En una entrevista, la presidenta Michelle Bachelet recurre al manido recurso de victimizarse en tanto mujer, a la que, según ella, por esa condición se le critica duro, parejo e injustificadamente.

No es así.

El temprano fracaso de su innecesario tanto como estéril segundo gobierno, la temprana abdicación, más el abandono de aquello que de su boca prometido hacer y que no ha hecho, la muestran como una política que de promesa derivó en un fiasco.

Su evidente debilidad e impericia política tiene que ver con su desapego con la violenta realidad que ella misma, en posesión de sus cargos, ha ayudado a consolidar.

Se relaciona con el maltrato que ha propinado a los maltratados de siempre. Se vincula íntimamente con su profunda convicción de que esta cultura, de la cual es centro y motor, es lo mejor que se puede ofrecer.

Y resulta curioso que sea ella precisamente, quien más ha afectado a las mujeres en la valoración de estas como sujetos activos y necesarios no solo en la política, sino en toda actividad humana.

Ha ido en la dirección contraria a lo que la gente exige. A su falta de sensibilidad frente a los dramas que se viven a diario como consecuencia de la cultura que ella misma ampara y desarrolla, agrega su contumacia frente a hechos de generalizado rechazo, como de asqueroso fundamento.

Veamos no más el caso de la machi Linconao.

Al respecto, hace no tanto como para que la memoria se percuda, Michelle Bachelet dijo que en su gobierno jamás se aplicaría la Ley Antiterrorista al mapuche. De esa misma que dijo que haberla aplicado en su anterior gobierno había sido un error. Un cuerpo legal trasminado de dictadura, que se siente muy a sus anchas en esta pos dictadura, que si ha tenido algún rasgo de transición, será porque transitamos de vuelta a otra dictadura.

Y que si no lo es, convengamos en que se le parece mucho.

Pero no se trata solo de la aplicación de una ley, dura lex, sed lex. Se trata más bien de una cultura inhumana que se ha perfeccionado en casi dos siglos de robos, saqueos, abusos y el asesinato de miles de hombres mujeres y niños de un pueblo que ya estaba aquí mucho antes de que los blasones españoles aparecieran en el horizonte.

Esta cultura construida por el rico, el poderoso, el milico, el cura, viene desde muy atrás y no ha cambiado sino de métodos y de armas. Hoy ya no son los fusiles Comblain ni los cañones Krupp. Son los drones americanos y las subametralladoras israelíes.

Pero por sobre todo, es la ley.

Esa que mata la tierra con plantaciones forestales enemigas de la naturaleza. La que permite construir represas e ingenios energéticos en esos silencios milenarios. Las que facilita envenenar esas aguas. La que ordena perseguir y encarcelar al mapuche que lucha por su sobrevivencia. La que ampara a las hordas policiales para que asesinen cuando les dé la gana en ese estado de sitio eterno, quizás con algo más de recato que Cornelio Saavedra y Gregorio Urrutia, pero con no menos puntería y odio.

La del Wallmapu es una guerra soterrada que se expresa de múltiples maneras. Es un choque brutal que no se ha detenido desde mediados del siglo XIX, cuando las tropas chilenas avanzaron a sangre y fuego, cometiendo un genocidio del cual jamás se va a saber el número de muertos. De esas épicas guerreras, de esas matanzas impunes, el Ejército hace galas y celebra efemérides.

Contra el mapuche ha habido muchas leyes y una misma guerra. Y una sola gran ambición.

Hoy las armas se han diversificado. Son ingenios venenosos que carcomen la tierra. Son empresas que pudren las aguas. Son las bases contra insurgente que operan en las montañas. Son las unidades militares dislocadas convenientemente en todo ese territorio. Es la pobreza extrema que somete, alcoholiza y priva. Es la iglesia con sus encíclicas y versículos de anestesia y sumisión.

La lamien Bachelet no podrá eludir su irresponsabilidad manifiesta, cual sea el desenlace de la heroica rebeldía del pueblo mapuche.

Y quizás alguna vez, en la serenidad de su jubilación, cuando mire esos cerros desde la comodidad de su balcón que da al lago, por un momento se pregunte quiénes bautizaron esas tierras con el oloroso nombre de Caburgua.

Y quizás caiga en cuenta que esas heredades y toponimias no las trajo ninguno de sus ascendientes venidos de algún bosque de Dijon, en el este de Francia.