Durante este año hemos asistido a la instalación, dentro de las fuerzas de cambio, de la apuesta por construir un frente amplio con independencia del empresariado y alternativo a la Nueva Mayoría y la Derecha. Esto implica un cambio sustantivo en las formas de construcción política de las fuerzas que han estado por fuera de los partidos binominales, fundamentalmente para el denominado polo estratégico, en tanto representa una ampliación del campo donde desarrollan su acción política.

Destacando la importancia que tiene el Frente Amplio como apuesta táctica, urge ponerlo dentro de una perspectiva estratégica, que piense los caminos para superar la configuración de este momento histórico, dando pie a un nuevo ciclo político en el cual los sectores populares adquieran un papel hegemónico y se abran vías para una democratización radical, que garantice otro reparto de poder. Por ello, es necesario pensar lo específico que nos demanda el desarrollo de una política emancipadora en el actual escenario, correspondiente a la construcción de un proyecto histórico alternativo.

Es necesario, por lo tanto, caracterizar el escenario actual. En primer lugar, se observa la pérdida de capacidad hegemónica del duopolio, fundamentalmente de la concertación-nueva mayoría, pues, por una parte, ha sido incapaz de incorporar a los nuevos actores, demandas y anhelos de las movilizaciones recientes y, por otra parte, ha perdido identificación electoral y social, manifestándose en una reducción del electorado y en un debilitamiento la identificación de los actores sociales que históricamente ha interpelado.

En segundo lugar, se concibe al neoliberalismo como un momento histórico del capitalismo caracterizado por una configuración hegemónica en que el capital financiero ha adquirido un papel preponderante, con una irrupción de la esfera del consumo en la vida privada, un reducido papel de las y los trabajadores en el poder y un Estado que contribuye a la ampliación de las esferas de explotación. Sin embargo, dicha configuración hoy se encuentra asediada desde distintos flancos, tanto políticos como económicos. Cabe señalar que los asedios han sido, en gran medida, producto de los fracasos, contradicciones y brechas que el mismo neoliberalismo ha producido que por efecto de actores políticos y sociales de carácter emancipador.

En Chile, el orden neoliberal tuvo como sustento la relación entre los actores político-partidarios y los sectores empresariales. Relación que permitió asegurar la reproducción del capital, la ampliación de las esferas de acumulación y la estabilidad político-social, a la vez que posibilitó la mantención de la Concertación en el gobierno y la configuración de redes que permitieron el afianzamiento de una élite detentadora del poder político y económico.

No exenta de tensiones, esta articulación implicó la renuncia a un proyecto capaz de representar y organizar a los sectores populares en una perspectiva emancipadora, con lo que el proyecto histórico de la Concertación queda subsumido a la dinámica neo-liberal, generando amplios sectores sociales sin identificación política, ya sean los sectores populares tradicionales o los nuevos actores del neoliberalismo, como los y las estudiantes endeudadas, las y los trabajadores agro-industriales, del retail y los servicios en general, los jubilados precarizados, constituyéndose el carácter social de la política a partir de su articulación con los sectores empresariales. Los recientes escándalos de corrupción solo dan cuenta de los modos más explícitos de dicha articulación.

Ahora bien, ello implicó la transformación del carácter del Estado, donde los elementos nacional-populares son expulsados por el capital nacional e internacional. Este cambio produjo una transformación de “lo público” y “lo privado”, difuminando la distinción por efecto de las “alianzas público-privadas” y, en general, los mecanismos de subsidio. Frente a la preponderancia de lo privado y su subyugación del ámbito del Estado, no existió un proyecto histórico de tipo emancipador que abogara por la construcción de un espacio común, fundamental para la construcción de una comunidad política.

En relación a todo lo anterior, es posible evidenciar que en Chile más que el malestar, tal como propone la sociología conservadora, es el desenvolvimiento de la propia configuración hegemónica la que ha generado el desgaste del orden neoliberal. Lo anterior, pues el surgimiento de brechas se ha debido, fundamentalmente, a la progresiva incoherencia entre el discurso hegemónico y la realidad plausible. Tal incoherencia es agudizada a partir de la crisis del 2008, pero evidencia una larga trayectoria de contradicción entre, por una parte, un discurso de modernización, integración social, equidad y ascenso social y, por otra, el aumento de la desigualdad, la movilidad social basada en el riesgo permanente respecto al status alcanzado y su escaso valor relativo, en un contexto en que los derechos y garantías sociales, así como los mecanismos de ascenso social son transformados en mecanismos de explotación y nichos de acumulación.

En tal escenario es que consideramos central el surgimiento de una alternativa que se plantee como horizonte la reconfiguración de lo político mediante la constitución de un movimiento ciudadano y popular.

Ciudadano, por la relevancia que adquiere la construcción de un proyecto común que apunte a la transformación democrática del Estado, no sólo a su conquista. Lo cual apunta al carácter eminentemente político que adquiere la reconstitución de un espacio de lo común, dependiendo la reconstitución de la comunidad política tanto de la revinculación entre actores sociales y representaciones políticas como de la constatación respecto a que en la disputa política se ponen en juego proyectos históricos diferentes.

Popular, pues comprendemos muy importante el surgimiento de una identificación política del campo de la subalternidad con marcado sentido emancipador, Para ello, es fundamental concebir el campo de la subalternidad en función de la diversidad de formas de opresión y la especificidad de cada una, aspirando a articularlas en un horizonte común, bajo valores culturales compartidos y la constitución de una subjetividad aglutinadora, que pueda condensar dichas experiencias a la vez que permite su expresión.

Tales tareas deberán constituir preocupaciones centrales de las fuerzas de cambio, comprendiendo que el surgimiento de las brechas anteriormente mencionadas configura un escenario propicio para la reconfiguración de las representaciones políticas. Debiendo entender, con suma claridad, que lo que nos demanda el momento político no es sólo una renovación de liderazgos o el surgimiento de nuevas formas de ejercicio de la política, sino la construcción de un proyecto histórico que fije como horizonte el recuperar este país para su gente.

Por supuesto, ello requiere de un nuevo campo de representación, donde los repartos de poder -tanto material como simbólico- concedan un rol hegemónico a los sectores populares y permitan el quiebre de la articulación antes descrita. Para ello, un paso táctico fundamental es generar la ruptura del campo actual, el desplazamiento de los viejos actores y el posicionamiento de los nuevos, no como reemplazo de élites, sino como apertura de un nuevo bloque histórico, el cual debe constituirse sobre la hegemonía popular, teniendo como consenso básico una nueva constitución, el aseguramiento de derechos sociales y la desvinculación directa con el mundo empresarial.

La historia no da segundas oportunidades, con sentido de urgencia y vocación de mayoría afiancemos el Frente Amplio construyendo movimiento ciudadano y popular.