Sábado 7 de enero, Estadio Nacional. Más de 30 grados, que se sienten terribles tras bambalinas y aún peor en la cancha y graderías, donde el público simplemente aguanta bajo el sol que no perdona. Desde las 11 de la mañana vienen desfilando diferentes agrupaciones surgidas en las últimas dos décadas. La aparición de Jorge González está anunciada para las 21:30 horas.

En el backstage, músicos, técnicos y productores entran y salen de los camarines habilitados para ellos durante breves minutos antes y después de sus respectivos shows. A medida que pasan las horas van llegando las estrellas: Mon Laferte, Javiera Mena, Manuel García, Nicole.

21:50 horas. Luego de la presentación del grupo Diacero, cuyo montaje atrasó un cronograma que se desarrollaba sin soobresaltos, se apagan las luces y corre un video que repasa la trayectoria de González. La famosa conferencia de prensa cuando Jorge botó los micrófonos saca aplausos, no como en el 2004, cuando los foros de Internet y los diarios lo trataron de “dictador”.

Al prenderse las luces, la banda ya está instalada, todos sentados con Jorge al medio. En las horas previas, mientras circulaban por los camarines y en el escenario, se ve entereza en Eduardo, Pedro, Jorge Delaselva, Gonzalo y Felipe. Cabe preguntarse cómo pueden estar así, porque nosotros no podemos. En la cancha hay lágrimas a la primera canción: “Trenes”. Breve pausa para presentar a los músicos y las emociones siguen con “Nada es para siempre” o “Nunca te haría Daño”. Repertorio reciente, poco conocido, lo que no aminora los aplausos. Es Jorge González cantando. Es lo que, en estos momentos, importa.

Foto: Coke Mon (instagram.com/ coke_mon)

Foto: Coke Mon (instagram.com/coke_mon)

Los últimos 15 años del padre del Pop

“Siempre he estado mucho más acostumbrado a las desconocidas que a los reconocimientos” dijo Jorge Humberto González Ríos al recibir el premio Ícono del Rock Chileno que se le entregó ante las 30 mil personas que se reunieron en la tercera Cumbre del Rock Chileno, en noviembre del 2012 en el Aeródromo de Cerrillos. González fue el primer músico en recibir el galardón, gesto que llegó en una oleada reciente de respeto hacia el artista motivada por el redescrubrimiento de su obra, en especial del disco “Corazones” (EMI, 1990), el cual ha inspirado a toda la generación de artistas que actualmente reinan en el pop nacional.

A partir del 2010, con la formación de una nueva banda que debutó en el Festival El Abrazo, vino el Festival de Viña 2013 y nuevas giras por Chile y América, hasta que en febrero del 2015, Jorge debió ser internado en la Clínica Universitaria de Hualpén (Octava Región), afectado por un accidente cerebrovascular que, como después se supo, arrastró durante diez días, período en el que realizó conciertos en el norte y en el sur. En los meses que siguieron, Jorge tuvo que volver a aprender a hablar, caminar y moverse. Los avances son significativos, sin embargo, en las presentaciones y entrevistas que ha realizado queda a la vista lo que más duele admitir: su mente está clara y su voz cumple, pero el cuerpo no lo acompaña. A los 52 años de edad, Jorge debe renunciar a una de sus pasiones: tocar en vivo.

Precisamente, uno de los méritos que se le puede atribuir a Los Prisioneros fue demostrar, en su reunión del 2001, que la música chilena es convocante. Con esta premisa nació la Cumbre del Rock Chileno, festival local que tuvo su primera versión el 6 de enero del 2007 en el Estadio Nacional, con un cartel donde Jorge González no sobresalía. Su presencia apenas generaba curiosidad: en aquella época, la grandeza del reencuentro 2001 se veía lejana, mientras que la separación de Los Prisioneros con la expulsión de Claudio Narea y el famoso episodio de la conferencia de prensa de los “micrófonos voladores” estaban frescos en la memoria. Encima, González vivía en México y se sabía poco qué era de él. Cuando ya se oscurecía, González apareció portando su guitarra eléctrica y un amplificador prestado por Los Bunkers. “Paramar” inauguró un show breve, con todos los temas fueron acompañados por un coro de 70 mil voces, igual que cinco años antes. Las canciones seguían ahí, latiendo.

En enero del 2009, Jorge regresó a Santiago para estar en la segunda versión de la Cumbre, realizada en el Club Hípico y dividida en tres escenarios: blanco, azul y rojo. “Esta es una especie de despedida”, anunció. “Voy a bajar la cortina de tocar estas canciones por un rato largo (…) Ha sido súper lindo en estos dos últimos años desde la anterior Cumbre del Rock hasta ahora: venir a tocar y desempolvar estas melodías, pero ya creo que es el momento de empezar a hacer otra cosa”.

Tres años después se celebró la tercera Cumbre en Cerrillos. Su tercera edición tenía un espíritu diferente, pues los protagonistas serían los músicos surgidos a partir de la década del 2000, donde brillaron proyectos eminentemente pop como Javiera Mena, Gepe o Francisca Valenzuela. A diferencia de las Cumbres anteriores, Jorge González fue la principal figura de un encuentro que tuvo premiación, una presentación del músico y un bloque de tributo con reversiones de Álvaro López, Zaturno, Pedropiedra y Gonzalo Yáñez, y la gratitud de un público que a esas alturas era consciente de la historia viva de la que estaba siendo testigo.

Así estaban las cosas hasta el 7 de enero, día de la cuarta Cumbre en el Estadio Nacional. Para fans que lo vieron regresar en gloria y majestad en el 2001 y que fueron testigos de cómo en estos 15 años ha tapado bocas una y otra vez, no deja de ser simbólico que Jorge se despida ahí, pues su historia con el recinto está marcada por grandes momentos y emociones aún más grandes: la gira “Adiós Prisioneros (1991, Court Central), la reunión histórica de Los Prisioneros en dos conciertos en el 2001, una participación en el concierto “Liberan Talento” (2003) y dos presentaciones en la clausura de la Teletón: en 2002, cuando Jorge le dedicó “Quieren Dinero” a Don Francisco, a los rostros y a su propia banda; y en diciembre de 2016, cuando interpretó “Fe” con su banda y los invitados Javiera Mena, Manuel García y Roberto Márquez de Illapu.

Foto: Facebook Gonzalo Yáñez

Foto: Facebook Gonzalo Yáñez

Un círculo íntimo

Gonzalo Yáñez (guitarra), Felipe Carbone (teclado), Jorge Delaselva (guitarra), Pedropiedra (bajo) y Eduardo Quiroz (cajón peruano) son los músicos que acompañan a Jorge en este adiós. Como amigos que son, se juntaron los días viernes a lo largo de varios meses a tocar sin ninguna pretensión más que compartir con Jorge y no perder el fiato, en jornadas de comida, música y humor. Lo ha señalado Yáñez: con ellos constituyó un círculo íntimo de colaboración absoluta y donde lo dejan ser en lo personal y en lo musical. Esta siempre ha sido la dinámica de trabajo, y se ha mantenido hasta el último de los ensayos con miras a la Cumbre.

“Nos juntamos a tocar porque somos sus amigos, y cuando salió lo de la Cumbre ya teníamos todo medio ensayado, además que habíamos hecho el Liguria, íbamos a repetir ese formato”, dice Felipe Carbone. El tecladista cuenta que la duración de los ensayos está sujeta al setlist que diseñaron, lista de canciones cuyo desafío fue condensar tres décadas de historia en poco menos de una hora. Con un lustro de giras en el cuerpo, la banda ya sabe qué tiene que hacer y la relación entre todos es horizontal: “Todos vemos los arreglos, y cuando a Jorge no le gusta algo, o cuando se le ocurre algo, lo dice y es Jorge González, así que todas las ideas que se le ocurren son buenas, y todo lo que dice, queda. Pero él no lo impone, lo somete a discusión. Confía mucho en nosotros”.

Fue a mediados de diciembre del 2016 cuando González anunció su alejamiento definitivo de los escenarios. Una noticia esperable dado su estado de salud, pero que sorprendió por su prontitud: tan sólo un mes antes, González y banda hicieron un show privado en el Bar Liguria que ilusionó con nuevos conciertos similares. A esta presentación llegaron amigos, fans y celebridades locales, y los celulares se confiscaron en la entrada, sin excepciones. Jorge subió al escenario caminando lento, ayudado por un roadie. Se sentó en su sillón con dificultad y sólo cantó. La mayoría del repertorio fue de temas extraídos de los discos “Libro” (2013) y “Trenes” (2015), con un escueto repaso a su obra solista noventera (“Cumbia triste”, “Mi casa en el árbol”, “Más palabras”) y dos clásicos: “Tren al Sur” y “El Baile de los que Sobran”. Canciones fundamentales en la historia de la música popular chilena que, como dijo Pedropiedra en 2014, “ni él se puede prohibir tocar”.

Semanas después, y con el anuncio del retiro, las expectativas aumentan. Su aparición en el tributo “Nada es para siempre” de noviembre del 2015 en Movistar Arena y el de 2016 en Liguria dejan claro que, pese a que sus cercanos y sus fans quisieran aferrarse a la idea de que un accidente de estas características no puede con quien ha soportado tanto, el esfuerzo de cantar es muy grande para tal nivel de deterioro físico. Y ni hablar de desplazarse. Jorge González corriendo por el escenario, levantando el puño, apuntando, siendo un ejemplo de frontman: todas estas son imágenes del pasado.

Foto: Coke Mon / http://instagram.com/ coke_mon

Foto: Coke Mon (instagram.com/coke_mon)

Jorge es para siempre

22.15 horas, Estadio Nacional. “Cumbia Triste” y “Mi Casa en el Árbol” motivan al público, que mayoritariamente ha observado lo que hacen González y los suyos con poca euforia. Son Jorge y sus músicos quienes repiten una de sus frases típicas, “Vamos arriba”, para levantar los ánimos.

La euforia llegó con esenciales como “Amiga Mía” con el final de finales: “El Baile de los que Sobran” con la única invitada de la jornada, una compañera de generación: Soli Arbulú del grupo Nadie, cuya voz lamentablemente apenas se escuchó por errores técnicos.

La torpeza del bloque de premios vino a cortar las energías en el Estadio. La salida al escenario del presentador Jean-Phillippe Cretton para anunciar la entrega de la Orden al Mérito Pablo Neruda de manos del Ministro de Cultura Ernesto Ottone fue una interrupción al concierto al estilo de la entrega de antorchas y gaviotas en el Festival de Viña. El ministro lo abraza, busca un contacto, pero Jorge no sigue el juego. Levanta la estatuilla sin dejar de mirar a la marea humana, sonríe y presenta “Tren al Sur”.

Jorge tuvo una actitud similar una vez terminado su show, cuando le correspondió darle a Álvaro Henríquez el Premio Ícono del Rock Chileno, cuya entrega se redujo a dos apretones de manos y la negativa a decir una sola palabra, para luego abandonar el lugar sostenido por sus hijos Jorge Antonio y Leonardo. Atrás, y mientras todo esto sucedía, se pudo ver una pelea entre el staff que figuraba en el escenario, cuyas causas, hasta el cierre de esta edición, se desconocen.

Es un buen ejercicio mirar retrospectivamente el paso por este mundo de Jorge González. Hay treinta años de carrera para quien quiera enumerar sus aportes a la historia de la música chilena, así como a la historia personal de quienes lo siguen. El 2016 nos acostumbró a que nuestros ídolos del pop se mueran. En el Nacional vimos a uno que sigue vivo, pero que se tiene que ir. Y se siente peor, porque implica entender que el mundo que conociste va a cambiar y que nada será igual. Que los grandes no son para siempre y que tú también vas a envejecer y a despedirte de quienes más quieres, sean tus amigos, tu familia o los músicos que te enseñaron tanto.

Jorge González no exagera en su extrañeza con los reconocimientos. El respeto que le faltó en los ochentas y noventas sólo comenzó a llegar después del 2010, reforzado por conciertos de grandes éxitos, por aniversarios de discos trascendentales como “La Voz de los ’80” y por la constatación de que jamás ha dejado de crear y que lo suyo va mucho más allá que los himnos sociales hechos en los ‘80 que se han analizado hasta la majadería, sino que tiene éxitos en todas las épocas.

Estar sentado e inmóvil no es un final para la mayor estrella del pop-rock nacional. Jorge se va a lo grande, pero no debería irse enfermo. No tan pronto ni tan apenas. Ese es el ánimo colectivo que se percibía en el backstage apenas finalizó el show. Afuera tocaban Los Tres, pero gran parte del público de cancha empezó a retirarse, y tras bambalinas los músicos que todavía estaban ahí se enjugaban las lágrimas, se abrazaban y comentaban lo que acababan de ver. Orgullosos de conocer y ser amigos de la banda, agradecidos de la existencia de Jorge González. Sin terminar de entenderlo, esperando.