La pregunta es cómo explicar lo inexplicable; como asumir los fracasos políticos y como ajustar los mecanismos de entendimiento cuando ya no solo fallan repetidamente sino que lo hacen insosteniblemente. Como aceptar y entender el triunfo del racismo y el descontrol de los atavismos a los que responde esencialmente una política tradicional de derecha.

No importa la agudeza del concepto o del neologismo que se propone. Lo que interesa es su capacidad para hacer recircular problemas evadidos bajo nuevos embalajes. La post verdad sería una falsificación masiva, una verdad parcial o un constructivismo desembozado; todas posibilidades que unen a su origen espurio, un efecto contaminante garantizado en su populismo y multiplicado por las redes sociales. La afirmación popular enviada a vagar por el éter, volvería a su origen, recargada por un efecto de verdad, aportado por su popularidad.

La posverdad denuncia la fuerza diabólica del animal que emerge como auténtico y es condenado por impiedad, por irracional y por falsario.

Como hace tiempo no se veía, la posverdad es una noción urdida desde el espíritu de derecha; desde el positivismo y la identidad entre razón unilateral y poder político excluyente. Es el nuevo concepto de la despensa que oculta la marginalidad y las verdades de la pobreza. La derecha ha encontrado algo que se parece a una idea y su fiesta la lleva a confusiones escolares. No se ha decidido aún si la posverdad es la manipulación que lleva al triunfo de los irracionales, si es el efecto de verdad que produce el éxito de los falsarios o si refleja solo el lamentable desajuste de las técnicas sociológicas de manipulación de los mercados electorales.

La posverdad es todo eso y algo más; es un ejemplo del modo petrolero del discurso de la derecha. La posverdad es una noción-sonda, un envío de prueba, una perforación de estudio en el lenguaje de la convivencia. El propósito de estos sondajes, es probar su efecto en la adhesión de los fieles y en la cohesión de las elites y, simultáneamente, salir del paso de sus fracasos con algún mecanismo que cambie el escenario para mantener la acción en su sitio.

La posverdad es un grito espantado; es el llamado desgarrado de la verdad mancillada en el atropello a sus pastores. Este ‘post’ que deja atrás a la verdad, transformándola en la luz del año pasado, es más escandaloso que el relativismo, que al menos conserva un pequeño lugar, un punto de vista, para la palabra que debería ocupar toda la esfera de la existencia.

El pánico fingido de los intelectuales ante los fenómenos exacerbados del racismo, la xenofobia y el neo fascismo, permite eludir las responsabilidades culturales de la derecha y armar un paquete que mezcla el ‘populismo’ de Evo Morales o de los electores italianos –que rechazaron el presidencialismo- con el fracaso de Clinton, el avance de Marine Le Pen y del ostracismo y el neofascismo europeo.

La búsqueda que separa la mera apariencia de la realidad verdadera es una epopeya en reversa. Un recorrido que busca recuperar los poderes perdidos sin el debido autoexamen, ni corrección de las políticas fallidas y, en un mundo que ya no existe para eso. Lo que todos los eventos políticos de este año demuestran, es que la ciudadanía ha empezado a emanciparse de las representaciones institucionales y que señalar hacia el pueblo, alegando ignorancia, emocionalidad y estupidez, ya no tiene efectos políticos ni explicativos

Nos encontramos ante afirmaciones y discursos que, provisionados por la fuerza de la repetición y por el respaldo de su popularidad, reemplazarían los consensos racionales en los que se funda la convivencia. El efecto de este aspecto de la post verdad es que separa la opinión mayoritaria de la opinión verdadera. Lo nuevo de este diagrama maniqueo es que las ideas populares están dejando de ser los sustentos del orden establecido.

La posverdad tiene que escribirse así, toda junta, para alcanzar un estatuto léxico comparable y desde donde pueda combatir a su némesis, la ‘posmodernidad’. Si ustedes se fijan, la segunda palabra ya no está reprimida con una línea roja por el diccionario de Word, que define las reglas efectivas de la correcta operación del  idioma. La industria todavía no ha reconocido a su vástago.

Se nos dice, que los fenómenos posverdaderos tienen debilidades en el aporte de pruebas a sus argumentos. Toman casos particulares o simplemente generalizan a partir de conceptos morales y sin referentes en la realidad. Aquí, se confunde la falsedad con la mala literatura. Tanto el rechazo al lenguaje –a través de la eminencia de los actos y los gestos- como su uso alegórico en la mala literatura reivindicativa, se encuentran en formas de expresión masiva, hiper condensada, radical, insultante, desencantada y negra, manifestada en los discursos neofascistas en las redes sociales.

La confusión de neofascismo y populismo articulada por la noción de posverdad constituye un acto de encubrimiento. La posverdad es un eufemismo para eludir la historia del engaño y la responsabilidad política de la derecha en el racismo, la xenofobia y la descalificación del otro como bárbaro e ignorante. Es un argumento para disculpar los fracasos políticos y un concepto para autorizar las incompetencias de la sociología predictiva.

En cualquier caso los atributos de la pobre-verdad; desmentir la realidad, romper los consensos racionales, desvirtuar la previsibilidad de lo real, hacer pasar mentira por verdad y conformarse con la apariencia de una verdad, han estado presentes en la política desde el inicio de la escritura. En el origen está la distancia excluyente que el sistema político guarda para la ciudadanía.


Director Fundación Chile Ciudadano