Se traba una contienda en los medios de comunicación. El Ministro que miente tupido parejo y descaradamente, se enfrenta con un ex almirante que miente tupido, parejo, descaradamente, por convicción y fe.

La mentira es una conducta inseparable de los poderosos de cualquier tiempo y laya. Una especie de manto sagrado que pone a cubierto y que agrede.

Una marca de cobardía.

Si sumamos y seguirnos, la historia de Chile no es sino una mentira contada por poderosos, explotadores y criminales. La verdadera, la real, aún yace en los intersticios.

La dictadura mintió desde el segundo en que el cobarde general juró lealtad al presidente que sería traicionado. Y mintió minuto a minuto mientras duró la guerra contra el pueblo y el saqueo.

Y mintió la prensa coludida con los crímenes más atroces. Y mintieron los fascistas disfrazados de diplomáticos. Y mintieron los cobardes jueces corruptos que negaron justicia y fueron cómplices de los crímenes.

Y mintieron con descaro aquellos uniformados que con el decoro, la hombría, el honor y la templanza hacen gárgaras.

Los almirantes no solo mienten. También torturan, roban, hacen desaparecer, asesinan, se hacen millonarios y luego se dedican a defender la dictadura sin siquiera tener idea del valer militar, del decoro, del honor. Y así administran con eficiencia de soldado la fortuna amasada.

Mientras un coro de admiradores civiles, políticos corruptos, ex izquierdistas traidores, marranos, les hace reverencias y les lamen las botas y otras presas habidas supra.

Los almirantes, los generales y todos esos parásitos cuya única guerra en la que participaron y que reivindican con el pecho inflamado de augusta emoción y charreteras inservibles, es la que libraron en contra de hombres, mujeres y niños rendidos, amarrados, torturados, en el límite de la resistencia humana, para luego  hacerlos desaparecer de la forma más cobarde imaginable.

La vergonzosa rendición, traición, de aquellos cobardes que hace mucho se decían revolucionarios, permite que estos sujetos gocen de una inmerecida libertad. Y lo permite también una izquierda en harapos, tullida, incapaz de solventar una idea coherente, arrimada a las historias heroicas que ya fueron.

Debiendo haber sido procesados y condenados como genocidas que son, caminan por las calles con el baldón a cuestas, lo que les importa un pucho.

Aún cuando la cobardía no sea delito, sino más bien una condición íntima e inseparable de estos sujetos de poca hombría, debería ser castigada.

Los militares chilenos tienen una deuda de proporciones históricas con la nación, con el pueblo de Chile, desde siempre. El genocidio del pueblo mapuche en el siglo XIX, las innumerables matanzas en contra de obreros y campesinos, y el desprecio permanente que estimula y enseñan en sus academias contra todo lo que huela a populacho, son parte de esa historia.

Y si han podido transitar hasta ahora en la más completa impunidad, ha sido por la cobardía de unos y la silenciosa e interesada connivencia de otros y la incapacidad de los de más acá.

Políticos de pacotilla entregados al brillo estéril de las condecoraciones, del trato servil, de la lisonja, cuando no al miedo más miserable, han permitido que torturadores infames, criminales de lesa humanidad, sinvergüenzas por doctrina, ladrones y coimeros, mentirosos y cínicos, hoy se alcen como voces legítimas para criticar, denostar, y ofender con su sola presencia, a los millones víctimas que dejaron al paso de sus tropas y faltriqueras.

Decir la verdad en estos tiempos, en todos los tiempos, es una conducta insurgente.