Un clima de indulgencias asediara a nuestra clase política durante el año 2017. Luego de un «tiempo bastardo» donde el polo progresista ha revelado una ausencia de creatividad y una mudez insospechada para profundizar la democracia, ahora –y contra todo pronóstico- empuja a los partidos a operar como policía (en el sentido formulado por Jacques Rancière) y reponer una nueva articulación de pactos para mantener la cohesión e integrar la nueva morfología de los antagonismos. Ha llegado el momento de reponer cuotas de gobernabilidad, aquietar a la elite y administrar antagonismos mesurados para evitar la proliferación de nuevos varones en las sedes partidarias. Las disputas discursivas de la interna socialista son un síntoma novedoso de este movimiento hacia una institucionalidad menos conservadora, pero que quiere reencausar la legitimidad ciudadana. De un lado, vendrá la amnistía de los actos incestuosos acaecidos bajo el reinado de la Nueva Mayoría (esa promesa de articular un nuevo bloque izquierda-centro que fuera más allá del ancestral realismo centro-izquierda) y que intentaba pautear a la ciudadanía con el enternecedor relato igualitario, so pena que se rehúso a comportarse como una coalición transformadora. De otro, esas dos derechas; una cada vez más desgastada y orgánica y otra que aún vitorea la modernización pinochetista, una que reivindica la subsidiariedad desde el eje cristiano y repone ontologías, otra que ubicada desde la economía neoclásica emplea el lenguaje de las externalidades y las fallas de mercado.

No hay lugar a dudas. De modo inusitado nuestro paisaje político experimentará un voraz movimiento donde los feligreses anuncian la disputa por conquistar el «centro político» bajo una nueva arquitectura socio-política. Pero antes de eso: ¿a cuál centro político hacemos mención? De suyo, no hablamos de un centro canónico o moderno. El nuevo centrismo (lingüístico, sui-generis y atípico) supone la construcción de un nuevo espacio discursivo que debe estar atemperado con el ciudadano líquido de nuestra suntuaria modernización.  Tras esta operación son las fuerzas progresistas o comprometidas con un tibio reformismo las que buscan disputar un nicho en la nueva microfísica del poder. No es fácil recordar un proceso donde la izquierda ensaye su reinvención desde una peculiar apropiación  del centro político para autoproclamarse como una coalición de reformas.

Los manuales politológicos nos dicen que en el siglo XX chileno el Partido Radical se comportó como un «centro pragmático». Y sí, esa familia bonapartista, pequeña en magnitud y que nunca termina de morir, ahora se apresta para ser la base de operaciones de los ingenieros electorales del universo progresista. Los manuales también nos dicen que la DC, en el contexto de los tres tercios, derivó en un «centro ideológico» que dio lugar al programa populista de Radomiro Tomic –so pena de que su estadista, Eduardo Frei Montalva, golpeaba los cuarteles y murmuraba la devolución de las piochas republicanas. Y fue ese centro envalentonado, aquel cristianismo de la reforma, el que “obligo” a la izquierda a comportarse como izquierda: de ese esperpento irrumpió la Unidad Popular y una fauna interminable de símbolos teológicos y lenguajes tipo Savonarola. Pero ya sabemos la historia: luego de tres décadas vino la moderación, el eurocomunismo, Felipe González (PSOE), la agraviante burocratización de la cortina de hierro y la caída del muro –Hayek como campeón en tierras post-comunistas. Todo ello impactó en la consciencia de las izquierdas y obligó a una revisión de las voces de la redención. Más tarde, y ya ubicados en la década de los 90’ conocimos de cerca ese «apareo» donde debemos tener el coraje de explicarnos esa obstinación laguista (escalonista, et al) por hacer del realismo un relato mesiánico. La facticidad ha sido refrendada como un mito, como un orden ético que no debemos olvidar si no queremos padecer el ‘populismo cachorril’ y pagar sus consecuencias.

La persistencia del laguismo narcisista, aquello que le impide al propio Lagos pensar en un buen libro de memorias, escrito con reposo, lucidez y espera,  guarda relación con la «teoría de la gobernabilidad» (prudencia, orden, consensos, rutinas de sociabilidad y sutilidades de palacio) que retorna espectralmente por estos días. Pero cuál es el gran acontecimiento del último año, qué decir sobre el movimiento centrista puesto en curso desde la semana anterior (CEP mediante). A no olvidar, desde los años 90’, bajo aquel largo bostezo, el maridaje transicional suponía que el «centro político» era la esfera que prudencialmente concedía favores y privilegios a la izquierda y mediante ese recurso (alter/ego) se cerraban los «pactos de gobernabilidad». Ese fue el juego transicional que cubrió dos decenios de “nuestra historia republicana” y que se nutría de mutuas granjerías. Pero el reclamo institucional de los últimos meses y la necesidad de mesurar el polo deliberativo nos revela un deseo de «gobernabilidad centrista».

Muy lejos del retrato medial más involucrados en las redes del poder financiero, debemos recordar que Alejandro Guillier tiene atributos propios del estatu quo, facticidades y rictus conservadores, manejos de redes comunicacionales, sin embargo, goza de un empoderamiento en la retórica ciudadana, de un vocabulario más regional y pedestre y –por sobre todo- representa la posibilidad de vertebrar a la izquierda desde el mismo centro político abriendo –contra los discursos tremendistas- una nueva arquitectura de la gobernabilidad en un tono socialdemócrata más hidratado y menos dispuesto a establecer un exceso de consensos (¡eso en principio¡). Más allá de una política económica lo que aquí también se pone en práctica es la necesidad de gobernar bajo una nueva «economía mediática» que levanta un campo de reformas desde el centro y que genera la proyección de la distancia hacia las elites.

Dicho ligeramente, el 2011 ya no es más nuestra inevitable «pantalla moral» (¡por exceso de épica¡) sino el último residuo de aquel imaginario de protestas que se abrió a fines de los 80’ y que gozo de tibias expresiones hacia fines de los consensuados años 90’.  De otro lado, la crisis de legitimidad del PC no es un dato menor, se trata de una coalición raptada por un ‘sicariato ideológico’ capaz de ofertar la simbolicidad de los oprimidos para garantizar su permanencia en la modernización coronada en 1990. Eso ubicará al candidato Radical en una escena social-demócrata más dialogante con un ciudadano demandante.

La disputa será por el new deal de un nuevo relato democratizador, pero funcional al pacto de gobernanza visado por la elite. Una crisis de confianza supone fungir desde un orden ético (indulgencias mediantes) y ello comprende restituir una «izquierda moderna» para replicar el estado de insurgencia que se avecina en la sociedad chilena, a saber, una protesta invertebrada que no pretende administrar ningún programa sociopolítico, ni menos reconstituir tejidos colectivos, sino más bien perturbar el establishment.

El enigma es la DC y la estrechez de su actual imaginario, qué pasa con el ciudadano DC si convenimos que se trata de un centro gobernado por un lenguaje progresista (o disparatadamente «libertario»). Pero no sabemos, salvo el dato sociológico, dónde habita actualmente el sujeto tomista de la DC, en qué procesos identitarios se encuentra domiciliado. En un contexto  hedonista y bajo la debacle de paradigmas la confraternidad no resulta muy preciada. Y es bueno que Carolina Goic tome nota de estos trastornos en el epicentro del nuevo centro, pues de otro modo terminará como Catalina Sforza –sumida en Casa de Borjas y sometida a todo tipo de servicios (centro progresista, liberal, libertario, modernizador, etcétera).

Finalmente, qué decir de esa política del «Frente Amplio» cuyo movimiento va desde un optimismo autonomista hasta una vitalidad ‘teológica’. Si las fuerzas políticas hegemónicas buscan reconfigurar el centro político para refundar un realismo de nuevo tipo el «Frente Amplio» (a la Boric) podría caer en una extinción gradual, o bien, en la administración del malestar. Con todo, aún persiste en los ideólogos de esa corriente el mito de que el movimiento estudiantil –un techo para Chile- inflado por alguna historiografía no sólo fue determinante en los años 60’, en especial en los gobiernos de la DC y la vía chilena socialismo, sino que mantiene la misma preponderancia. Esa tesis mitificante debe ser purgada. La ‘buena nueva’ consiste en los desplazamientos (nunca subestimables) de nuestra elite que ahora, y contra todo lo sugerido, tiene la posibilidad de afincar la gobernabilidad en un centro progresista y develar que el piñerismo es prescindible. 

Por fin,  no somos Viena, somos Tlatelolco después de la matanza. Quizá, y a modo de consuelo, lo único bueno de ser polvo en el viento es que vamos y volvemos.