I

Como sujeto ávido de la lectura y del arte en general, mi inclinación siempre ha consistido en la búsqueda insaciable de nuevos conocimientos, sean literarios, históricos o artísticos que satisfagan mi latente y perenne necesidad de adquirir nuevos saberes. Por estos días, uno de los temas que despiertan mi curiosidad y deseos de análisis, es el cameo literario y artístico en general. Debo precisar que una aproximación al término aludido lo define como “la aparición breve de una persona conocida en una película, serie de televisión u obra de teatro, normalmente representándose a sí misma”.

Por ejemplo, el director de cine británico Alfred Hitchcock, fue un maestro en esta técnica apareciendo en treinta y siete de las cincuenta y ocho películas que dirigió, o el gran productor de cine y escritor de cómics estadounidense Stan Lee haciendo lo mismo en una veintena de películas de Marvel.

En literatura hemos tenido también ejemplos claros de cameo. Como olvidar los capítulos finales de la obra Niebla (Nivola) del escritor español Miguel de Unamuno, donde el autor ingresa como personaje en la obra que él mismo creó, recibiendo un telegrama sobre la muerte del protagonista de la novela Augusto Pérez. Unamuno en las páginas finales narra su dilema ético al haberle confesado a su creación que era solo un ente de ficción, una marioneta de éste que no podía elegir motu propio el suicidio como válvula de escape del dolor provocado por el desplante y rechazo de Eugenia, la mujer que amaba. Más aún, en sueños se le aparece la figura del personaje recientemente fallecido por causas amorosas (suicidio) en un diálogo filosófico y existencialista muy propio de Unamuno donde lo onírico y la dicotomía real/no real tiñen las páginas finales.

He citado esta novela como un botón de la relación que cruza la vereda ficción/realidad en el instante que algunos autores crean personajes tan parecidos a ellos mismos, que uno no sabe distinguir si estamos frente a una autobiografía o a un personaje literario que roba el alma y ser de su creador o viceversa.

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II

Esta relación, señalada anteriormente, no es exclusiva del cine, las letras o la televisión. Descubro en el cuadro “El Griego de Esmirna” (1976 -1977, Óleo sobre lienzo. 243,8 x 76,2 cm. Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid) del pintor de origen estadounidense y nacionalizado británico Ronald Kitaj,  un relato literario, un cameo de procedencia pictórica donde el autor inserta en su obra a curiosos personajes. Por un lado tenemos a su amigo Nikos Stangos, poeta griego y teórico del arte moderno, que a su vez representa en su figura, los constantes paseos del poeta griego Constantino Cavafis (quien Stangos tradujo al inglés) por los burdeles del Puerto de Alejandría.

Por otro lado el mismo Kitaj, que al parecer en su único viaje a Grecia, también deambuló perdido y sin rumbo por el Puerto de El Pireo en Atenas. Una señal de lo anterior, es la figura humana descendiendo de la escalera del burdel quien sería el mismo pintor antes mencionado. No es azaroso que el sujeto que baje sea un marinero, ya que el artista desde pequeño retrató el mar, pues en su juventud obtuvo licencia de marinero y navegó en diversos cargueros y petroleros a través del mundo. En el año 1949 zarpa como marino mercante y comienza un constante periplo por tierras extranjeras que aportarán material para su obra, incluida una relación cercana con España y la historia de la guerra civil en dicho país, donde su madre a favor del bando republicano lo instruye sobre tal proceso histórico.  Acá tenemos una muestra palpable de cómo el contexto de producción del artista compuesto por sus experiencias y vivencias personales, los hechos históricos y sociales que le tocó vivir y sus raíces y cultura terminan incidiendo de mayor o menor medida en su obra.

III

Dicho análisis no es exclusivo de mi persona. Hace un tiempo revisando precisamente información de la ligazón pictórica/literaria de Kitaj, di con el libro del escritor español Javier Cercas. “Agamenón” (2006, Barcelona, España, Tusquets Editores). Éste, un texto de crónicas en casi su totalidad, relata en el capítulo titulado “Un paseo por el lado salvaje” la imbricada relación entre el autor y la literatura. Según lo expuesto por Cercas, Kitaj insistió a menudo en dotar a sus cuadros de cualidades novelísticas. El artista a mediados de los setenta se obsesiona con la idea de pintar personajes en sus cuadros como un novelista los pinta en sus novelas. Su deleite es crear personajes pictóricos que sean tan recordados como los creados por Dickens, Dostoievski o Tolstói. Me gusta la idea  de que sea posible inventar en pintura un personaje, una personalidad, de la misma forma que son capaces de hacerlo los novelistas”, comentaba el mismo Kitaj sobre sus cuadros.

La conjunción de creador y personajes novelísticos confluyendo en la misma obra y la presencia del burdel en la vida de los protagonistas convertidos en personajes dentro de la misma pintura es coincidentemente magistral. El autor de “El griego de Esmirna” instalaba con preponderancia la figura humana, el componente político e ideológico en sus obras, sin quitarle relevancia a lo pictórico y el color. El empleo de personajes en actitudes y lugares cotidianos y comunes como la obra aludida, la presencia de un hombre concreto en un lugar concreto como el poeta griego Cavafis o su amigo Nikos Stangos, la proyección en la tela de él mismo en lo que fue, será o nunca llegará a ser, el amor por la literatura, entre otras razones, sirvieron de inspiración al británico en la génesis de personajes memorables, los mismos que admiraba en sus lecturas de los grandes novelistas rusos y que quiso hacer carne a través del lienzo, óleo y pincel.


Profesor de Lenguaje y Comunicación. Profesor de Castellano UPLA