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Debates y Combates 11.01.2017

Carta a don Fernando, el cuico del barrio

Antonio Becerro

Artista visual, director del Centro Experimental Perrera Arte

El director del Centro Experimental Perrera Arte le escribe al sujeto que sustrajo su obra desde la instalación “Sabores a la carta” en el café Quiltro del barrio Lastarria y lo acusa de hacer un acto de desprecio y deterioro “contra el trabajo del artista, su dignidad y su honra”.

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Me complica cómo empezar esta carta en términos de protocolo o reglas de las buenas costumbres según la Real Academia de la Lengua Española. Claro, porque el encabezado no podría partir: Estimado señor: Fernando Trump Ondurraga Irarrázaval, o distinguido señor, o respetable señor… mmm el único señor que conozco está en los cielos y es un creador y de todos nosotros por igual, dicen.

La otra muletilla más conservadora del doble estándar chileno es dirigir una carta con el encabezado de “Don” Fernando Ondurraga I.; este comienzo me calza un poco más hacia usted porque el “Don” sería aplicable a las personas que tienen un don especial para hacer algo, uno como el don de sanar, el don de ver el futuro o el don para desaparecer cosas y volverlas aparecer, tal cual lo hizo usted con mi obra.

Entonces planteemos por mientras este comienzo: Don Fernando: Conversando con mi abogado sobre lo ocurrido, me sugiere lo siguiente con respecto a la legalidad y ética sobre la sustracción de mi obra: “Atentar contra la obra de un artista conforma un acto de desprecio y deterioro, no solo de las artes y de la obra en particular, sino que además contra el trabajo del artista, su dignidad y su honra. Máxime si el atentado se ha hecho en público o en medio de una exposición. Este tipo de actos deben urgentemente ser reparados socialmente a fin de mantener a las artes como una expresión de alta humanidad y no como el mero recreo o entretenimiento”.

Eso es lo que dice mi abogado en términos legales y lo comparto plenamente. Desde un comienzo le he encargado interponer recurso de protección a la libertad de expresión y querella por censura y daño a la propiedad intelectual.

Por otra parte, en conversación con los conocidos que tenemos en común, dicen que usted es una persona sensible al arte, culto, que por eso si nos conociéramos, incluso nos caeríamos bien. Dicen que es un tipo sensato que solo se trató de una broma.

En lo que a mí respecta, en toda mi carrera nunca me había pasado algo de esta calaña, es decir, una agresión, absurda y grave. Las preguntas que surgen atañen a la dignidad del arte: ¿Qué hizo con mi obra cuando la sustrajo? ¿Le sacó fotografías? Y si así fuese, ¿en qué condición o situación? ¿Para qué la ocupó? ¿Le sacó un molde para hacer copias? El “retiro temporal” que hizo de mi obra desde la instalación “Sabores a la carta” no es otra cosa que el autoritarismo indignante del humillador chileno.

Foto: Jorge Aceituno, Katherine Vergara y Miguel Inostroza Godoy

Foto: Jorge Aceituno, Katherine Vergara y Miguel Inostroza Godoy

 

No obstante, debo reconocer que la sustracción y aparición de mi obra parece como un moco pegado en la pared al lado de la vulgaridad reinante en el medio chileno, en donde los recientes escándalos de lo grotesco instalado en las elites y en los líderes de Chile son acciones de mal gusto de grosera envergadura para con la cultura. Me refiero a casos irrespetuosos como el de la señora directora de Cultura de los Ríos y su actitud ante el violinista Álvaro Parra de la filarmónica de Berlín, quien sentada en la primera fila no paró de hablar por celular durante el concierto completo distrayendo al músico.

Otro reciente atropello a la cultura y a la imagen país es el de Eduardo Machuca Valiente, nada menos que el representante del mundo audiovisual de la Dirección de Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores, quien después de una fiesta posteó en una red social “los mercados mueven miles de millones de dólares, las chicas hermosas siempre están ahí y cuando de ese grupo te pegas un culión es sublime”.

También está el ex tesorero de la asociación de funcionarios de la Dibam, Patricio Escares, quien habría estafado al gremio de los museos de Chile gastándose la plata en casinos del país.

Y no quiero dejar afuera el más bullado de todos, en donde la misoginia de la clase empresarial y política en Chile se ve claramente en la imagen con la muñeca inflable, con su boca además tapada. Caso que emputece de solo mirarlos.

¿Cómo llegaron estos tipos a esos respetables asientos? ¿Quién los puso en ese privilegio? ¿Cuál es el mensaje que quiere dar la autoridad con estos parásitos que viven de los impuestos de todos los chilenos?

Usted dirá que me voy por las ramas. ¿Que tiene que ver esto? Pues bien, todo tiene que ver con todo. Lo explico con manzanitas: la cultura es de todos, la forjamos todos. Las seguidillas de atropellos y ninguneos de los pasados de royos, ”que se juran más” , en donde todo el mundo quiere pegarle la masca al otro, al más débil, requiere de una revisión psicosocial que nos haga reflexionar el país que queremos y que alimentamos: ¿Chile, un proyecto colectivo en vías de desarrollo, de tolerancia y evolución cultural? ¿O el Chile de hoy, un proyecto de unos pocos equívocos, arribistas, los Donald Trump, los sobre valorados sin respeto al artista, ni a su patrimonio vivo, ni a su gente, ni menos a la naturaleza?

Lo más grave de esto, es lo que pasa con la gente, con aquel, con ella, con ese y con usted frente a la impunidad en la vida cotidiana, en esta violenta realidad a la que nos enfrentamos todos los días, donde muchos de nosotros libramos batallas colectivas y personales por cambiar nuestro Chile amado. El maltrato subordina y en el Chile de hoy se aplaude el fraude por que pareciera como que “él sí la hizo”. En lo personal no soy de enjuiciar a nadie, pero el calibre de semejantes ofensas no son otra cosa que una provocación vulgar sin disimulo.

Pasando a lo nuestro, como puede ver su arbitraria actitud quedará consignada entre estos chantas mencionados. Su broma, (según usted) quiero que entienda, me sacó de mi paz, del lujo de estar doblemente en paz. El solo hecho de sacarme de ese estado alterarme de sobremanera, advierte, una disculpa en persona.

Para que la gente sepa digo esto también, porque en Chile todos los creadores estamos en la mirada de la sospecha. La falta de respeto raya en el trato para con los artistas. La participación de fondos concursales es del terror. El llenado infatigable de los formularios es una cuestión denigrante en donde miles compiten por un hueso sin carne. Y si con suerte se llega a ganar, la alegría dura tan solo el rato en que se realiza la obra, porque después prepárate para la rendición de cuentas, donde tienes que rendir hasta el papel higiénico. En el informe final vuelven a cuestionar el trabajo realizado como si la plata viniera de sus bolsillos.

Creen que al artista le hacen un favor por el hecho de aparecer en sus listas del ganado triunfador, pasándole unas chauchas y más aún es un escándalo nacional si la obra está por sobre un millón de pesos. El maltrato está instalado desde el aparato público al ADN del nuevo chileno. El diseño del modelo cultural está pensado y articulado para evitar el enfrentamiento. Todo lo políticamente correcto es aceptado en la cultura de la Nueva Mayoría, de este modo los festivales y espectáculos masivos, donde se gasta mucho dinero, funcionan como lugares comunes para justificar la asignación de la palabra Arte y Cultura para anular la diferencia y la crítica. La arbitrariedad de estas decisiones es censura a la chilena.

Frente a este modelo de validación, todos los que estamos fuera generando masa crítica, somos Violeta Parra, y me refiero a lo insalubre, a la desatención con que se le trató en su momento a Violeta. Ahora, ya muerta, la vanaglorian.

Fotos: Jorge Aceituno, Katherine Vergara y Miguel Inostroza Godoy

Fotos: Jorge Aceituno, Katherine Vergara y Miguel Inostroza Godoy

Volviendo a mi aullido. Usted debe entender que un artista en mi posición, que es la posición de cualquiera mortal atropellado de este mundo, no puede aceptar este trato público, en donde la liviandad de los observadores es complicidad.

Porque todo barrio tiene su quiltro y su cuico también, le propongo que se haga cargo de su broma usurpando mi trabajo que hice con mucho esfuerzo y cariño para el café Quiltro, a modo de colaborar en su emprendimiento para apoyar el arte nacional. No porque sea un café me lo tomo a la ligera. Para mí es el mismo compromiso que se adquiere con una galería u otro espacio lector de arte. Se trata de una muestra profesional en la que hicimos una inversión en tiempo y recursos. Fue planificada y diseñada para ese espacio. La ausencia de la obra impide que otros la vean en su magnitud original.

Por tanto, es de rigor y perentorio que esto solo se resuelva positivamente a la brevedad esperando que se pueda restablecer el equilibrio y dignidad mermada. La obra ultrajada es una de tres copias de esa serie, no hay más. Una de ellas la compró un privado y la otra la adquirió el Museo Nacional de Bellas Artes cuando expuse la muestra “Encontraron Cielo”. No se trata de un objeto decorativo comercial, sino de una obra tasada y reconocida por la crítica para la historia del arte, y es parte de la Colección Nacional. Propongo que si la obra es de su interés, no tengo problemas en que incluso la conserve, pero debe encargarse de los daños materiales y morales de lo ocurrido. Es decir, valor de la obra, valor de producción de la exposición y daño moral. De este modo incluso puede conservar la altura del medio de las artes, se queda con una obra de colección. Y yo recupero mi dignidad. Si no quiere conservarla, para mí el ultraje es el mismo. Espero baje de su prepotencia clasista y asuma con responsabilidad su acto pequeño burgués.

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