El alcalde Sharp ha dicho, dice la prensa, después del enésimo incendio que asola a los pobres de Valparaíso, que “los sectores altos se encuentran infectados de eucaliptus, que es una especie introducida y no nativa. Lo que han hecho los eucaliptus es básicamente transformar el ecosistema de los sectores altos de la ciudad haciéndolo seco y no húmedo como ha sido históricamente. Lo que tenemos que hacer es reforestar con especies nativas para prevenir incendios”. Por decir esto ha sido objeto de fuego cruzado.

 El alcalde, entendemos, no ha dicho que talar las plantaciones de eucaliptus que rodean la ciudad sea la “única” medida a tomar después del desastre. El sentido común dice que el problema es multifactorial. No creemos que en este terreno el alcalde vaya contra el sentido común. Al mismo tiempo, nos gustaría pensar que cuando dice “reforestar” habla de crear nuevos bosques y no de realizar nuevas plantaciones, incluso aunque estas últimas se  hagan con ejemplares nativos.

Porque una plantación no es un bosque: este es el punto de partida de cualquier debate y acción de mejoramiento forestal. Un bosque es un ecosistema complejo que reúne una gran variedad de especies vegetales, no sólo arbóreas, en interacción complementaria y azarosa. Estas especies tienen diferentes características biológicas, diversas necesidades lumínicas, hídricas, de nutrientes etc. Tienen edades diferentes y, por lo tanto, no hay un orden previsto de nacimiento y muerte. El rasgo distintivo de un bosque es la biodiversidad. Su diversidad interna ofrece, entre otras cosas, una biomasa más resistente a los incendios. Un bosque es una finalidad en sí misma: no existe “para”; existe “por”. Es una existencia vegetal que enriquece un territorio.

Un bosque, con un diseño bio-mimético, es decir, copiando a la naturaleza y, por lo tanto, sostenido por la biodiversidad, puede ser plantado por el hombre; es lo que hizo, por ejemplo, Sebastiao Salgado en tierras erosionadas del nordeste brasileño. O lo que pretende el movimiento africano llamado African Forest Landscape Restoration Initiative que busca por medio de la plantación de árboles, restaurar 100 millones de hectáreas en África para el año 2030; hectáreas que se han visto afectadas por la desertificación generada por el cambio climático. El antecedente de este movimiento es la iniciativa de la Premio Nobel de la Paz Wangari Maathai, nacida en Kenia y fundadora del movimiento Cinturón Verde (Green Belt), que convoco, en los años ochenta y noventa a miles personas, principalmente mujeres, para el sembrado de árboles y así combatir la desertificación, la deforestación, la crisis de agua y la hambruna rural. En el mundo existen muchas otras iniciativas similares.

Por el contrario, una plantación es una forma productiva. Su lógica es industrial y tiene un fin comercial. Es un “recurso” económico. Los árboles se plantan para ser cortados. Una plantación existe “para” la ganancia empresarial. Eso influye en su diseño, sembrado, mantenimiento y tala. Se ubican en hileras para facilitar la adición de agroquímicos y su corte mecanizado. No hay biodiversidad; es el reino de lo único, lo uniforme y lo repetitivo. No hay interacción entre diversidades y, por lo tanto, hay una reducción del azar. Son fácilmente atacables por insectos y hongos lo que los hace altamente demandantes de insecticidas y fungicidas. El orden de nacimiento y muerte está planificado, las rotaciones siguen una dinámica prevista por los planes de explotación. Las plantaciones empobrecen los territorios y los hacen más vulnerables. Tanto las características químicas de los eucaliptus y pinos (resinas y trementinas) junto al hecho de que están alineados y son más secos, configuran una biomasa combustible homogénea que los hace muy sensibles a los incendios. Las plantaciones en Chile son agresivas con las comunidades humanas en las que han sido introducidas. Las empresas forestales pauperizan territorios y comunidades.

Por otra parte, el debate que opone especies nativas frente a las foráneas no tiene sentido. La defensa de los árboles no puede hacerse desde absurdas posiciones chauvinistas. El discurso de ataque a las especies no nativas se parece demasiado a la xenofobia. No hay especies “chilenas” ni de ningún país. La naturaleza no distingue fronteras artificiales. Lo “nativo” o lo endémico son categorías bioclimáticas no sociopolíticas. Si en el Sur de Chile existieran extensas y uniformes plantaciones de algarrobos, peumos o arrayanes el problema sería más o menos el mismo: reducción de biodiversidad, utilización intensiva de agroquímicos, mayores riesgos de incendio, sometimiento de comunidades etc. Es evidente la necesidad de aplicar un principio de prevención frente a las especies nacidas fuera este espacio bioclimático, pero no todas ellas son “invasivas”. Las agresiones y responsabilidades son humanas no de las especies vegetales o animales.

Los eucaliptus y pinos que rodean Valparaíso son restos de plantaciones mezclados con proliferaciones espontáneas y plantaciones marginales de vecinos. El “problema” con estas especies no es su existencia en sí misma sino su cantidad, uniformidad y su cercanía con las poblaciones y los basurales de las quebradas.

Si en Valparaíso se cortaran los actuales eucaliptus para hacer nuevas “plantaciones”, incluso de especies nativas sería un error. Por el contrario, sería un acierto si se hicieran “bosques” que incluyeran, incluso, convenientemente mezclados y en cantidades adecuadas, pinos y eucaliptus. Es un tema de equilibrio y proporción. Aún más: un aporte distintivo de la actual administración municipal debería ser la creación intensa y extensa pero no apresurada, sino meditada y anticipativa, de bosques periurbanos dentro del actual programa que, por lo menos en papel ya existe, de recuperación de los ecosistemas, en particular las quebradas, que rodean y se introducen en la ciudad. Experiencias y conocimiento acumulado ya hay al respecto, en Valparaíso y fuera de él.

Pero lo importante, y este debería ser un sello de esta administración, es que debería incluir la participación comunitaria tanto en el diseño como en la plantación y en el mantenimiento de los bosques creados, entendidos como bienes comunes. Y, por supuesto, en su uso y disfrute. Es la oportunidad para hacer un gran espacio verde, que atraviese las quebradas, y que incluya jardines y bosques, que tenga sentido para sus habitantes comprometidos en su cuidado, orgullosos de ellos y vigilantes. Entendemos que esto sería un ejemplo de alcaldía ciudadana.

En definitiva, el concepto “crear bosques” de manera participativa es más valioso y creativo, política y comunicacionalmente, que “reforestar”. Es más explícito e imaginativo, se abre al enriquecimiento colectivo y a la gestión ciudadana de los bienes comunes dentro de una mirada eco-sistémica que apunta a beneficios más amplios y de largo plazo más allá, incluso, de mitigar incendios.