Hace unos días se dio a conocer una histórica compensación a los consumidores chilenos en donde la empresa nacional CMPC Tissue y la sueca SCA (ex Pisa) deberán pagar como indemnización un total de US$ 150 millones, a causa de una colusión que se prolongó por más de diez años. El acuerdo viene a formar parte de una nutrida lista de irregularidades de esta índole en los últimos años, los cuales tienen por protagonistas al empresariado y la élite dirigente.

Dentro de los principales casos de corrupción es posible mencionar algunos emblemáticos como los casos Penta, SQM, la evasión tributaria en el caso Caval e importantes colusiones y estafas ocurridas en el mercado nacional: la llamada “colusión de los pollos”, el caso La Polar y la recientemente mencionada colusión del confort. Estos hechos han tenido graves repercusiones tanto para el Fisco como para la sociedad civil, lo que ha llevado a acentuar aún más un estado de desconfianza hacia las instituciones.

Por si esto fuera poco, podríamos sumar todavía más polémicas. Bastaría con recordar el tenso momento en que la familia Luksic –dueños del consorcio empresarial más grande del país- realizó la donación más alta en la Teletón recién pasada entre notorias pifias. En ese mismo mes de diciembre, fuimos testigos de la agresión sufrida hacia el patriarca del clan, Andrónico, a la salida del Centro de Justicia. A raíz de esto, la apreciación del empresariado como sujetos altamente respetados y valorados socialmente –pensemos, por ejemplo, en la nacionalidad por gracia concedida a Horst Paulmann- ha sufrido, en el último tiempo, un fuerte debilitamiento.

Cabe preguntarse entonces: ¿El empresariado efectivamente se encuentra viviendo una crisis de su dimensión moral? Más aún, ¿qué implicancias y consecuencias en términos de credibilidad y confianza tienen estas prácticas para el “ciudadano de a pie”? Una forma de responder a estas interrogantes es a través del análisis sociológico que comprenda el rol de este importante grupo en las últimas décadas no sólo como uno de los principales agentes del crecimiento económico, sino como modelo moral hegemónico. Ahora, ¿qué quiere decir esto?

A lo largo de la historia es posible identificar cómo ciertos grupos se encargaron de detentar y encarnar los valores hegemónicos de cada sociedad. Al utilizar el concepto gramsciano de hegemonía se hace alusión a un liderazgo político, moral y cultural por parte de un grupo dominante. Por ejemplo, podemos nombrar a los “filósofos-reyes” que Platón describió en la Grecia Clásica, los samuráis del Japón medieval -quienes además de ser una élite guerrera desarrollaron una ética profunda basada en el budismo zen-, o también al movimiento puritano europeo y norteamericano que estableció las bases de los valores burgueses que ha caracterizado a gran parte de la modernidad occidental fundada en una ética protestante, entre muchos más. La importancia de estos grupos se encuentra en que representan verdaderos arquetipos, es decir, modelos de virtuosismo para el resto del colectivo. Resulta interesante además notar cómo en todos los ejemplos mencionados se observa la presencia de una matriz de naturaleza religiosa o filosófica que apela a un sentido de trascendencia.

En Chile, a partir de la dictadura militar, emergió un grupo que presentaría las mismas características de los ejemplos anteriormente mencionados: el empresariado criollo, mezcla de una matriz aristocrática castellana con una burguesía migrante que apropia un catolicismo conservador como ethos moral, es decir, su deber ser. Dicho grupo será capaz de configurar y delimitar una “frontera moral”, un modo de vida fundado en determinados valores que hoy son los pilares esenciales del emprendimiento, el cual cubre todas las capas sociales. De allí que a los miembros de la élite se les represente socialmente como detentores de una superioridad moral.

Promotor de la modernización, a medida que el modelo neoliberal se consolidó, el empresariado se instaló como un actor fundamental en la sociedad, generando trabajo, fundando universidades y establecimientos educacionales, realizando grandes donaciones a obras de caridad y promoviendo un ideal de vida en donde es posible -aparentemente con trabajo duro, esforzado y honesto-, aspirar al ansiado éxito.

Con todo lo anterior y más allá de las particularidades que encierran cada uno de los últimos ilícitos económicos –y también políticos-, conviene plantear la pregunta acerca de si estas prácticas deshonestas se han cristalizado de tal forma que ya forman parte del repertorio de acción del empresariado. En tal caso, podríamos estar ante una crisis de hegemonía moral que se traduce precisamente en el carácter sistemático y completamente instrumental de estos acontecimientos y que de paso, podría dar cuenta de la ausencia de un patrón valórico que configure y oriente dicho accionar.

A la luz de estas observaciones surgen algunas dudas que conviene plantear: si efectivamente esta crisis es el reflejo de un colapso en el modelo social ultra liberal en el que nos encontramos y que reclama nuevos actores que luchen por la reapropiación de esta hegemonía valórica, o si más bien es la oportunidad para que la élite dirigente resignifique su ethos moral a través de la búsqueda de otros referentes de sentido y sea capaz de reinventarse para mantenerse en las altas capas. En este sentido, es curioso rememorar como en los 90 la Iglesia Católica hablaba de una verdadera crisis moral en la sociedad chilena ¿podría hoy declarar lo mismo de los patrones de este fundo llamado Chile?


Investigador