El crecimiento se considera la solución a todos los males de Chile. Se ha convertido en la obsesión de empresarios, políticos y economistas, tanto de derecha como de la Concertación -ahora Nueva Mayoría-. Sorprende de éstos últimos ya que, antes de 1990, el interés principal de los opositores a la dictadura era más bien el desarrollo. Se criticaba el modelo económico instalado por el pinochetismo en el que el crecimiento era lo fundamental y lo social venía por derrame.

Los economistas opositores al modelo, instalado por Pinochet y los Chicago Boys, cuestionaban “la creencia ingenua en el libre mercado no regulado” y la pasividad del Estado en la economía.  Además, criticaban la “total ausencia de una concepción global del desarrollo del país”. Alejandro Foxley, en particular, antes de ser ministro de Hacienda del Presidente Aylwin, planteaba la necesidad de una planificación estratégica en que el Estado “organiza el proceso de movilización de voluntades y de recursos en aquellos sectores donde se desea generar ventajas comparativas”.

Sin embargo, cuando la Concertación se convirtió en gobierno no se implementó una estrategia alternativa que trascienda la preocupación por el crecimiento. Ni tampoco se apuntó a un tipo de crecimiento distinto. Sus economistas y políticos sufrieron una curiosa transmutación. Durante los gobiernos de la Concertación no hubo voluntad, ni medidas de política pública, para impulsar cambios productivos, reducir desigualdades sociales o favorecer equilibrios territoriales entre Santiago y las regiones.

Las razones de esta transmutación parecen ser de tres índoles. Por una parte, algunos se creyeron el cuento de las bondades de la economía de mercado autorregulada. Otros, después de haber ocupados posiciones de poder en los gobiernos concertacionistas, firmaron jugosos contratos como miembros de los directorios de grandes empresas nacionales y extranjeras. Finalmente, aparecieron aquellos que se convirtieron en lobistas, dedicados a proteger los negocios de las grandes empresas, pero manteniendo sus vínculos políticos con los gobiernos de la Concertación.

El abandono de la prioridad por el desarrollo cerró las puertas a la diversificación  productiva y, por ende, se renunció a mejorar el sistema educativo y la inversión en ciencia y tecnología. El hecho ineluctable es que el crecimiento sin dirección, con un Estado pasivo, ha culminado en un país marcado por una elevada concentración de la riqueza, lo que ha derivado en la captura de la clase política por los grupos económicos.

Sin estrategia de desarrollo, la política económica deja de ser un orientador de agentes y recursos y se convierte en instrumento subordinado a los intereses del gran capital.  A ello se agrega que en una economía pequeña como la nuestra, con insuficientes regulaciones, se ha acrecentado la colusión de precios en variados sectores de actividad. Así las cosas, se han cerrado las puertas del progreso a pequeños empresarios y trabajadores, mientras los intereses de los consumidores se han visto seriamente dañados y el endeudamiento de las familias más pobres crece geométricamente.   

El crecimiento, sin dirección, ha conformado en Chile una economía rentista, depredadora de los recursos naturales, con empresarios sin interés por innovar. El Estado, con un supuesto comportamiento neutral, no despliega iniciativas potenciales en favor de la producción de bienes y servicios de transformación. Así las cosas,  crecimiento en el país es efectivo solo para un reducido sector del país. Acumula ganancias para el 1% más rico, mientras cunde el descontento en la mayoría de la población.

El desarrollo no nace de la espontaneidad del mercado. Se construye con objetivos y trayectoria deliberada. En el caso de Chile, una estrategia de desarrollo debe proponerse construir una economía diversificada, que termine con los rentistas e incorpore conocimiento a los bienes y servicios; debe también ofrecer oportunidades a los pequeños empresarios y empleos de calidad a los trabajadores, con relaciones equilibradas entre el capital y el trabajo. El crecimiento económico no es la panacea, menos el actualmente existente, y no abre camino al desarrollo.


Economista