La contraofensiva empezó. Lo que fue la utopía de quebrar con una educación de mercado, parece tener fecha de caducidad. El retorno de la selección, y las pruebas estandarizadas como barómetros de calidad, pueden echar por la borda todos los intentos por destruir las bases de un modelo que segrega. Quizás el problema en esto, estuvo en que partimos por poner la carreta delante de los bueyes, y no se miró de manera integral el problema educativo. Romper con un paradigma de sociedad incubado por treinta años -y con una dictadura que lo concibió-, no es cosa fácil de cambiar en un solo gobierno.

Pero fuera de eso, mi impresión es que no se miró lo que pasaba en las aulas. Lo sé, porque estuve ahí. Las reformas que se hicieron, fue por arriba del fenómeno educativo; con exceso de tecnocracia, y sin ninguna construcción colectiva. Y peor aún, sin una nueva forma de entender la educación, más de allá de lo relevante que es que esta sea un derecho social. Hubo discusión de forma pero no de fondo. Y eso da cuenta que no hubo diseño ni mirada a largo plazo. Tampoco participación de los involucrado. Bueno. Para no ser mezquinos, hubo algunas jornadas de “participación” el 2014, lo recuerdo. Consultas a la comunidad educativa sobre que educación queríamos. Pero fue una participación sin cafeína, edulcorada con mucha pirotecnia audiovisual, pero con nula incidencia de los profesores en el proceso de construcción de la reforma.

Y en consecuencia, es que a la hora de fraguar las políticas públicas en educación, las dinámicas que se dan en la sala de clases no existen. Ahí donde el profesor es un intermediario entre la voluntad de los que detentan el poder y la sociedad civil -receptora de la imposición de sus códigos-, hay un espacio hacia lo desconocido en la opinión pública. Por tanto, lo que hemos visto hasta ahora, ha sido el triste espectáculo de la retorica de la nada. No hay cambio, sino profundización del mercado. El profesor, actor invisible, no fue tomado en cuenta en las transformaciones claves en educación. Pero eso, no lo ve la élite, ni la casta política; porque la sala de clases es altruismo. Es una pasantía por Enseña Chile a poner las “manos en el barro”, tal cuál la UDI Popular los hizo en los 80. O una invitación de Elige Educar a hacer carne desde un discurso emocionante pero vacío de realidad. Por eso es que desde el pináculo donde se ubica la élite y su tecnocracia validante, no se puede continuar haciendo política pública en educación. Si no enfocamos el lente desde una mirada ciudadana, junto a estudiantes y profesores, corremos el peligro de reproducir nuevamente las lógicas de la política sin contenido social.

Quizás por eso sea bueno partir por redescubrir ese mundo que no se conoce. Comenzar el relato con lo duro de nuestra realidad escolar. Y eso es, que las escuelas y colegios son un letargo. Hay sueño y cansancio. Aburrimiento. Un pasar de horas, días, y años, donde a lo único a lo que se aspira es a que se acabe. La atávica monotonía de estar en el aula, es el peso de la noche de nuestro sistema educacional. Por eso es que profesores y estudiantes; como si se ubicaran en trincheras opuestas, buscan sobrevivir el día a día de una educación que nos bombardea con una sinsentido de cosas. Y nos ubica como enemigos en una guerra donde nosotros somos las víctimas.

Desde un currículum con miles de años de Historia en 7º básico, hasta la repetitiva estructura de contenidos que se aleccionan en Lenguaje durante la Enseñanza Media (olvidando preparar en lo fundamental que es leer y escribir), pasa nuestro sistema educacional. En una burocratización de la enseñanza. En un cumplir de papeleos exigidos por el Mineduc, decantados en revisar materias que internet provee a diestra y siniestra. Una rutina donde el profesor realiza una proceso de vaciamiento de información en unos receptores que son los estudiante. Y estos último, haciendo uso de este ritual, tramitan su paso por la escuela como si estuvieses sacando carnet identidad en el registro civil. Y los resultados son tristes. Un transitar por la vida donde los estudiantes no ven lo que pasa frente ellos. No lo perciben. Se entorno social les es indiferente. Su comunidad les es ajena. Para qué hablar de la política, no interesa.

Y en estas condiciones vemos dormir a nuestros estudiantes: en un hedonismo sempiterno. Cuestión que no les permite saber cómo es el mundo. Y la escuela, en un acto de negligencia vaya a saber si voluntaria o involuntaria, no despertó sus mentes. Todo lo contrario, las alienó. Por eso, que para quién hace clases, esta es una mochila dura de llevar. Una mochila muy dolorosa que no sabes como hacerla más liviana. Sólo a veces, das manotazos de ahogado, y de vez en cuando; aparece una reacción, un espasmo en el que un profesor logra quebrar con la rutina. Pero eso sólo queda en la anécdota. Como la de aquel profesor que hizo un rap para enseñar la I.G.M; u otro que les pidió hacer memes a sus estudiantes para evaluar “Cien años de Soledad”. De ahí, que tenemos una educación que quita la curiosidad y el interés aprender. Extrae lo que por esencia todo ser humano trae a este mundo: su interés por descubrir lo que no conoce. El colegio, con esos antecedentes, tiene la deleznable virtud de supeditar a los estudiantes a no cuestionar, a no preguntar, y menos: a imaginar y crear. Pero estas son cuestiones que no vemos en el debate público. Cuestiones que deliberadamente se han perpetuado a niveles alarmantes. Hoy por ejemplo, la cifra de estudiantes que salen sin saber entender lo básico de un texto; o realizar una operación con regla de tres, es dramática. De hecho, es común a volver a lo más básico cuando hago clases; re-enseñar a leer desde 5ºB a IVºM. De cumplir con el desarrollo de las habilidades exigidas el currículum en la asignatura de Historia, ni hablar. La abstracción y el desarrollo del pensamiento crítico, son un lujo que me puedo dar de enseñar a unos pocos.

En consecuencia, sin la base con la que toda sociedad pretende saltar al desarrollo, ¿Qué hacemos? ¿Por qué no está en el debate público este drama? ¿Banalizamos la mala educación? Al parecer sí. Nos es natural; de sentido común convivir con ella. Por eso, es que lo primero que debemos tener claro como Frente Amplio, es que el gran cambio es con los profesores. Todo lo que viene para adelante, debe ser en la lógica que hemos ido instalando desde el 2006. Una política sin vacío social. Con sentido común, donde por ejemplo, la praxis docente sea un elemento central a la hora de discutir la educación que queremos. Y donde tengamos una reforma educacional, inclusiva, de mirada larga, y eje de nuestro desarrollo país. Porque ya nos cansamos, de saludos a la bandera que flamean al compás de la elite.


Profesor de Historia, militante de Revolución Democrática