Literalmente, pero no seriamente. Letra a letra, leyendo cada vehemente frase que salía de sus apretados labios, mirando el diccionario y comparando cada palabra con su correspondiente significado, pero no seriamente. Cada discurso o entrevista en la que Trump construía uno de sus disparates atraía inmediatamente a todos quienes veían en él una fantasía hiperrealista del neoliberalismo salvaje y se reían, se reían porque esa fantasía era irrealizable.

Literalmente, visto como si fuera una ficción más, lo de Trump era gracioso. En un punto álgido de la campaña contra Clinton, el republicano afirmó que podría pararse a disparar a la gente en Fifth Aveneu y aun así no perdería votantes. En muchos produjo gracia, por la desfachatez de lo dicho, pero a muchos otros se los ganó. Los primeros lo tomaron literalmente, los segundo seriamente.

Literally, but not seriously” fue una de las frases que se repitió en los columnistas que veían avecinarse el vendaval Trump, ya no como una fantasía despiadada y lejana, sino como un triunfo probable: los medios liberales y pro-demócrata se tomaron a Trump literalmente, pero sus seguidores se lo tomaron en serio. Mientras unos se reían de las constantes referencias a una caricaturizada China, de la construcción de un muro continental financiado por México y de su menosprecio innato por las mujeres, creyendo que eso sepultaría al candidato de la cabellera que por sí sola produjo más memes que la candidata demócrata, había otros que entendían que detrás de lo que decía había una operación: decir algo significa hacer otra cosa. Y ese es el punto clave que nos enseña el triunfo de Trump: en política, hay que tomarse con seriedad todo proyecto expuesto de manera pública.

El llamado giro derechista del mundo, sufrido desde finales del año 2016 con el ascenso de la ultraderecha nacionalista en Francia, la derrota del peronismo en Argentina, el triunfo del Brexit y la figura de Trump, contrasta con la esperanza que se levantaba desde 2011 con movimientos como el de los indignados, Occupy Wall Street y los movimientos estudiantiles chilenos. Podríamos leer ese “giro” hacia la derecha como efecto de una cierta ceguera producida por la esperanza en ese primer empoderamiento ciudadano: esa esperanza produjo que fuera impensable el Brexit, Macri o Trump. Y literalmente, eran imposibles, pero ese era precisamente el problema: políticamente, lo imposible no es lo que no tiene existencia, sino lo que no tiene las condiciones actuales para aparecer. Visto con el catalejo de la historia, aquello que parece lejano se ve de cerca una vez que miramos directamente con nuestros ojos.

Ahora, esas fantasías imposibles son pesadillas reales. Y hay que tomarse en serio las pesadillas. Pensemos en Freddy Krueger del filme A nightmare on Elm Street (1984), una de las más grandes pesadillas del cine: lo que Freddy Krueger está haciendo al decir constantemente todo lo que hará (“¡Voy por ti!”, “¡Te mataré lentamente!”, o “¡Corre todo lo que quieras, no podrás esconderte!”) no es describir aquello que es evidente -es claro que los protagonistas escapan porque Freddy quiere matarlos y va por ellos para es, aunque todo sea un sueño-, sino mostrar que si bien todo lo que dice parece imposible actualmente ya que están en un sueño, sí es posible si cambian esas circunstancias. Y efectivamente, en el filme, las circunstancias cambian: Freddy Krueger provoca la muerte real de aquellos a los que mata en sueños. No tomarse en serio las amenazas de Krueger y reírse de él porque sólo es un sueño sería un error, lo cual se ve aumentado exponencialmente si hablamos de los personajes que decidirán institucionalmente las reglas que regirán el trato entre nosotros, en específico porque sus amenazas pueden ser llevadas a cabo incluso con nuestros propios impuestos.

En el caso chileno es gracioso que, literalmente, Sebastián Piñera se hizo más rico siendo Presidente de la República; o que, literalmente, Ricardo Lagos quiera postularse a liderar sin liderazgo; o que, literalmente, José Piñera defienda solitariamente un sistema de previsión depravado; o que, literalmente, parlamentarios de la UDI sostengan en el Parlamento que las mujeres no tienen derecho a decidir sobre su cuerpo o que el rodeo es un deporte tan digno que merece ser celebrado un día al año com deporte nacional. Todo eso es gracioso y podemos reírnos, pero hay que tomárselo en serio porque su chiste radica en que hoy todo eso es digno de una gran historia de humor, pero los vientos de la política mueven las nubes en una sola noche.


La mirada de los comunes