Durante mucho tiempo la estrategia de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) fue la creación de un espacio territorial autónomo, un Estado palestino, en cualquier porción del territorio de la Palestina histórica, como fórmula que impediría el avance del Estado colonial de Israel. Aquello tenía bastante sentido si pensamos que Israel es un Estado sin fronteras definidas y con un plan de confiscación de territorios permanente, que afecta fundamentalmente a los palestinos.

Los Acuerdos de Oslo (1993) fueron aceptados por la gran mayoría de los propios palestinos como un avance en el freno del colonialismo y sobre todo por la posibilidad de establecer un Estado propio. Bajo la lógica de Oslo, los palestinos tendrían una administración del poder en manos de nacionales, que avanzaría hacia la creación de un Estado en el 22% de la Palestina histórica. Sin embargo, los Acuerdos de Oslo también establecían que, en el intertanto, el territorio sería separado en tres áreas con diferente calidad administrativa: A, donde los palestinos tendrían control policial y administrativo; B, donde los palestinos tendrían control administrativo y la seguridad estaría a cargo de Israel; y C, donde Israel tendría potestad administrativa y militar. En la actualidad el área denominada C aún constituye el 60% de Cisjordania y corta completamente a las áreas A y B, de manera que entre estas nunca existe continuidad territorial.

Durante los años siguientes a la firma del acuerdo, los palestinos vieron cómo Israel construía más y más asentamientos ilegales en las zonas C y B, a través de la confiscación de tierras alegando motivos de “seguridad”, fenómeno que no se ha detenido hasta hoy y que ha creado una nueva realidad demográfica sobre el territorio. A 2013, la organización israelí B’tselem contaba 247 asentamientos sionistas en los que viven aproximadamente seiscientos mil colonos en un territorio de 5.655 km², donde viven 2.9 millones de palestinos. Los asentamientos se distribuyen por toda Cisjordania, siendo conectados con el Estado israelí a través de una red de carreteras segregadas creadas en la década del 2000, que permiten eficiente conectividad para los colonos y la más completa inmovilidad para los palestinos, atrapados en ciudades islas (bantustanes) a partir de las cuales no puede generarse ninguna economía sostenible, ni una administración real del territorio.

La malla de asentamientos que cubre Cisjordania está abastecida por los propios recursos acuíferos de los palestinos, estableciéndose de facto un apartheid del agua, donde los colonos consumen hasta seis veces más de este recurso vital que los palestinos, sin permitirles a éstos crear nueva infraestructura para la distribución autónoma. Asimismo, el muro que Israel ha construido confiscando tierra palestina, para impedir el libre desplazamiento y generar una asfixia de la población, no funciona como una estructura cerrada. Si el nombre con que se ha popularizado (el Muro del Apartheid) es aplicable, lo es porque la estructura del muro permite su movilidad cuando el recorrido es repensado por el ejército israelí y, asimismo, porque a través de él sólo está impedido el paso de los palestinos pero no de los colonos israelíes. Es un muro de control y segregación, que favorece la perpetuación de las colonias, siendo funcional al sistema de Apartheid en general.

La situación de Gaza, por otra parte, se ha vuelto insostenible. 1.85 millones de palestinos viven en una zona de la que Israel se separó unilateralmente en 2005 sólo para controlarla completamente desde el mar, el cielo y las barreras fronterizas terrestres. Desde 2008 Gaza vive un bloqueo total que ha causado una grave crisis humanitaria, agravada por la masacre de miles de civiles a manos del Ejército de Israel en 2008-2009 y 2014. El territorio gazatí se ha convertido en una verdadera cárcel que ya no puede ser llamada Apartheid, aunque pertenezca al sistema de la ocupación, sino que debe ser pensada más como un campo de exterminio.

¿Cómo puede sobrevivir a esta situación la idea de dos Estados separados? Esta “solución”, presente como paradigma de los Acuerdos de Oslo, ha permitido el reforzamiento de la idea de  Estados étnicos y racistas: por una parte la reivindicación de Israel de su calidad de Estado judío (identidad que cercena la propia riqueza de la historia judía asimilándola a un proyecto lineal de expulsión y retorno a un territorio en un período de 2000 años), que además atenta directamente contra la población palestina que llega a 1,5 millones, representando el 20% de la población total de Israel, sin contar los Territorios Ocupados en 1967. Por otra, un posible Estado palestino que, a pesar de su diversidad, es despojado de su propia historia y imaginario nacional, en la que el judaísmo juega un rol fundamental, tanto como la tradición griega, latina y árabe. Bajo la lógica de Oslo, ese Estado palestino sólo podría formarse como una entidad subyugada a Israel (sin fronteras con países vecinos, sin control de sus recursos y sin ejército) lo que mantendría por bastante tiempo más la situación de Apartheid.

Si el problema en Palestina es el racismo -e Israel lo ha dejado más que claro avanzando hacia un sistema de Apartheid- la solución no debe pasar por el reforzamiento de la etnicidad, sino por el reconocimiento de los diversos actores políticos dentro del antiguo territorio de Palestina. Lugar de paso histórico de los imperios, punto de flujo del comercio mediterráneo, Palestina había sido, hasta la llegada del sionismo político, un punto de diversidad cultural que fue cerrado para hacer de él la tierra de destino de un pueblo elegido. Avanzar en una transformación del discurso que implique el fin del Apartheid significa también poner en conflicto los imaginarios en los que lo propio siempre está por encima de lo común. Como dijo Edward Said en 1999, “el problema […] no es cómo idear medios para persistir en tratar de separarlos -a palestinos e israelíes- sino ver de que manera es posible para ellos vivir juntos, tan justa y pacíficamente como sea posible”.

La justicia y el reconocimiento de la igualdad se convierten, así, en asuntos centrales. Israel, a través de su proyecto colonizador, ha anexado de facto los Territorios Ocupados palestinos, creando en ellos una realidad artificial en la que dos poblaciones viven sin tocarse. La justicia se abrirá sobre el horizonte de Palestina cuando le sea restituido al territorio el carácter diverso y multicultural en el que los pueblos elegidos no tienen lugar. Este camino implica necesariamente no sólo el fin del Apartheid, sino también de la estructura racista que atraviesa todo el Estado de Israel. Sólo cuando el Estado no se defina a priori como el guardián de los privilegios de un grupo sobre otro, la vía de la coexistencia comenzará a abrirse.

 

[2] Said, E., “The One-State Solution” en The New York Times Magazine, 10 de enero de 1999. URL:
http://www.nytimes.com/1999/01/10/magazine/the-one-state-solution.html


Doctor en Filosofía, Universidad de Chile