, repetitivos y muestran una notable resistencia a contrargumentos científicos o éticos. Están asentados sobre prejuicios inmunes a las evidencias y a las razones: sus razones son sinrazones. La vinculación clásica, burda y fácil, de inmigración y delincuencia, por ejemplo, es refractaria a cualquier demostración estadística de lo contrario. En Chile, el folklorismo cándido que expresaba su cariño “al amigo cuando es forastero” (¿se canta esta canción todavía?) se ha convertido en el brutal “inmigrantes fuera” en un contexto donde la cantidad de emigrantes chilenos es muchísimo más alta que la de inmigrantes. Sin embargo, el discurso común es que “estamos llenos de inmigrantes”.

Recientemente la derecha chilena, a imagen y semejanza de lo ocurrido en otros países, ha comenzado a utilizar el discurso xenófobo como argumento electoralista a partir de la lectura de encuestas que muestran el sustrato xenófobo de la población. Es un comportamiento político manido y ruin. Mundialmente la estrategia de los bloques políticos hegemónicos ha sido esta: la extrema derecha saca el arsenal discursivo discriminatorio a través de sus dirigentes o parlamentarios y las cadenas y bates de béisbol de sus bandas callejeras. La llamada “centro derecha” a veces critica esos “excesos” pero aprueba soterradamente los argumentos racistas y xenófobos, refrenda leyes segregacionistas y, de vez en cuando, lanza globos sonda para probar hasta dónde puede llegar con su discurso. “Muchas de las bandas de delincuentes en Chile son de extranjeros” (Sebastián Piñera). “Las puertas del país como las de la casa se abren, pero no a todos” (Manuel José Ossandón).

La llamada “centro izquierda”, muy débil ideológicamente, contaminada de neoliberalismo y, por lo tanto, sin identidad propia, apela a principios genéricos de convivencia multicultural y a tópicos de derechos humanos pero en la práctica gestiona el “problema” y legisla igual que la “centro derecha”. En España los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIES) y las sucesivas y restrictivas leyes de extranjería han sido diseños del PSOE. Para todos estos sectores la inmigración es un tema de cálculo y conveniencia electoral. Nada positivo en relación a la inmigración se puede esperar de ellos. Tampoco las izquierdas, salvo excepciones, han desarrollado una estrategia decidida, explícita y consecuente de apoyo a los inmigrantes. La conclusión de todo esto es que los inmigrantes están solos, abandonados a su suerte o con acompañamientos más o menos compasivos e intermitentes.

El aprendizaje y la solidaridad histórica no existen: el emigrante retornado a su país de origen repite con los inmigrantes las mismas prácticas discriminatorias que él vivió. Las ideologías racistas y xenófobas son cíclicas: vuelven siempre con su carga de desprecio anunciando lo peor. Durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial la Psicología Social norteamericana, a partir de las masacres de judíos en Europa, desarrolló amplias investigaciones acerca de los prejuicios xenófobos y raciales y puso en evidencia sus errores y horrores. Nada de eso, sin embargo, permeó al sentido común de los pueblos que repiten una y otra vez los mismos espantos. Peor aún: las posiciones de verdugo y víctima cambian. Los herederos de los judíos gaseados e incinerados en campos de exterminio, constituidos ahora como Estado, construyen muros y bombardean a la población civil palestina.

Las ideologías xenófoba y racista comienzan a desplegarse nuevamente por todo el mundo con todo su rastro de violencia y sufrimiento para los más débiles. Son brutales, parciales y excluyentes; en consecuencia, rechazan las posibilidades de lo común. Su método es el conflicto y la negación de la alteridad. Convierten la riqueza de las diferencias en desigualdades antagonistas. Son agresivas y combativas, muchas veces explícitamente militaristas. Históricamente han servido para justificar la esclavitud, la colonización, la explotación y el exterminio.

Los fascismos intolerantes construyeron y construyen en torno a la inmigración su campo de odio predilecto. Siempre se han arrogado para sí mismos el papel de explicitar aquello que todo el mundo piensa y siente pero que no se atreve a decir. “Yo digo lo que tú piensas, pero callas”, es su enunciado implícito. A continuación, organizan y dan forma al prejuicio con nacionalismos, emblemas, desfiles y campos de concentración.

El racismo y la xenofobia constituyen sistemas de creencias al servicio del poder: el poder económico y político las utiliza, por ejemplo, como un eficaz mecanismo de devaluación de la mano de obra inmigrante y con ella del conjunto del mercado laboral. Acepta la entrada de inmigrantes, pero juega con la ilegalidad y la a-legalidad estimulando que se construyan y refuercen tópicos y conductas discriminatorias. La inmensa mayoría de los inmigrantes entra legalmente. Quedan en una situación, administrativa, de a-legalidad cuando no pueden renovar sus documentos. Pero no tener documentos en regla no es delinquir. La suma contradictoria entre un discurso de desvalorización (los inmigrantes valen menos socialmente) con uno de necesidad (se requiere la incorporación a la economía de mano de obra extranjera para hacer frente a los déficits demográficos y laborales) da como resultado la configuración, de una nueva categoría social precarizada, proscrita, indefensa y silenciada.

La globalización neoliberal requiere la movilidad intensa de capital y de trabajo. Pero mientras que al primero se le brindan las mejores condiciones para su instalación mendigando, incluso, su entrada en los países, con los segundos se combinan hipócritas políticas de acogida con políticas de expulsión, marginación, devaluación identitaria y exclusión de los derechos de ciudadanía.

La sociedad chilena, hasta ahora dominada cultural, económica y políticamente por una minoría de origen europeo, siempre ha solapado clase social y origen étnico, teniendo en el pueblo mapuche su principal sujeto de discriminación. Pero la xenofobia y el racismo funcionan sobre todo horizontalmente, es decir, entre las clases subalternas, rompiendo las solidaridades y las acciones comunes posibles. En Chile, la fuerte movilidad social precarizada del neoliberalismo nacional ha generado un gran segmento de mestizos emergentes o emergidos, débiles en sus posiciones recién conquistadas y enunciadores de un discurso defensivo, patriotero y segregacionista, que encuentra en los inmigrantes no europeos los chivos expiatorios para conjurar sus miedos de clase y étnicos.

Hablar de humanidad y de migraciones es casi lo mismo. La migración es un recurso adaptativo eficaz. No existen, no han existido ni existirán sociedades puras nacidas y establecidas desde siempre y para siempre en un territorio. Pero no hay que olvidar que “las migraciones son el resultado de los desequilibrios evidentes en la distribución de la riqueza entre los muchos nortes y los muchos sures del mundo, la miseria, el hambre, las carestías, las tiranías políticas y sociales, las catástrofes ambientales, las guerras… lo que legitima el “derecho de fuga” según Sandro Mezzadra. Por lo mismo, la movilidad poblacional y su consecuencia directa, la apertura y la mezcla, deben ser bienvenidas.

La lucha contra de la xenofobia y el racismo es fundamentalmente política combinada con prácticas educacionales y comunicacionales. Para las izquierdas consecuentes debe ser parte de un mismo programa multicultural y solidario de oposición a las desigualdades y a las precarizaciones de todos, combatiendo la exclusión de los inmigrantes del ámbito de la ciudadanía. El enemigo es el mismo. Sin cálculos electoralistas se debe rescatar el viejo internacionalismo que constituía una de sus señas de identidad más valiosas, defendiendo la identidad y el orgullo inmigrante dentro de un “nosotros” acogedor y reivindicativo, ejerciendo la mayor intolerancia posible contra los intolerantes.