Al discutir los mayores problemas de nuestra actual democracia, uno de los temas que lidera este debate es la reflexión sobre por qué gran parte de los jóvenes chilenos rechazan la política. Entendiendo esta última como la política formal o como la acción de dirigir el sistema político, existe prácticamente un acuerdo respecto a lo problemático que resulta que actualmente la juventud chilena no confíe en sus instituciones y que a la vez desista de participar en los procesos electorales.

A pesar de existir un consenso sobre la relevancia de este tema, no es posible señalar que se dé la misma situación en relación a qué es lo explica este fenómeno. Partiendo desde aquellos que sostienen que la llamada desafección política de los jóvenes sería producto del aumento de sus expectativas a partir de la mejora de sus condiciones de vida, hasta llegar a quienes afirman que esto se debe a la crisis del modelo político-económico heredado de la dictadura, son múltiples las explicaciones que uno puede encontrar respecto a estos hechos.

Si bien todas estas perspectivas han aportado al debate, no es difícil percatarse de la carencia de una explicación más integral de esta situación centrada en las propias visiones de la juventud. A partir esto, los siguientes párrafos intentan hacerse cargo de este déficit describiendo de manera general la explicación desarrollada sobre este tema en un libro que recientemente he publicado bajo el mismo título de esta columna.

Lo primero a señalar es que este rechazo de los jóvenes tiene un carácter eminentemente político. La juventud chilena ha desarrollado orientaciones negativas respecto a su sistema político debido a que desde la vuelta a la democracia ha existido una importante desconexión entre éste y los jóvenes, lo cual ha llevado a que estos últimos perciban que la clase política no se encuentra preocupada de ellos.

Esta desconexión entre política y juventud cabe señalar además que no es un hecho fortuito, sino que más bien responde a que el sistema político posdictadura fue deliberadamente pensado para que se desarrollase de esta forma. El llamado modelo político chileno se fundamenta en un sistema de partidos moderado y homogéneo, un estilo tecnocrático de formulación de políticas públicas y una forma de hacer política basada en procesos de desmovilización y despolitización, siendo justamente estos rasgos los que generan esta desconexión entre política y sociedad que lleva a la juventud a tener altos niveles de desafección.

En términos más concretos, a esta explicación podemos agregar que la desafección se genera en base al desarrollo de tres tipos de percepciones vinculadas a esta brecha entre el mundo político y la juventud. La primera de ellas es la percepción respecto a la falta de representatividad. Los jóvenes chilenos no se sienten representados por la clase política al percibir que ésta no legisla en pos de los intereses de la juventud. Esto se ve reflejado, por ejemplo, en la carencia histórica en nuestro país de una política pública en juventud y en las frustraciones generadas luego del movimiento pingüino de 2006, donde los planteamientos de los estudiantes fueron escasamente considerados.

Un segundo tipo de percepciones son los sentimientos de ineficacia política. Los jóvenes hoy en día sienten que es prácticamente imposible influir en las decisiones políticas del país, lo cual reproduce finalmente sus sentimientos de malestar. Esto se expresa tanto en la falta de espacios de participación como en el hecho que, dada la alta homogeneidad ideológica de los partidos, la capacidad de cambio que entregan los procesos electorales es más bien baja.

La tercera forma de percibir la política asociada a la desafección dice relación con las visiones de la juventud respecto al funcionamiento interno de los partidos. Los jóvenes se alejan de los partidos dado que estos no son instancias democráticas donde se puedan debatir ideas. Más bien, estas instituciones son percibidas como espacios que velan por los propios intereses partidarios, lo cual se refleja, entre otras cosas, en la forma en que los partidos eligen sus candidatos y en la existencia de hechos de corrupción.

A estas percepciones debemos sumar también una forma de ver la política que entrelaza estos tres aspectos descritos, la cual dice relación con sentir que el principio fundamental que orienta el actuar de la clase política chilena es la reproducción de sus intereses de poder. Esto se muestra en que los problemas de representatividad se asocian a que los políticos velan por representar sus propios intereses, en el que la incapacidad de efectuar cambios viene dada por la existencia de políticos interesados en mantener el status quo y en el hecho que el funcionamiento poco democrático de los partidos representa una forma de defensa de privilegios de poder.

Este último aspecto referido a los intereses de poder es justamente lo que explicaría que la desafección sea más fuerte en el caso de los jóvenes. Esto, debido a que la desconexión entre política y sociedad se da con mayor fuerza en este grupo dado que, al ser conocida su abstinencia electoral, la generación de lazos con la juventud no aporta mucho a la reproducción de los intereses de poder la clase política.

En definitiva, la actual forma en que está configurado nuestro sistema político sería el responsable de los actuales altos y crecientes niveles de malestar. Esta situación justamente nos invita a reconfigurar este espacio en pos de un nuevo sistema más democrático e inclusivo, el cual fortalezca el involucramiento de toda la sociedad, y especialmente el de la poco participativa juventud.

libro

¿Por qué los jóvenes rechazan la política? Desafección política juvenil en el Chile postransición.
Juan Ignacio Venegas
RIL Editores.