“He puesto palabras a lo que ellos piensan o he dicho lo que siempre quisieron decir”. Pablo Iglesias en el libro ‘Disputar la democracia’ cuenta que una de las cosas que más le llamaba la atención durante la irrupción de Podemos en la cancha grande de la política española, era que la gente lo paraba en la calle para agradecerle porque al fin alguien se enfrentaba a las opiniones dominantes en los programas de televisión abierta.

Íñigo Errejón decía que esas eran municiones para el combate. Eso, sin contar los programas creados por su plataforma y que terminaron siendo, en palabras de Manuel Castells, botellas en un océano que han llegado, quizá sin pensarlo o desearlo, hasta Chile. Una de las cosas que hizo de Podemos algo vertiginosamente popular y competitivo es que no se conformó con la crítica, sino que optó en una primera etapa más por la creatividad (o la audacia) que por la esencia. No digo que por esto y otras cosas el Frente Amplio tiene que parecerse más a Podemos, no es mi interés ni creo que sea una discusión que hoy valga la pena, pero sí digo que el campo de la política no es el único lugar desde donde se pueden sacar reflexiones relevantes respecto a la configuración de una disputa a las fuerzas hegemónicas que ese Frente Amplio pretende dar.

En España el mercado de los medios, como en Chile, también tiene altas dosis de concentración, aunque es posible el ingreso de nuevos medios (en todos los soportes) porque el país es más grande, porque las comunidades autonómicas sí importan y porque la educación es mejor, entre otros miles de factores. Y también, porque la política no va al final sino al principio del noticiero. En varios programas de debate político (que los hay) ya no son dos panelistas, son 3, 4 ó 5, todos políticamente distintos, porque las cosas han cambiado.

En la columna “El Frente Amplio y el periodismo duopólico”, el columnista decía que Chile era un mercado duopólico, entiendo, no sólo en cuanto a la propiedad sino también debido al carácter de la política de las coaliciones. Creo que existe cierto consenso teórico respecto a aquello. El problema de la columna no es ese; es sacar una conclusión a partir de una noticia (El reciente lanzamiento del Frente Amplio) que según la columna apareció poco y nada en El Mercurio y en La Tercera. Eso es demasiado poco como para hablar de bloqueo mediático tan temprano.

Con una rápida revisión de prensa se podría demostrar que en ambos medios a Gabriel Boric lo entrevistaron igual o incluso más veces que la gran mayoría de sus colegas durante el 2016; o que Giorgio Jackson tiene igual o más apariciones en notas de prensa en comparación a senadores como Juan Antonio Coloma o Guido Girardi. Esa discusión, que en realidad no es un debate sino una apreciación de valor, no permite hablar de lo que el Frente Amplio sí debería estar hablando, y que es una estrategia comunicacional que esté “dentro y fuera”: dentro de los medios tradicionales y por fuera de ellos, donde la comunicación es de muchos a muchos, con decenas de ejemplos exitosos de medios alternativos (militantes o no) alrededor del mundo. Lo último, a partir de la tesis de la sociedad de la información, es una cancha abierta donde está todo por ganar y que ha sido matizada en diferentes direcciones por autores como Bell, Mattelart o Negroponte.

Pablo Iglesias comprendió -como Castells escribió hace 10 años, como Bernie Sanders entendió en Estados Unidos hasta que no pudo más contra la elite del Partido Demócrata, o como Zizek o varios otros tenores mayores y menores afirman hoy- que la idea de las nuevas tecnologías, la creatividad y la potencia de esas herramientas es fundamental, pero que también es fundamental entender que no se puede correr sólo por fuera de los medios tradicionales, por muy mal que le caigan a algunos, si es que las fuerzas alternativas (emergentes) pretenden convocar más allá de los convencidos. Son predominantes, siguen manteniendo influencia, a veces imponen la agenda informativa.

Parece simple o lógico, pero el debate estéril sobre la propiedad de los medios no les ha permitido elaborar un trabajo teórico crítico de mayor calado que les permita desarrollar un nuevo consenso respecto a la comunicación política y a la estrategia en este campo de las fuerzas emergentes. Algo que uno supone es una tarea urgente porque es un año electoral y porque la izquierda no puede seguir detenida en lo mismo: no saben lo que quieren pero sí saben lo que rechazan.

Primero, mirar la propiedad para concluir luego que “los periodistas que trabajan ahí son duopólicos” o que tienen una “mente duopólica” mirando lo que publican y lo que no es tan inútil y controvertido, por cierto, como pretender que el lanzamiento de una nueva orgánica tenga que ir en la portada de un diario -del que sea- por el sólo hecho de ser una novedad, o porque un columnista dice que de ahora en adelante son tres y no dos las fuerzas políticas relevantes. ¿Cuál es el parámetro para medir eso? Incluso, es ofensivo con los periodistas que trabajan en esos medios y que intentan hacer un periodismo más crítico en sus pautas, en sus reporteos, en su escritura. Los hay y me consta.

Segundo, también es inútil insistir en los casos de bloqueo selectivo, como el que habría ocurrido en contra de Jorge Sharp en Valparaíso cuando ni siquiera sus adherentes creían que ganaría como lo hizo. De todas formas, más que bloqueo selectivo eso fue un error, un fallo, como el fallo de las encuestas en Estados Unidos, o los pronósticos sobredimensionados sobre el sorpasso de Podemos en España, y tiene que ser parte de un aprendizaje general, de adherentes, de periodistas, de las encuestas de opinión, y por cierto, de los medios.

Tercero, qué es lo que va y qué es lo que no va en una portada tiene mucho que ver con la rutina periodística de los diarios, un tema interesante porque lo que se pregunta finalmente es por qué los periodistas escriben lo que escriben, y eso va mucho más allá que sólo midiendo la concentración de los medios, que sin duda existe, influye y que Sunkel, Monckeberg y varios otros destacados autores más han escrito y acreditado profusamente.

Incluso, el programa de campaña de la Presidenta Bachelet promovía algún tipo de legislación en esa línea y en la ley de medios que actualmente rige a la industria nacional existe un presupuesto determinado para la producción de estudios sobre la pluralidad de los medios en Chile. Esto da para otro debate.

Es importante entender que cuando una fuerza política quiere cambiar el estado de las cosas, tiene que empezar por una mayor densidad en todos los campos, no solamente en el campo de la elaboración de la estrategia y la táctica política. Sería bueno saber un poco del perfil orgánico que tendrán las comunicaciones (qué se busca) si habrán criterios comunes de difusión y de elaboración entre los doce miembros (un solo órgano oficial, de carácter nacional o local), cuál será la relación con los medios (duopólicos o no), hasta qué punto se puede avanzar en la conformación de espacios de difusión propia (vía web, nuevas tecnologías). Quizá mucha de esas inquietudes ya tienen respuesta, o alguien se lo está preguntando y eso es un buen síntoma. Para algunos pueden parecer minucias frente a desafíos tan altos como organizar a todo un arco de sensibilidades detrás de ciertos preceptos fundamentales, pero cuando las cosas se hacen de a muchos, o se hacen bien o no se hacen.


Periodista