Hace menos de una semana murió Ricardo Piglia (1941-2017), escritor argentino que descubrí viviendo en el extranjero hace diez años atrás. Cuando muere un escritor parece que todos lo han leído y son expertos en él, todos anuncian la noticia, todos saben de qué se trata su obra y además lo que hubiese escrito de haber seguido vivo. Todos los periódicos algo sacan, aunque sea un párrafo y, si los diarios aún no han cerrado su envío, intentan correr a preguntarle a quien sea qué opina de ese deceso. Pero, ¿qué me pasa realmente cuando un escritor muere?

Cuando un escritor se muere lo primero que hago es googlear a ese escritor. Buscar el motivo de su muerte. Poner por ejemplo en Google: “¿De qué murió Ricardo Piglia?”. Luego voy a esos links para ver el motivo, comparo esos motivos y pienso en otras personas que han muerto de lo mismo, aunque sean o no sean escritores, y pienso que ese escritor muerto se hermana con otros sujetos que no son escritores en esa forma de haber muerto. Voy a Google nuevamente y pongo el nombre del escritor y le doy a las imágenes, siempre esperando alguna foto que muestre el estado final en que se encontraba el escritor antes de morir. Si estaba muy enfermo, si estaba demacrado, triste, desesperado o algo así. Luego voy a la Wikipedia de ese escritor. Veo si Wikipedia ya puso la muerte en la página de ese escritor. Constatar si pone el típico cartelito: noticia en desarrollo. Luego me fijo en qué año nació ese escritor y de inmediato saco el cálculo de cuántos años vivió. Analizo si es poco o mucho. Me gusta cuando los escritores mueren muy ancianos. También miro si la causa de su muerte se relaciona con la edad de ese escritor y, si se relaciona, me alivia un poco. Si no, me pongo un poco más obsesiva con la muerte de ese escritor.

Me fijo en cuántos libros escribió y en qué editoriales publicó. Pienso de inmediato en el editor que lo publicó y en la cara de felicidad disimulada que debe tener al saber que ha muerto, porque pensará que va a vender muchos libros de su autor recién fallecido. Estará llamando a la imprenta para aumentar el tiraje de impresión, y no imprimir cinco mil ejemplares como pensaba, sino que mejor subir a diez mil, e incluso se levanta más temprano al día siguiente para revisar los contratos con ese escritor, ver si todo está en regla, y responder algunas entrevistas si es que lo llaman de los medios para preguntarle qué piensa de la muerte de su autor.

Luego voy a Facebook y a Twitter y busco la cuenta de ese escritor y veo si tenía esas redes sociales, ver si tenía el muro abierto y si las personas ya han comenzado a ponerle mensajitos en su muro, mensajes de despedida. Ricardo Piglia al parecer no tenía Facebook ni Twitter, sólo veo que hay algunos grupos de homenaje y una página en Facebook que está linkeada de la Wikipedia.

Luego reviso bien en Wikipedia qué libros me leí de ese autor, para hacer ese recuento y por si me preguntan en reuniones familiares o los amigos: “Oye, ¿leíste a ese autor que murió ayer? ¿Qué tal es?”. Y trato de recordar en qué momento leí a ese autor y si me gustó o no, qué libros me gustaron más y por qué. Pienso si fue realmente importante en mi vida, si volvería a leerlo, si alguna vez lo cité en algún libro y si marcó mi escritura. Cuando murió Piglia hice este ejercicio, y me di cuenta que no había leído toda su obra, para nada, creo que sólo cinco de sus libros: Respiración artificial, Formas breves, Plata quemada, Nombre falso y El último lector. De esos cinco libros el que más me gustó fue el libro de ensayos Formas breves, y el que menos, Plata Quemada. También siempre voy a mi biblioteca y reviso si tengo alguno de los libros que leí, y si están en el estante de mis libros favoritos. También trato de recordar en qué lugar leí los libros de ese autor y creo que fue en Barcelona, en la biblioteca de Lesseps, la Jaume Fuster, que tenía al lado de casa y a la que iba a diario cuando viví en España.

También siempre pienso en qué influyó ese escritor en mi vida, si marcó momentos de la escritura o si pasó desapercibido para mí. Piglia me influyó mucho cuando escribí Diario de las especies, también de mi época en el extranjero, e incluso lo cito en dos o tres momentos del libro, cuando intento desentrañar algunos mecanismos de la construcción de la novela, género que tanto me cuesta escribir.

Luego reviso qué libro indispensable del autor no me he leído y pienso quién podría prestarme esos libros, descubro que no he leído Blanco nocturno ni sus Diarios. Los busco en las redes y trato de buscar sitios donde los vendan más barato o alguna biblioteca cerca de casa que los tengan.

Cuando muere un escritor voy a los muros de mis amigos y conocidos para ver qué están poniendo de ese escritor en sus muros. Ver si alguien que no pensaba que era tan fan de ese autor me sorprende, como por ejemplo, ayer vi en el Instagram del escritor Simón Soto que subió una foto de todos los libros de Piglia y me sorprendió porque jamás hubiese pensado que Simón Soto era fan de Piglia.

Cuando muere un escritor le guardo luto por un tiempo. No suelo leerlo de inmediato. Espero unos meses a que pase la avalancha de homenajes y posteos.

Por último intento imaginarme qué habrá dicho ese escritor antes de morir, si habrá dicho algo relacionado a su obra o habrá escrito una frase en alguna libreta,o si por el contrario habrá preferido no hablar más de libros, ni de notas ni de citas, y si habrá preferido estar de la mano con alguien de su familia antes de morir.

En fin, eso suelo hacer cuando muere un escritor.