Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, no deja de sorprendernos su capacidad de generar noticias con carácter sensacionalista, sea que se trate de México, China o de algún comentario sobre las torturas a terroristas. Sin embargo, llegada la hora del análisis resulta imprescindible separar el histrionismo del personaje –una suerte de grotesco humor negro- de las nuevas estrategias y políticas que se están jugando en Washington.

Si bien la crisis diplomática con el gobierno mexicano resulta escandalosa, por su vulgaridad y brutalidad, no deja de ser un efecto de propaganda de un recién instalado mandatario que quiere mostrar los dientes a un antagonista demasiado fácil que, además, sirve para opacar otras cuestiones de trascendencia que están en juego.

El señor presidente ha logrado instalar en la cúpula del poder norteamericano a un sector radical del Partido Republicano. Donald Trump es el portavoz de la extrema derecha estadounidense que, con una fórmula neopopulista, logró revivir ideas añejas e impopulares. Esa derecha extrema conformada por algunas grandes fortunas, muchas de ellas comprometidas en el “lobby judío”, respalda plenamente al gobierno de Netanyahu, apuesta al proteccionismo y al militarismo como una manera de hacer frente a potencias emergentes, China en primer lugar.

Más allá de los espejismos y el reality, el señor Trump no es un ignorante e inexperto presidente. Se trata del rostro visible de un proyecto político y económico de extrema derecha para los Estados Unidos. Como nunca antes, las ideas reaccionarias relegadas por años – xenofobia, racismo, nacionalismo, militarismo – se encarnan hoy en la política de los Estados Unidos para rediseñar el futuro inmediato, tanto a nivel nacional como internacional.

Dejando fuera lo episódico, como es el caso del muro y de la humillación a México, lo cierto es que la era Trump viene a replantear la estrategia norteamericana de dominio mundial. De manera inevitable esto pone sobre la mesa la posibilidad de roces y enfrentamientos, comerciales, diplomáticos y militares. La presencia de China en el escenario internacional, y en menor medida Rusia y la Unión Europea, representan –desde ya– un desafío mayúsculo para el gobierno de Donald Trump.

No podemos olvidar que más allá del talante proteccionista y anti-globalizador que plantea el gobierno Trump, la verdad cruda es que la economía china es uno de los grandes acreedores de la deuda estadounidense, al punto que podría hacer tambalear un dólar sobrevaluado en la hora actual. Pareciera que frente a la globalización de la economía no resulta tan fácil construir muros ni, mucho menos, imponer los dictados del gobierno estadounidense. Así, el eslógan de Donal Trump “Make América Great Again” parece más un “Wishful Thinking” que una política consistente y con futuro.


Académico