El camino que une la comuna de San Javier de Loncomilla con Constitución, está cubierto por un capa densa y asfixiante de humo que penetra por los poros. No es posible resistirse. Las mascarillas, que por estos días escasean en el comercio de la Región del Maule, son solo un paliativo momentáneo a las partículas en suspensión, que han dejado a su paso los múltiples incendios que se han regado como pólvora por pueblos y caseríos de la zona.

No es el único lugar del país que enfrenta los embates del fuego. Sin embargo la séptima región, encabeza actualmente la lista del número de hectáreas quemadas a nivel pais. Más de 237 mil de acuerdo a cifras preliminares de Conaf.

En los costados de la ruta L-30-M se pueden observar algunos rastros de las llamas. Hay tierra ennegrecida, a veces humeante, que contrasta con un sol anaranjado teñido en la tarde grisácea.

A unos 20 kilómetros de San Javier, y subiendo por un camino de tierra que conecta con el pueblo Huerta del Maule, un grupo de bomberos se refresca a un costado de la ruta. Mientras realizan esa tarea, como telón de fondo en los cerros, se observan focos de fuego incipientes que amenazan con quemar nuevamente las laderas que ya ardieron.

A pocos metros de ese lugar, la Escuela Manuel Egaña es la fotografía que refleja el paso del incendio por el sector. En el sitio, cercado por alambres de púas, quedan los escombros de lo que parecía ser una sala de clases. Hay restos de vidrios, de sillas, de mesas y computadores. Un muro que resistió a las llamas luce una mancha negra, una huella quizás, de lo que fue una pizarra.

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Continuando por la L-30-M, y a unos veinte minutos del ingreso a Huerta del Maule, se llega al cruce que da la bienvenida al pueblo de Nirivilo. El lugar, alguna vez fue la parada durante el periodo colonial, de las diligencias que hacían la ruta del Camino Real entre Santiago, Talca y Concepción. También, fue la residencia de parientes de Bernardo O’Higgins Riquelme, y actualmente, es una Zona Típica que resguarda el Monumento Histórico Iglesia Parroquial de Nirivilo.

Los habitantes de este poblado, de unas 800 personas de acuerdo a registros de la Municipalidad de San Javier, se pasean con mascarillas por las calles.

A pesar del panorama, los vecinos se saludan con cordialidad. Preguntan cómo están las familias y comentan sobre posibles nuevos focos de incendio en las cercanías. El fuego -dicen- llegó al pueblo el día martes, y a su paso, quemó cerca de veinte casas en el sector convirtiéndose en la localidad más afectada por los incendios. El catastro completo está siendo preparado actualmente por el municipio.

Eugenio Soto, tiene 53 años y nació en Nirivilo. El día del siniestro corrió junto a otros vecinos y provistos de palas y ramas de arboles trataron de contener las llamas. “Cuando el incendio llegó, nos empezamos a apoyar unos a otros. Yo ayudé a apagar el fuego y logramos salvar algunas casas”, sostiene, mientras señala un conjunto de viviendas de madera rodeadas por la tierra carbonizada. “Esta (casa) no la pudimos salvar. Llegamos tarde”, agrega con pesar en la mirada.

El hombre camina por las calles pedregosas y muestra otros problemas que ha debido enfrentar Nirivilo, como fue la caída de casas de adobe tras el terremoto de 2010. Varios de estos inmuebles aún siguen en el suelo.

Tras recorrer un buen rato las calles del poblado, se detiene en la vivienda de una familia del sector que también sobrevivió a las llamas. Antes de sentarse a hablar, un grupo de personas provenientes de Talca se detiene en el lugar y les entrega provisiones. Agua, harina y papas, son parte de la ayuda para los lugareños.

Luego de la partida de los voluntarios, Dagoberto del Carmen (72) y Nora de las Rosas Castro (62) muestran la escasa distancia que separó su casa de las llamas. “Nunca había visto un fuego así en mi vida”, sostiene Dagoberto, quien se negó con sus hijos a abandonar el hogar cuando comenzaron a evacuar.

En la conversación que matiemen los vecinos, se llega a un consenso de que los incendios en la zona fueron provocados. De hecho, Lorenzo y David, dos de los hijos de la pareja, se dedican a hacer patrullajes con otros lugareños por los alrededores en las noches. Dicen que han vistos gente extraña merodeando, que temen que les quemen las casas .También hablan de intentos de robo. Sienten rabia.

En las calles de Nirivilo, en tanto, desde el jueves están los militares. Los habitantes se han ido acostumbrando a su presencia por cada calle y cada esquina. Esperan que su llegada les otorgue mayor seguridad por estos días.

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Un futuro incierto

Entre los habitantes de Nirivilo existe incertidumbre respecto del futuro. Los vecinos comentan que casi el 80 % de la población masculina en el sector, trabajaba en dos barracas que se incendiaron.

Tania Escobar es una de las dirigentes de la Junta de la Villa Los Naranjos de Nirivilo, un grupo de casas situadas en el sector poniente del pueblo. El incendio del martes destruyó viviendas completamente.  La sede vecinal actualmente está convertida en un centro de acopio de alimentos para los que quedaron sin hogar. “La mayoría de los hombres trabajaba en las barracas y las mujeres trabajan de temporeras. En marzo venía ( la temporada) de la rosa mosqueta, de las callampas, cosa que ya no hay. Aquí toda la gente quedó cesante”, enfatiza Tania.

Los hermanos Lorenzo y David Muñoz, también trabajaban en la producción maderera. “Ahora que está quemado, hay que explotar un poco lo que quedó, después viene la plantación, y luego esperar unos veinte años para volver a la ‘pega’ que teníamos”, señala David.

A la familia, por ahora, solo le quedan algunos animales para subsistir y esperar que la tierra se regenere para recuperar parte de la vida que tenían antes del incendio.

Al anochecer en la Ruta L-30-M, caravanas de autos particulares se dirigen con provisiones hacia el pueblo de Santa Olga, el lugar que quedó reducido a cenizas esta semana.

En Nirivilo, en tanto, esperan que lleguen generadores para sacar agua de un pozo que está tapado y que pronto retorne la electricidad para volver poco a poco a la normalidad.

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