El artista visual Antonio Becerro, conocido entre otras cosas por sus trabajos de taxidermia, reconoce que todavía está algo adolorido luego de realizar su última acción de arte, titulada “Mapocho/Espectros”, a la altura del puente Bulnes del principal cauce de Santiago. Su performance consistió en caminar río abajo con uno de sus perros embalsamados al hombro luego de haber prendido fuego a un ataúd ubicado en una de las pequeñas islas, rodeadas de basura, que habitualmente se forman a esta altura del torrente capitalino, mientras un músico hacía sonar su guitarra eléctrica con un arco de cello.

“Inicialmente iba a cruzar el río con mi perro Capitán en brazos, pero como toda performance está sujeta a cambios según la realidad, opté por la desaparición, por la despedida lenta, por el rito de la partida. Desafiar caminando la masa del turbulento caudal fue una ceremonia”, dice Becerro, quien explica que su trabajo fue parte del cierre del ciclo de verano Fiebre 2017, que se desarrolló durante enero en el espacio Perrera Arte y que incluyó varios colectivos de arte, como la agrupación de danza experimental I.D.E.a, la banda Sitio Eriazo y la Compañía Interno, cuyos performers también bajaron aullando al río condicionados por la exigencia de desplazamiento del método sicofísico, desarrollado por el dramaturgo y académico Juan Carlos Montagna.

-¿Cómo se ve Santiago desde el Mapocho?

-Para los observadores, yo me fui perdiendo, borrando río abajo. Sin embargo, desde mi perspectiva, ellos fueron desapareciendo a medida que me alejaba del puente. La luz del día se oscurecía en el ocaso de un sol rojo coloreado por el humo de los incendios. El horror colectivo está tan encima y tan mediatizado que muchas veces no se alcanza a reaccionar.

– ¿Con qué te encontraste caminando río abajo?

-¡Uf! Un fierro casi atraviesa mi pierna, un fierro estriado que era parte de un escombro de hormigón. También encontré una cartera que en su interior tenía piedras y las pertenencias de una mujer. Distintos proyectiles me golpeaban por debajo de la corriente y en las orillas divisé varias nutrias colilargas observando. También estaban los clásicos neumáticos, escombros orgánicos, el cadáver de un perro, muebles del retail arrastrados por la furiosa corriente y nuevas formas de objetos que no logro describir por el paso del tiempo y el roce de ellos con la corriente.

-¿Por qué elegiste el río Mapocho para realizar tu acción?

El río Mapocho es un testigo presente ayer, hoy y después. Estaba antes que nosotros. Es parte del imaginario depresivo de Santiago. Su cauce es el cultivo de angustia social y tiene un trasfondo político: al igual que el perro callejero, en él se encarnan el bastardaje. Es el que nadie quiere mirar pero está allí, con sus perros vivos y muertos, cadáveres flotando junto a las basuras y los indigentes. El Mapocho no es solo un río que cruza y divide la ciudad de Santiago como parte del paisaje inmundo de la capital, sino que es un ente vivo con el cual he sostenido una relación curiosa que metaforiza algunos desafíos que me planteo sobre Chile.

-¿Tú crees que este tipo de acciones tienen alguna incidencia en la realidad del Chile actual o es solo una especie de saludo a la bandera de los artistas?

Apocalypse now. Chile se está quemando hace rato y sus llamas son la corrupción encubierta de políticos y las transnacionales. La intencionalidad de sus incendios parte en  las instituciones del estado alcanzado hasta el Sename. El arte te da fuerza interior para soportar el horror de la vida fea y sucia. Esa es parte de la lógica o tarea si es que por arte se entiende que cada arte tiene su tiempo y cada tiempo su arte, por tanto su historia e inscripción en las convenciones de su época. A los artistas nos toca muchas veces testimoniar el horror y no versear o alabar la belleza. Así es la vida, peligrosa y bella. Nómbrame solo un acto de belleza colectiva gratuita en la actualidad en Chile, un gesto. Ni uno solo; abunda y reina el dolor, la vanidad, la avaricia, la humillación del arrogante  al más débil y el desprecio por el otro, por la naturaleza. Pareciera que en este país se cuela la calamidad por el ojo de la cerradura. El arte, por lo menos lo que yo asumo por tal, debe constatar e interpelar la histeria y la ineptitud de su tiempo con todos los medios posibles. Sabemos de la historia no solo por los triunfadores que la contaron, sino también por el ejercicio del artista. Por ejemplo, un artista podría pintar un cuadro de una naturaleza viva o un paisaje pero en llamas. Así será inscrito el verano de 2017 en la historia de Chile y talvez incida en las generaciones venideras si es que despabilan. En ese sentido, talvez el arte sirva de algo, aunque no creo: el nuevo chileno, el arribista, es duro de cabeza y servil. Largo es el arte corta la vida.

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-La acción congregó bastante público ocasional en las riberas del río. ¿Alguna reacción te llamó la atención?

Todas, pero destaco a un tipo que me siguió en bicicleta río abajo y me gritaba desde el otro lado: “¡Tú puedes, tú puedes!”.

-En el puente Bulnes se ejecutó al sacerdote español Joan Alsina y ahí se arrojaron muchas personas al río en las primeras horas del golpe militar de 1973. ¿Tiene ese hecho alguna connotación especial en este trabajo?

Por cierto, los muertos nos están hablando y yo de algún modo los he ido escuchando cada vez más. Esta acción es un ritual de sanación, como lo es el arte, que ayuda a curar y autosanarse. Es una ofrenda simbólica a los animales y los muertos. Tanto el puente como este tramo del río tienen una carga inconclusa, con una información visual que, a pesar de lo fea y horrorosa que pueda ser, igual atrae. La muerte es uno de mis grandes temas como motor inquietante para mi investigación en el arte. Mi exposición individual “Encontraron cielo” en el Museo Nacional de Bellas Artes llevó ese nombre como una respuesta grata a la presencia de la muerte.

-¿Cómo observas la actitud frente a la contingencia de los artistas en Chile? ¿Están a la altura del vértigo de la existencia colectiva?

Yo no sé en qué está cada artista, me imagino que cada cual tiene un rollo por resolver. Es difícil que una acción de arte supere a la contingencia, que se ponga a la altura conmovedora de los hechos. La performance mediocre de las autoridades frente a la devastación por los incendios sobrepasa cualquier gesto simbólico del artista. Lo que se sabrá de este infierno, al igual que en dictadura, lo conoceremos por la ruina, por los escombros, por los muertos, no por los vivos. La historia mal contada la hacen los vivos; la historia registrada, los muertos. Por eso digo que este es un ritual, un cruce de los muertos a los vivos.

¿Cómo se vinculan en tu obra y en tu vida el perro y el río?

He trabajado con el ícono perro vivo o muerto como símbolo de la chilenidad, como metáfora de un trasfondo social profundo de la desigualdad y el desprecio social que reina en el Chile del colonialismo contemporáneo. He tenido tres cenas cara cara con la muerte en mi vida y una de ellas es que estuve muerto por ahogo en un río. Estoy cruzado por ese accidente terrible lo quiera o no. Los materiales presentes en esta acción, entre otros, fueron los elementos naturales agua y fuego, que son purificadores de los rituales individuales y colectivos desde tiempos inmemoriales. Ambos elementos captan e hipnotizan en su belleza y destrucción. Occidente ha borrado los rituales como ejercicios de reparación. La muerte no es un misterio, sino la única certeza de la vida. Lo que me llama la atención es la presencia imborrable del símbolo en el ícono de la muerte. Antes de bajar al río, se me acercó un guardia de seguridad ciudadana y me dijo: “Dicen que hay un muerto en el río Mapocho”, pero lo que realmente él vio fuera de su contexto era un ataúd. A lo mejor Marcel Duchamp jamás se imaginó la fuerza del símbolo al ver la reacción de su época frente a un urinario expuesto como objeto de arte.