Hace algunas semanas, un funcionario municipal se quejó amargamente en la prensa nacional porque sus dichos en Twitter sobre “colitas y minas” no habían sido tomados con el humor que él había deseado imprimirles y arriesgaba por esto sanciones administrativas. Para su mala fortuna, esto lo había hecho en apoyo al autor del bullado regalo de un juguete sexual a un ministro de Estado en una ceremonia pública (otra humorada). A juicio del funcionario, el problema no era el carácter sexista del juguete o sus propios adjetivos para referirse a homosexuales y mujeres -todo lo cual no implicaba malas intenciones-, sino que el problema era una falta generalizada de sentido del humor sobre ciertos temas.

También en Estados Unidos abundan este tipo de quejas. Hay quienes defienden -también en Twitter- las recurrentes intervenciones del ahora presidente electo de Estados Unidos señalando que sus comentarios no han sido tomados con el debido sentido del humor. También las diatribas y amenazas de muerte que acostumbra a hacer públicas el presidente de Filipinas han sido defendidas por agentes de su gobierno como frases humorísticas mal comprendidas. Ejemplos actuales y pasados de este tipo abundan.

¿Hay, en efecto, tan poco sentido del humor? ¿Le falta humor a la opinión pública nacional e internacional?

Desde un punto de vista subjetivo, el sentido del humor es parte de una vivencia intencionada del mundo que asume que este último ha sido construido “en serio” sólo en parte y que, al experimentar este otro lado del mundo, sobreviene una especie de satisfacción espontánea. Es espontánea porque no se puede obligar (pero ciertamente se puede estimular, con medicamentos, por ejemplo). Las teorías sobre el humor buscan normalmente encontrar o definir el “ser” del humor a partir de ciertas cosas, actitudes o emociones, pero el humor parece ajustarse mejor a una forma de observación. Sólo quien asume con libertad este modo de vivir el mundo, puede encontrar humor en una quizá dolorosa caída, en una catástrofe, una rutina cómica elaborada o un error involuntario (a gran escala incluso, como un oneroso puente mal diseñado y mal construido).

Desde un punto de vista social, el sentido del humor es un medio intersubjetivo para la comunicación humana que otorga un sentido distinto (un sentido del humor) a la experiencia común. A través del humor se comparte, a través de gestos, palabras, imágenes, símbolos, una negación implícita de lo que se está comunicando o experimentando: “esto no va en serio”. Se miente con humor y se inaugura un tiempo que aguarda por confirmar si esto causará gracia o no a los participantes. Siempre existe un riesgo de no lograr el efecto esperado, pues este medio resulta altamente sensible a su contexto social y cultural, y por tanto es muy sencillo perder la brújula. Por esto, se dice que cada nación, cada cultura, pueblo, familia o grupo posee su propio sentido del humor.

Lejos de estar ausente en la opinión pública, el humor se usa de diversos modos y con frecuencia.

Para ciertos efectos, puede funcionar como agente inmunizador para el que lo utiliza. Así, puede uno protegerse de acusaciones morales (o demandas legales) aduciendo que lo que se dijo “no iba en serio”. No había que tomar en serio la muñeca inflable. No hubo malas intenciones, sino malas interpretaciones.

El humor se suele usar también para comunicar algo en serio por medios que “no van en serio”. Así lo ha hecho el comediante italiano Beppe Grillo y su movimiento de política buffa “5 estrellas”, el cual se burla de la corrupción y pobreza de su país, o la lista estudiantil RetroCEDamos que ganó las elecciones de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile en 2013, ironizando con las consignas de los colectivos tradicionales.

Quien usa el humor como argumento para lanzar prejuicios, odio y ofensas, y se defiende arguyendo que se trataba de frases que pretendían ser humorísticas, prueba al extremo la elasticidad de las posibles interpretaciones de sus intenciones. Su problema luego es que debe dar a entender en algún momento qué partes de lo que ha dicho han de tomarse en serio y cuáles no. Así, alguien como Donald Trump tiene que aclarar en variadas ocasiones que su promesa de construir un muro en la frontera con México fue en serio y no una broma.

En cambio, quien usa el humor para decir algo en serio, no puede sin más recurrir a estos artilugios, pues se ha hecho responsable de antemano de sus intenciones e interpretaciones. Los espacios humorísticos de sus propuestas ya estaban previamente señalados y, si el colectivo los llega a perder de vista, puede sacar lecciones del fugaz éxito del partido pirata alemán, para anticipar su propio destino. Si, en cambio, sabe mantenerlos a raya, no tiene que explicar por qué no ha cumplido ni cumplirá determinadas promesas, como las que hizo la lista RetroCEDamos de instaurar la “Beca Bashar al Assad”o construir albergues para animalistas.

Por último, se puede cerrar el paso de antemano al humor y sus alternativas. Una forma es señalar que la interpretación está bastante clara, que la intención se deduce de manera relativamente sencilla y que en ambas no hay nada de humorístico. Sólo hay un regalo machista, una opinión homofóbica o un chiste racista, y nada de eso causa gracia. ¿Qué tiene de divertida la caricatura del pueblo mexicano o del movimiento animalista? ¿Es Bashar al Assad una figura cómica? Se borra entonces de inmediato la duda sobre las intenciones de lo que se ha dicho y se le asigna un signo moral (usualmente negativo). Se reduce así al mínimo el espacio de lo que “no va en serio” y si se intenta el humor, se juega con fuego.

¿Hay más usos del humor en nuestra opinión pública? Ciertamente y no creo haberlos agotado en estas dos categorías. Todavía puede uno preguntarse si la autoridad que envía aviones a regar “nubes” en un bello día despejado para tratar de hacer llover, lo hace con sentido del humor.

Mientras que la tragedia del comediante es que no tiene medios para convencernos definitivamente que todas sus bromas, aunque graciosas, “iban en serio”; cuando se lleva el humor afuera del vodevil, se asoma su inflación a la vuelta de la esquina. ¿Se podría volver a tomar en serio al político, científico, intelectual, artista, que después de un tiempo nos dice que lo que ha dicho o hecho “no iba en serio”? Como el físico norteamericano Alan Sokal, quien en los noventa escribió un enrevesado artículo académico y luego aclaró que éste “no iba en serio”, para demostrar –con cierto humor- la falta de rigurosidad de ciertas revistas científicas “posmodernas”. El riesgo de perder la seriedad en casos como éste es muy alto.

Como sea que aparezca el humor en nuestra vida privada u opinión pública, lo más inquietante es que no tenemos garantías para apostar que lo que se nos dice en serio ha sido de ese modo y que lo que no, ha de mantenerse en ese estado. Por supuesto, nadie puede vivir en semejante indeterminación y suspender todas sus decisiones hasta tener certezas suficientes. En lugar de eso, uno se hace expectativas y actúa de acuerdo con ellas. Esto lo saben muy bien quienes practican esta nueva forma de propaganda denominada, no muy felizmente, “post verdad”.

Con expectativas se atribuye al mundo la seriedad de que el presupuesto de la nación se mantiene y mantendrá equilibrado, que el policía en el cruce no es un mimo jugando una broma a los automovilistas o que la ideología que se ha cultivado y defendido va realmente en serio. No se puede vivir de otro modo. Un mundo con sentido del humor debe tener algún espacio donde las cosas sean “en serio” para poder distinguir dónde se encuentra uno, aunque se trate siempre e inevitablemente de una construcción arbitraria. De otro modo, incluso para mí resultaría muy difícil esperar que usted tome este texto, que acaba de leer, “en serio”.


Instituto de Estudios Sociales y Humanísticos, U. Autónoma de Chile