Me pregunto por qué aún no se tienen noticias de que alguno de los genocidas que andan sueltos por las calles, haya caído por algún tiro justiciero.

Desde que la izquierda se dejó influir por la cristiana prescripción de que la venganza es un pecado, asumió toda su fe en la justicia como institución, respecto de la que, cosa curiosa, no se cansa de decir que siempre ha favorecido a los poderosos y dado con el mocho del hacha a los pobres, desheredados y humillados. En qué quedamos.

Los últimos sucesos que confirman la connivencia de los tribunales de justicia, el gobierno y la iglesia para proteger a genocidas, hacen necesario que la venganza, tan mal vista por los izquierdistas bien vestidos y mejor alimentados, levante la mano y pida la palabra. Y que de vez en cuando deje caer su bronca letal para poner las cosas en su lugar.

A menos que no tengamos empacho en compartir las calles y el aire que respiramos con cobardes que no van a trepidar en volver a torturar, degollar, quemar, asesinar, lanzar al mar y hacer desaparecer a hombres mujeres y niños, cuando sea necesario.

Es que la ausencia de justicia real genera las condiciones para que los cobardes se convenzan de que matar sale relativamente barato. Más aún, si las víctimas y sus descendientes no son capaces de hacer lo que las instituciones no harán jamás.

Ya no basta el reclamo airado si la evidencia muestra que hasta la presidenta, violentada ella, su madre y su padre, no muestra ningún interés en hacer justicia. Peor aún, sus silencios y omisiones tienden más a favorecer a los criminales que a sus víctimas.

¿Extraño? Para nada. Esa conducta es la propia de los ganadores, de los poderosos, de los que en su reflexión interna justifican los “excesos” y condenan a los “excedidos”. Y que para aliviar sus conciencias hacen la faramalla de la justicia, de la verdad y la reparación.

Y, por sobre todo, apelan al tiempo, al olvido, al desgaste. Y a la muerte, que hace lo suyo con pasmosa precisión entre quienes fueron y siguen siendo víctimas de la barbarie.

Los gobiernos de la Concertación/Nueva Mayoría, no han hecho sino administrar con dosis diferenciadas de imaginación estas circunstancias solo para ganar tiempo y esperar a que el último de los que exigen justicia desaparezca.

Esos fascistas encapsulados tienen el convencimiento de que no solo es inconveniente sino que innecesario seguir con esas heridas abiertas. Reflexionan en que nada va a devolver a los muertos y nada va a reparar al herido. Y entonces para qué generar escozores entre los uniformados y sus adláteres, si hasta aquí no ha habido mayores inconvenientes.

Y esa mezcla de miedo y admiración cumple con el intento de la amnesia en el convencimiento de que, en este país tan apegado a la norma y con tanta amistad cívica, nunca más será posible algo parecido a una asonada militar y la posterior barbarie.

Los aporreados por la mala suerte, que es otro nombre que adquiere la explotación, la humillación y el desprecio a los más desposeídos, suman a sus desgracias la espera de justicia en lo alto del cielo. Y se les exige poner la otra mejilla, aunque es más común que se ponga el pecho y todo lo demás al alcance de las balas y las bombas.

Y en esa trampa de moralistas de copete y manos blandas, muchos izquierdistas han perdido la brújula y la náusea.

No. No hay perdón. No existe perdón. A lo sumo una malformación en los preceptos religiosos hechos a imagen y necesidad del poderoso, que tuercen como pecado aquel disparo que a veces pone un poco de justicia, para que no sean siempre los mismos los ganen.

No. No hay reconciliación. No existe la reconciliación. Lo que vale es poner al homicida de espaldas al paredón frente al trabajo de seis fusileros. Y luego hablamos.

No. No hay justicia. No existe la justicia. Lo que se necesita es dejar bien en claro que asesinar por pensar de un modo, nunca más se va a aceptar. Que torturar a hombres y mujeres, incluso embarazadas, atados, rendidos, mutilados, ya no va a salir tan barato como ha salido. Y que hacer desaparecer cuerpos en el mar y los cerros, de la manera más abyecta que es posible imaginar, va a ser castigado con el relumbre higiénico de un tiro bien puesto.

Resulta curioso que en las expresiones del arte, digamos, el teatro, el cine, la literatura, la venganza sea un tema por demás explotado. Y que el desenlace en el cual pierde el malo y gana el bueno, sea tan benefactor para el oyente. Pero que esa misma venganza sea tan mal vista como recurso único, legítimo y necesario, en el mundo real, cuando no hay instituciones que propicien de verdad la justicia para el agraviado.

Un día los izquierdistas bien alimentados entenderán que odio no es sinónimo de maldad, como amor no es sinónimo de violación. Ambas son emociones sin las cuales el mundo no anda. Intente castrarse del odio y verá que es imposible. Trate de vivir sin amor y verá que tampoco es posible. Ambas emociones emergerán por su propia fuerza, sin preguntar a nadie.

Creer que el odio es un rasgo exclusivo del malvado y que el amor no cabe en un genocida, es tan erróneo como pensar que un revolucionario es un dechado de virtudes.

Cuando caiga abatido el primer criminal usted verá que el mundo estará más agradecido y no habrá enojo celestial alguno. Y un gran miedo cercará a los cobardes hasta que el destello de un calibre justiciero les congele para siempre la mueca macabra con la que gozaron sus crímenes.