Cuando pensamos en una emergencia de alto nivel como los focos de incendio que nuestro país sigue enfrentando por estos días, con más de 6 mil personas damnificadas y una extensión geográfica aún difícil de precisar, tendemos a pensar que los efectos para la población impactada son transversales. Sin embargo, la experiencia nos demuestra una y otra vez que estas situaciones tienen una mayor incidencia en aquellos sectores que ocupan un lugar de menor poder dentro del orden social, como los niños y niñas, las personas con más bajos ingresos, migrantes y, por cierto, las mujeres.

Según consigna el documento “Género y Desastres” (2010), elaborado por el Programa De Las Naciones Unidas Para El Desarrollo (PNUD) “en los países en los que se tolera la discriminación de género, las mujeres y las niñas ocupan un lugar de especial vulnerabilidad ante los peligros naturales. Esto se ve reflejado no sólo en el porcentaje de mujeres y niñas que mueren, mucho más alto en estos países que en otros, sino también en la incidencia de la violencia de género – en la que se incluyen la violación, la trata de personas y la violencia doméstica –, que aumenta de forma exponencial durante y después de los desastres”.

Por su parte, el informe “Estado de la población mundial 2015: Un refugio en la tormenta..” elaborado por El Fondo de Población de las Naciones Unidas plantea que debe haber especial atención en los círculos de violencia, abuso sexual y problemas sanitarios que pueda existir. Estar en situación de vulnerabilidad sitúa a las mujeres y niñas en una posición especial de peligro, ya que se encuentran más “expuestas a riesgos de violencia, embarazos no deseados, partos inseguros, infecciones, falta de higiene personal, entre otros problemas que afectan sus derechos humanos” .

Los niveles de abuso tienen especial relación con factores económicos, sociales, demográficos y de género y la experiencia comparada releva la importancia de prestar real atención y enfrentar situaciones de caos donde se vive el miedo, desesperación y constante tensión. “Luego del terremoto de Loma Prieta (1989) en el Condado de Santa Cruz, California, los informes de violencia sexual aumentaron un 300%. Después de la erupción del monte Saint Helens (Washington) en 1980, los informes de violencia doméstica se incrementaron un 46%. Durante el tsunami ocurrido en el sur de Asia (2004), murieron más mujeres que hombres. Además de estar sujetas a violencia doméstica y sexual, tampoco recibieron atención médica adecuada y sufrieron más que los hombres debido a las dificultades económicas” detalla el texto Violencia Sexual Durante Desastres, de la Oficina de Violencia contra la Mujer del Departamento de Justicia de los EE. UU.

También fue ampliamente denunciada por varias organizaciones la verdadera “epidemia de violencia sexual” tras el terremoto en Haití el 2010. Según Amnistía Internacional, tan sólo en los primeros 150 días tras el sismo se denunciaron más de 250 casos de violación, mientras que un año más tarde seguían llegando casi todos los días víctimas de violación a las oficinas de uno de los grupos locales de mujeres de la capital haitiana.

Por estas razones el PNUD propone un nuevo sistema para enfrentar las situaciones de emergencia que tenga enfoque de género. En el mencionado informe ejemplifican el trabajo que se ha realizado con diferentes países que sufren este tipo de situaciones y la manera en las que se aplica. “En Armenia, Ecuador, India y Pakistán, tanto las evaluaciones de riesgos como otros componentes clave de la Política de Reducción de Riesgos en Desastres incorporan un enfoque de género. En Kirguistán, el PNUD está apoyando el desarrollo de software de evaluación de riesgos que incluya indicadores específicos de género. En Honduras, se está trabajando para validar el toolkit Gestión de Riesgos e Igualdad de Género con el fin de incorporar los temas de género en la prevención de riesgos y en la preparación frente a emergencias en las comunidades rurales”.

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Oportunidad de un reordenamiento de género

En Chile tenemos dos grandes factores que aumentan el riesgo, además de mantener la inequidad de género: una institucionalidad precaria a la hora de prevenir y actuar frente a catástrofes y una alta propensión a las catástrofes naturales ya sean sismos, inundaciones, erupciones o incendios, lo que debiera obligar tanto al Estadio como a la sociedad civil a redoblar los esfuerzos por incorporar de manera plausible el enfoque de género en todos los protocoles y coordinaciones.

En el incendio de Valparaíso en 2014 fue conocido el caso de una adolescente que, mientras escapaba de las llamas, sufrió un intento de violación en medio de la catástrofe. La agresión se pudo evitar gracias a un testigo que presenció la situación y defendió a la menor persiguiendo al agresor. También se registraron episodios de violencia sexual y abusos en las localidades afectadas por el 27/F en medio del caos que por varios días estuvieron sumidas algunas comunidades en medio de saqueos, inormación confusa y la intervención de militares para imponer control y seguridad.

Pero la vulnerabilidad de las mujeres en situaciones de catástrofe no sólo se relaciona con la violencia sexual, también hay que considerar factores como los régimenes de propiedad cuando, por ejemplo, se pierden los bienes sin regularizar, o las políticas y prácticas de cuidado a heridos, enfermos y niños que tienden a recaer solo en ellas, o que a la hora de tomar urgentes decisiones que afectan a una comunidad no sean consideradas por estar “cocinando para los brigadistas”.

Pero como en Chile la experiencia en desastres no es poca, desde la institucionalidad ha comenzado a considerarse al menos en el diseño de políticas y protocolos la situación y condición de las mujeres. Según el Programa de Mejoramiento de la Gestión del Sistema de Equidad de Género de la ONEMI, estas son las sugerencias para incorporar en enfoque de género en la gestión del riesgo.

El mismo organismo implementa el Programa de Capacitación a las Organizaciones de la Sociedad Civil y Plan Integral de Seguridad Escolar, en el que sostiene que “un aspecto importante a la hora de implementar estos programas es que el lenguaje no contenga elementos sexistas. Las niñas y las mujeres son más miedosas a los temblores” o “todos los hombres saben cómo se repara el techo de su casa frente a las lluvias”. Promover que los comités comunitarios sean representados paritariamente por hombres y mujeres”.

Volver a levantar una comunidad con una perspectiva de género puede mejorar las posibilidades de cooperación y efectividad de los grupos afectados, además de enfrentar la nueva situación como una oportunidad para hacer “un nuevo trato” terminar con los estereotipos y la discriminación con medidas de largo plazo.

En Perú, por ejemplo, que por estos días se vive una grave situación de emergencia producto de inundaciones, tras el terremoto del 2007 y con el apoyo de PNUD, la recuperación post-desastre impulsó una mayor participación de las organizaciones de mujeres. Según su informe las mujeres fomentaron “su participación en los planes locales de reducción de riesgos” además se les facilitó el acceso a los programas de vivienda, y desde entonces “las mujeres de las cuatro zonas del país más expuestas a desastres han iniciado un proyecto de agricultura orgánica, en paralelo con iniciativas de reforestación para evitar deslizamientos de tierra e inundaciones”.

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La reconstrucción del 27F en Chile fue un proceso largo, que en muchas localidades aún no concluye y se ha visto empeorado por las catástrofes posteriores, pero donde pudieron desarrollarse experiencia muy significativas en cuanto a equidad de género, como el movimiento ciudadano “Talca con Todas y Todos” más de sesenta organizaciones sociales que se autoconvocaron a una gran asamblea destinada a discutir y expresar sus propuestas para la reconstrucción y relativas a cómo requieren ser ayudados por el Estado. Se propusieron construir de manera colectiva una visión ciudadana para el desarrollo de la comuna y una agenda multisectorial para la reconstrucción.

El documento “Construyendo Ciudades seguras: experiencias de redes de mujeres en américa Latina”, Editado por la Red Mujer y Hábitat de América Latina recoge esta experiencia como un referente considerando el señalado contexto.

“Lo que hemos visto en las experiencias con las mujeres del Maule y Bío Bío es mucho más resiliencia que vulnerabilidad. No se trata de negar las múltiples dificultades que han enfrentado en los ámbitos psicológico, social y económico. Aun así, las mujeres con quienes hemos compartido el trabajo han demostrado una extraordinaria capacidad, no solo de sobreponerse a las dificultades para salir adelante, sino, además, de aprovechar esta situación como una oportunidad para cuestionar su posición de género en la sociedad y para empoderarse. A raíz de sus esfuerzos por hacer frente a la catástrofe, se han planteado un enorme desafío: entrar al mundo político, sin duda un gran reto que las enfrenta a obstáculos y oportunidades, como suele ocurrir en diferentes planos después de las catástrofes”, señala.

De esta manera, la investigación concluye que “las líderes y sus organizaciones han crecido notablemente; se han capacitado adquiriendo nuevas habilidades y conocimientos, han participado activamente en campañas de movilización y visibilización pública, han interpelado a las autoridades locales, se han articulado entre sí y con otras organizaciones y actores de la sociedad civil, han tomado contacto con otras experiencias y organizaciones de nivel internacional. Por tanto, podemos afirmar que se encuentran más empoderadas que antes del terremoto y con más herramientas para hacer efectivos sus derechos e intereses.”