*Columna escrita en conjunto con Rodrigo Ruiz.

El escenario político en que se afrontarán las elecciones parlamentarias y presidenciales de este año tiene características muy distintas a los que nos ha tocado observar en procesos anteriores. La crisis política que afecta a las instituciones, conglomerados, partidos tradicionales, junto a los diversos casos de corrupción, abren una ventana de oportunidad para distintos sectores que han estado excluidos de la política durante 26 años.   

Dentro de esos sectores, se encuentra, un campo político que se le ha denominado “Fuerzas emergentes” y que hoy tiene la posibilidad de lograr el avance político más importante de la última década, no solo por la coyuntura electoral, sino por la posibilidad de construir una articulación social y política que permita afrontar el siguiente ciclo abriendo un período de ascenso en la construcción de una alternativa política de superación del neoliberalismo. 

Esta fuerza coalicional tiene el desafío de construir una capacidad inicial, pero muy efectiva, de golpear la persistencia binominal que aun organiza la política en nuestro país. Eso le exige alcanzar el máximo de viabilidad electoral, configurando una primera necesidad de amplitud: no hay posibilidad alguna de conseguir un buen desempeño en este objetivo si no es con un arco diverso de fuerzas que interpelen distintas sensibilidades en torno a un conjunto de objetivos comunes.

En segundo término, esta coalición requiere instalar un horizonte programático común, que oriente la marcha en dirección a una agenda posneoliberal. Podría pensarse que este objetivo constituye el reverso de la amplitud, que se trata de estructurar un conjunto homogéneo y estable de ideas sobre el futuro, pero si el carácter político e ideológico de dicha fuerza está orientado por las necesidades que enfrenta en cada momento, entonces la construcción de lo programático deberá dejar de apreciarse como el intento de erigir una inmunidad ubicada más allá de la política, para transformarse en otra herramienta de construcción coalicional.

Requerimos comenzar a hablar a muchos más, convocarlos, y sobre todo, organizar los espacios donde puedan hablar ellos. Hoy la amplitud política del Frente Amplio es el primer paso para ello, teniendo claro sin embargo que la verdadera ampliación social de una nueva construcción política exigirá ir bastante más allá de la mayor o menor suma de siglas, y que será por cierto un proceso más largo.

En modo alguno se trata entonces de bajar las banderas de la izquierda y negociar sus horizontes. Se trata de asumir que una política transformadora hoy no remite al refugio en la cómoda tibieza del espacio de los iguales, sino a la disposición a asumir el riesgo del liderazgo de un espacio múltiple. La amplitud política es en este momento una necesidad, no una concesión.

De ese modo, la coalición podrá reunir a segmentos de izquierda con progresistas y liberales, en pos la amplitud que requiere la ruptura. Nada de esto tiene que ver con vetos, marginaciones, menos aún con la búsqueda de la pureza, sino con la disputa franca, abierta, de posiciones políticas.

En relación a ello, avancemos algunas líneas. Este campo diverso debe saber demarcar una línea divisoria con la vieja política, la de la corrupción y subordinación al poder económico, donde las fuerzas emergentes deben proponerse conducir dicho campo, de modo que aun con sus diferencias, exprese las necesidades sociales más urgentes de nuestros pueblos. Esta coalición tiene que estar disponible entonces para generar las condiciones que permitan que la ciudadanía nos desborde, con una nueva práctica política, más abierta y democrática.

Las fuerzas emergentes debemos promover un “Frente Amplio” que hable de cosas comunes, de los problemas de la ciudadanía, de la desigualdad. Debemos construir con tal amplitud que seamos capaces de convocar por fuera de los límites con que se ha ordenado la política hasta acá, donde incluso los ciudadanos convocados no necesariamente se sentirán de izquierda, pero sí están molestos con las AFPs, con la educación o la salud, a esas personas se le debe convocar. Todo esto, nos debe permitir de una vez por todas abandonar la posición que nos ha otorgado el poder en el mapa político.

Eso exige, por cierto, establecer un modo de hacer que supere los vicios de la política tal como la hemos conocido en estos años. Las prácticas que dispusieron hasta ahora una cierta distribución del poder no darán lugar más que a nuevas dificultades y fracasos. Nuestra convicción es que la profundidad del sentido social de esta nueva alianza solo puede lograrse estableciendo formas diferentes de proceder en la construcción de acuerdos, formas más transparentes y genuinamente asentadas en la participación de todos los que reúnen sus voluntades para construir la nueva alternativa, formas que superen las maniobras y el apresuramiento en la instalación de liderazgos que solo intentan sorprender a los aliados. 

En definitiva, las fuerzas emergentes debemos tomar la iniciativa, conducir, convocar, persuadir a la ciudadanía y en conjunto construir un nuevo actor político, reflejo de nuestro país, con la fuerza suficiente para afrontar el siguiente ciclo. A partir de ahí el escenario cambia, por eso, debemos entender la amplitud como la posibilidad de golpear, de pasar a la ofensiva y darle viabilidad a un proceso que debe superar el 2017, donde debe haber espacio para que la ciudadanía sea parte de la construcción de una nueva alternativa de mayorías y dispuesta a conquistar las transformaciones que los pueblos necesitan.


Miembro de la Coordinación Nacional del Movimiento Autonomista