I

Han circulado últimamente “cartas abiertas” y “declaraciones públicas” en las que se rechaza con indignación el sentido aparente de los “dichos” y “declaraciones” que eventualmente vertí sobre el problema surgido en el Departamento de Historia de la Universidad de Chile, donde algunos profesores perpetraron actos de acoso sexual contra algunas alumnas del mismo Departamento.

Esas “cartas” configuran un género comunicativo, si no nuevo, al menos profuso en la comunidad universitaria actual. No son cartas anónimas, porque firman personas con nombre y apellido; constituidas, sí, como “grupo”. Pero son anónimas en cuanto no invocan directamente (o previamente) a la persona a la que aluden, pues van dirigidas, de primera intención, al gran público anónimo (“¿comunidad?”). No solicitan una aclaración de los términos que critican, ni del contexto en que se dijeron, ni es una invitación al diálogo, puesto que lo que prima es la decisión de hacer circular la acusación pública que portan. En el mundo escolástico, textos de ese tipo configuraban el llamado argumentum ad hominem; es decir: un vicio del debate que consistía en atacar a la persona o la imagen pública del interlocutor, en vez de contraargumentar sus argumentos. Y en mi caso, el acusado no ha argumentado, ni se le ha invitado a hacerlo [1].

Como forma particular de debate universitario, las “cartas abiertas” no se fundan, ni en la comunicación interpersonal ni en el diálogo cara a cara, ni en los principios fundantes de la ‘comunidad’, etc. Más bien, se sustentan en el impulso competitivo propio del Mercado, que, en la eventual carrera al éxito, tiende a destruir la imagen pública de los prestigios colaterales que incomodan.

Por lo anterior, me veo en la precisión de escribir ‘otra’ carta pública, para darme la oportunidad de exponer las situaciones reales que fueron determinando mi gradual conocimiento del problema, y las conclusiones que, momento a momento, fui derivando de ese conocimiento.

II

Debo afirmar, como premisa mayor, que mi nivel de conocimiento de lo que ocurre en el Departamento de Historia de la Universidad de Chile es deficiente y precario. Lo que se debe a que el eje gravitacional de mi actividad intelectual, social y política no está -desde hace varios años- afincado en él, sino fuera de él.

De un lado, porque, desde el año 2005, dicto cursos en cuatro facultades distintas de la Universidad, y desde 2015, cumplo compromisos con cuatro editoriales diferentes (para publicar, en total, seis libros), además de contratos que se cierran entre 2018 y 2019. Aparte de eso, durante 2016, tuve que cumplir contratos coyunturales [talleres, congresos, conferencias, etc.) con más de 30 instituciones diferentes (municipios, redes ciudadanas, colegios profesionales, universidades, agrupaciones indígenas, grupos de teatro, liceos, federaciones nacionales, sindicatos, colectivos de profesores, etc.) [2]. De otro lado, porque, desde el año 2015 he iniciado un plan de retiro gradual del Departamento de Historia [3].

Es preciso tener en cuenta todo eso para entender mi ‘actuación histórica’ en relación al acoso sexual perpetrado por algunos profesores de ese Departamento. Normalmente, un incidente así no habría sido motivo de gran preocupación. Pero esta vez estaban involucrados compañeros de trabajo y en especial, uno de ellos, a quien conozco hace más de 40 años: fue mi alumno en 1973, camarada en el campo de Tres Álamos (1975-76), y compañero de exilio (1977-1984). Fue esto lo que me motivó a informarme, sobre todo, de la situación concreta de los “acosadores”. Pensé que era importante saber qué tan grave era el delito que habían cometido.

De la poca información que pude recoger en la etapa inicial del ‘hecho’, aparecieron dos evidencias: a) que el acoso no había constituido violación, ni incluyó forzamiento físico; b) que las alumnas afectadas estaban en ese momento presentando acusaciones y haciendo declaraciones a la prensa [4]. Sobre las base de este conocimiento (sin duda incompleto), consideré que la falta cometida por mis colegas configuraba un delito de grado menor, no mayor. En mi mente (generación del ’60), delitos de grado mayor eran: la violación con forzamiento, los actos de pedofília y, sobre todo, las violaciones perpetradas sobre miles de mujeres que fueron encarceladas, torturadas y asesinadas en los cuarteles de los militares chilenos… Sobre ese trasfondo, me pareció importante pensar qué pena debería aplicárseles a los colegas acosadores. Por lo que yo aprendí en Europa, el castigo – tratándose de un académico – debería aplicarse al lado negativo de su conducta (su relación con las estudiantes), y no a su lado positivo (su capacidad de investigación y producción). Por eso, allá se recomendaba prohibir a esos profesores seguir haciendo clases, pero sí permitirles investigar y publicar. El problema era discernir la justicia, no aplicarla a la persona ontológicamente completa.

Al mismo tiempo, y sobre la base de esa misma información primaria, consideré el caso de las estudiantes agredidas. Como trasfondo tenía la memoria de lo vivido en los años 1950 y 1960, tanto en la población donde habité, como en la Universidad. Y esa memoria indicó claramente que, en ese tiempo, ninguna mujer joven de 25 años o más, universitaria, moderna, fue sicológicamente destruida tras ser acosada por un hombre de 64 o 63 años (a menos que fuera su padre). Normalmente, por lo que siempre vi, ellas los mantenían bajo control con frases tajantes, relativas a su edad, a su esposa, sus hijos, a su virilidad, etc. Y tras el incidente, quedaban incólumes, firmes y tranquilas. Es decir: “pintiparadas”[5]. Y para esa misma memoria, los acosadores de tercera edad que agredían a muchachas cuarenta años menor que ellos, eran motejados como “viejos verdes” (otro epíteto del lenguaje maternal] que redondeaba una figura crítica, irónica y una sanción pública tácita, práctica, no condenatoria (acaso porque las “pintiparadas” salían normalmente airosas frente a las torpezas de los hombres mayores]… Por eso, dije que el delito de mis colegas era, sobre todo, una “conducta estúpida”, por no respetar las reglas de la decencia académica antigua, además de las reglas del respeto inter-género actual. Merecen, por tanto, una sanción. Pero ¿cuál? ¿Qué penalidad cabe aplicar al sexismo exacerbado de los viejos de tercera edad de hoy, sobre todo desde que se descubrió la utilidad marginal del Viagra?

Varias semanas después -de hecho, al frisar los días en que salió el artículo de El Mostrador- uno de mis ayudantes me informó que las alumnas agredidas habían sido “sicológicamente destrozadas”, razón por la que todo el alumnado había solidarizado pública y enérgicamente con ellas. Esta información, nueva en ese momento para mí, me demostró que yo estaba equivocado (las jóvenes agredidas no eran “pintiparadas”) y que, en relación a mi memoria del período 1950-1960, estábamos frente a una reacción colectiva que nunca vi antes en la Universidad (hace 50 años que trabajo allí). Por eso me pareció una sobre-reacción sícosocial, legítima, sí, pero que despertaba más preguntas que respuestas. Pues ¿por qué nunca antes, y ahora sí? ¿Qué nuevas variables históricas o personales tenía este caso que no estuvieron presentes en los casos anteriores? Fue inevitable concluir que estamos frente a una nueva cultura soda] referente al sexo y frente a los acosos, distinta, en muchos sentidos (¿cuáles, exactamente?) a la que tuvo mí generación. Existe en desarrollo, hoy, una nueva sensibilidad femenina, junto a varias nuevas sensibilidades ‘de género’ (hoy reconocidas, cuando antes estaban proscritas, reprimidas e, incluso, demonizadas). Y por cierto, acosos groseros como los perpetrados por los profesores de marras pueden producir, en este nuevo contexto, daños sicológicos impensados.

Ahora bien -cerrando este relato histórico-, estaba llegando a esas conclusiones cuando otros medios pidieron entrevistas para que reaccionara ante los ataques que arreciaban contra mi persona, por aquello de “las pintiparadas”.,. Fue imposible explicar la profundidad del problema en un período brevísimo de tiempo. Aprendí la lección: se puede hablar a micrófono abierto sobre historia o los problemas generales del país, pero no analizar problemas candentes, vivos, personalizados, con, o a través de, las “cuñas” de la prensa

III

Las acusaciones contenidas en las “cartas abiertas” se describen como: 1) que la expresión “pintiparada” es burlesca; 2) que la expresión “sobre-reacción sico-social” es descalifícatoria; 3) que soy “ignorante” y “despectivo de la situación de las mujeres” y 4) que, en función de todo eso, debo “enmendar mi conducta”.

1) La expresión “pintiparada” no es burlesca, sino lo contrarío. Que la mayoría no conozca el lenguaje propio de cada época, es un problema de cultura general. O de edad. Se requiere, aquí, mucho mayor estudio. Y menos acusaciones.

2) Sin duda, la manifestación solidaria de los estudiantes de hoy frente al caso que preocupa, ha sido una reacción espontánea. Desde su tiempo. Y por tanto, en tanto que tal, es legítima y no ‘excesiva’. Pero, para una perspectiva histórica de largo plazo, también universitaria, es “nueva”. Y éste, es un rasgo relevante.

3) Honestamente, soy el historiador que más sistemática y respetuosamente ha estudiado la historia de las mujeres en Chile, su avasallamiento y sus luchas liberadoras. Como reconocimiento, en 2008, el Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM) me propuso escribir la Historia General de las Mujeres en Chile. Acepté, pero a condición de que participaran tres historiadoras mujeres [6]… Puedo ignorar muchas cosas, sin duda, pero muchas menos que el promedio.

4) La Historia Social y la Educación Popular son herederas del sentimiento de solidaridad que inflamó a la juventud revolucionaria de los años ’60s y ’70s, y del que inflamó la “fuerza de los ‘8Os”, que combatió a la tiranía militar. Por eso, ni la una ni la otra son meras ciencias académicas, ni meros peldaños de la’ carrera universitaria, pues contienen un ADN ético y político esencial: la solidaridad, el diálogo fraterno, la entrega a la causa, etc., prácticas que son, también, parte de la mística interna del movimiento popular, y del sentir soberano de las comunidades territoriales de hoy… Quienes, de partida, se han sumado a la práctica comunicativa de destruir prestigios que estorban, entran en colisión con el ADN del ‘ser solidario’, y corren el riesgo de alimentar el doble fondo típico de la ‘solidaridad neoliberal’… Debemos, pues, todos, asumir los valores de largo alcance.

El problema no es…
(cantó Silvio Rodríguez-)’
el problema, señor
sigue siendo
sembrar
amor…

***

[1] Las pruebas de la acusación son “dichos” o “frases incompletas” extraídas de una entrevista que me negué a dar -pero en la que tuve que explicar, off the record, por qué no la concedía- la misma que varios de los firmantes han rechazado enérgicamente por ser no-profesional.

[2] En el Departamento de Historia tengo contrato de media jornada, dicto dos cátedras troncales, un seminario de grado, un seminario electivo eventual, un curso de postgrado, superviso una docena de tesis de pregrado y postgrado, y coordino uno o dos proyectos de investigación (con incorporación de estudiantes) al año.

[3] Sería el tercer Premio Nacional de Historia que se retira de ese Departamento, entre otras cosas, por incompatibilidad con la atmósfera que predomina en él. Por eso, no voy a reuniones departamentales.

[4] La única información interna en ese período la obtuve del profesor Pablo Artaza (a quien consulté, aproximadamente, cada dos o tres semanas], y de la Decana de la Facultad, señora María Eugenia Góngora, más esporádicamente. En todos estos casos, la información obtenida central se refirió, en lo sustantivo, a los profesores involucrados.

[5] Era un término muy usado por las mamas y las abuelas del período 1940-1960. De hecho, lo usaba mi madre. Y se refería a aquellas niñas que, por oposición a las muchachas tímidas y vergonzosas que producía el sistema patriarcal y el culto mariano, demostraban entereza, capacidad de respuesta a ñor de piel y resiliencia para resistir cualquiera situación incómoda para ellas. En ese lenguaje materno, existían muchos términos y distingos similares (“mosquita muerta”, “pizpireta”, “ligera de cascos” , “señorita”, “hijita de su mamá”, etc.), “Pintiparada”, por tanto, era un término más bien elogioso y no despectivo. Por eso, lo que me informaron respecto a qué estaban haciendo las niñas acosadas del 2016 (denunciando y dando entrevistas) cuadró con ese estereotipo del pasado, y no con uno opuesto.

[6] En total, he escrito cinco libros en que he tratado de investigar históricamente la situación de mujeres de pueblo y las de clase alta. No he examinado, sí, el desenvolvimiento histórico de las mujeres de clase media. Y nadie más lo ha hecho, hasta hoy. Sobre esto hay una ignorancia general.