Las teóricas feministas, y el activismo que les concierne, han trabajado a lo largo de los años por la liberación de las mujeres, logrando espacios de desplazamiento que abren camino a la igualdad de derechos. Esta lucha comienza a tomar forma con Mary Wollstonecraf, quien cuestiona la desigualdad de sexo pensada como constitutiva por el romanticismo. Naturalización que relega a la mujer al lugar de madre, hija, esposa, hermana, de otro masculino, quien se elevaría de la condición animal al atribuírsele cualidades asociadas a la razón. Simone de Beauvoir dirá mas tarde que dichas funciones pertenecientes a la mujer no constituyen socialmente motivo de una altiva confirmación de la existencia, sosteniendo la denigración femenina. La filosofa reforzará también esta idea al argumentar que, ante su condición reproductora, la mujer queda destinada a largos periodos de impotencia y sedentarismo, permitiendo a los hombres el uso exclusivo de los espacios públicos. Relegada entonces a lo privado y atrapada así en el rol de madre/esposa, es determinada a cuidar de otro esencializándose dicha actividad como atributo natural, ser por y para otro por sobre cualquier otra posibilidad de existencia. La feminista y filosofa española Amalia Valcárcel refiere que como consecuencia de lo anterior, la mujer no tendría individualidad en sentido pleno “lo femenino ama y desea genéricamente, mientras que lo masculino, individualiza”, se pensará a la mujer como “todas las mujeres”, configurándose entonces lo femenino como el sexo idéntico.

Si bien se abren en lo publico espacios de desplazamiento femenino avanzándose en la igualdad de derechos, la maternidad continua asociada a una fuerza natural, se piensa aún en el instinto materno como motor de esta función. Así, permanece un imaginario colectivo de mujer para y por otro como papel fundamental del género.

El Sename, como institución responsable del bienestar superior del niño, exige el ejercicio de una maternidad “idónea” para asumir o mantener los cuidados del hijo/a. Se pretende entonces “habilitar” a los padres para este fin, trabajando así sus “habilidades parentales”. En estos términos, esa madre es de antemano “evaluada” como negligente, en tanto no se encontraría en condiciones de salvaguardar el bienestar integral de su hijo/a. Esta “idoneidad” moraliza la parentalidad. Ocurre que el marco discursivo de las “habilidades parentales” adquiere un talante controlador, de monitoreo y supervisión, corriendo además el riesgo de caer en juicios morales condenatorios respecto a qué configura una madre “hábil”.

Ahora bien, el problema se complejiza más aún resultando que un alto porcentaje de madres usuarias de la red Sename se constituye en víctima de violencia de género a nivel intrafamiliar. Atrapada en un escenario de violencia, sometida al dominio de un otro, anulada en su subjetividad, ¿cómo mirarla desde un rol materno? Así, la confusión detona en una traducción de lo anterior al cumplimiento de tal o cual tarea, asistencia a visita en la residencia, “adherencia” al programa, etc. Una demanda en términos normativos foránea al reconocimiento de vivencias dolorosas y situaciones de vulneración que vive o ha vivido el adulto en cuestión. Suponiendo un problema completamente descontextualizado, se ordena asistencia al Centro de la Mujer y alejarse del maltratador, ¿qué efectos positivos podría tener una intervención normativa a quien además, en sumisión vive bajo la ley incuestionable de otro?

Se desmiente así el contexto familiar y social en el que esa madre se encuentra inserta, invisivilizándola en su ser sujeto/mujer. Parecieran dilucidarse aquí estragos del romanticismo misógino, en donde a la mujer le es negada su individualización. En este escenario es entonces, solo madre, es “toda madre”.

El Sename se enfrenta a un dilema ético significativo. Trabajar desde las “habilidades parentales” con una mujer/madre vulnerada en sus derechos no solo no sostiene una postura ética, sino, deviene en una reproducción velada dentro del box de atención, de esa violencia patriarcal. Mantiene, desde el castigo y la exigencia, el lugar subordinado de esa madre únicamente vista en ese rol, esencializada desde ahí y anulada por tanto en su historia y subjetividad.

Así, existen profesionales y técnicos que en el intento imperante por “habilitar” a esa mujer en su maternidad junto a importantes confusiones o desconocimiento respecto a la violencia patriarcal, se posicionan en lugares normativos altamente asimétricos, perpetuando y extendiendo desde el control, la vulneración vivida puertas adentro.

Trabajar desde las “habilidades parentales” no promueve un pensamiento crítico y reflexivo, un deseo de reivindicación en cuanto a la violencia de género por parte de los profesionales, ni una postura ética ubicua e imprescindible en quien trabaja con derechos humanos.