Donald Trump hace lo que dice. Dijo que se retiraría del TPP, que eliminaría el Obamacare, que construiría una muralla en la frontera con México y que expulsaría a los inmigrantes indocumentados. En menos de una semana de gobierno dictó las órdenes ejecutivas que implementan sus promesas de campaña. Por cierto, el nuevo Presidente ha remecido a la opinión pública internacional, generando especial nerviosismo en América Latina.

El triunfo de Trump puso de manifiesto el rechazo ciudadano a la elite política norteamericana, a Wall Street y al tipo de globalización en curso. Curiosamente, el nuevo Presidente, aunque rico y famoso, fue percibido por sus votantes como un hombre fuera de la elite tradicional, capaz de responder a las demandas de los trabajadores pobres de los Estados Unidos, afectados por la exportación de industrias a México y al Asia. Estará por verse.

Trump encontró el camino pavimentado para su triunfo. En su propio país, en América Latina y en el mundo. En efecto, desde la emergencia de Reagan y Thatcher, los economistas y la elite política, de derecha, social-demócrata y liberal, han aplaudido una globalización sin mediaciones. Esta ha significado ganancias netas para Wall Street, la banca y el capitalismo deslocalizado de las transnacionales, con escasos beneficios para las mayorías. Es lo que critica el actual Presidente, con un programa de reindustrialización de la economía norteamericana y recuperación del empleo.

En América Latina hemos actuados separados frente al capital trasnacional y a la deslocalización, sin una política consistente ni coordinada de cara a la globalización. Así las cosas, el nuevo liderazgo político nacional-popular y de centro-izquierda, que reemplazó al que había dirigido a nuestros países por largos años, no estuvo a la altura de los desafíos. Lula en Brasil, Vásquez en Uruguay, Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia y Kirchner en Argentina cuestionaron el neoliberalismo y se manifestaron críticos frente las posturas hegemónicas de los EE.UU. en la región. Sin embargo, no fueron capaces de construir un proyecto alternativo al sistema dominante, aun cuando, en la década 2003-2012, se contaba con una inédita expansión económica y con cuantiosos recursos provenientes de los altos precios de las exportaciones.

Pero, sobre todo, esos gobiernos progresistas no priorizaron la integración latinoamericana, y no valoraron la importancia de actuar en bloque. Lula lideró con éxito el rechazo a ALCA, que tanto interesaba a los EE.UU. Pero, Brasil no pudo, o no quiso, ejercer un liderazgo para avanzar en la integración regional. Kirchner, por su parte, concentró todos sus esfuerzos en resolver los problemas internos heredados del periodo Menem, y se embarcó en un proyecto de industrialización, de corte estrictamente nacional, lejos de los tiempos que corren, dejando de lado la política regional; más aún, dedicó buena parte de su política exterior a una beligerante disputa con Uruguay, a propósito de una planta de celulosa, instalada cerca de su frontera.

Por su parte, Correa y Evo Morales priorizaron la reformulación de sus sistemas políticos internos, lo que comprometió fuertemente sus agendas. El caso de Bolivia ha sido particularmente triste, al hacer de Chile el blanco de permanentes ataques, negando toda posibilidad de vínculos políticos y económicos. Finalmente, Chávez y después Maduro desplegaron un vigoroso activismo para acumular fuerza interna, pero con un rotundo fracaso en el ámbito de construcción económica. Al mismo tiempo, intentaron, con escaso éxito, afirmar posiciones de liderazgo en Sudamérica, con una agresiva retórica que les han significado sucesivos conflictos con varios gobiernos de la región.

En suma, una parte del liderazgo progresista que emergió en Sudamérica perdió la oportunidad de impulsar un proyecto alternativo y menos convertir la integración regional en componente sustantivo de un nuevo modelo de desarrollo. El resultado inevitable fue su pérdida de legitimidad, lo que abrió paso a una alternancia de derecha tanto en Argentina como en Brasil y a una crisis profunda en Venezuela.

Por otra parte, la institucionalidad integracionista se ha mostrado frágil y dispersa. Sólo la reciente Alianza Pacífico revela cierto vigor. Pero, el Mercosur ha mostrado inmovilismo; el ALBA, impulsada por Chávez, ha perdido dinamismo como consecuencia de la crisis venezolana; la Comunidad Andina desfallece desde hace ya largo tiempo. Entretanto de la Comunidad Sudamericana de Naciones se ha pasado al UNASUR y también ha nacido el CELAC, con los países de Centroamérica y El Caribe. Demasiadas iniciativas, escasa efectividad.

Así las cosas, con escaso entendimiento entre nosotros, la incorporación de nuestros países a la economía global no ha sido efectiva. Por una parte, seguimos exportando aceleradamente recursos naturales, mientras el comercio entre nuestros países es muy insuficiente. Por otra parte, tanto en las negociaciones bilaterales como multilaterales, al actuar divididos frente a los poderes dominantes nos hemos colocado en posición de debilidad en temas determinantes de la agenda internacional. Sin embargo, a pesar de las dificultades para construir una efectiva integración regional, la unión económica de nuestros países sigue siendo un proyecto irrenunciable. Probablemente hoy día más que en el pasado porque ahora los desafíos son mayores.

El Presidente Trump ha instalado un desafío de envergadura. Se desmarca de las políticas de libre comercio, que caracterizaron al  gobierno norteamericano durante largos años, retira su compromiso del TPP y plantea dudas sobre su continuidad en el Nafta. Adicionalmente, exige a los inversionistas norteamericanos que vuelvan a casa con el propósito de recuperar las industrias deslocalizadas y construye un murallón contra sus vecinos del sur. No es una tarea fácil porque el capitalismo tiene una vocación global y sus empresas buscan maximizar ganancias reduciendo costos más allá de cualquier límite nacional.

El desafío que nos ha colocado el Presidente Trump obliga a deponer estrechos intereses nacionales, y respetar nuestras diferencias, para construir una efectiva integración regional. Sólo así tendremos una política común reconocida y validada por todos los países de la región. Ello impedirá tratamientos diferenciados tanto en las negociaciones con terceros países como frente al capital transnacional. Y, se abrirá espacio para una indispensable reconversión productiva que agregue valor a nuestras riquezas nacionales y potencie avances conjuntos en ciencia, tecnología e innovación. Bajo estas condiciones, la apertura al mundo otorgará mayor fuerza negociadora a la región y se podrá avanzar hacia un desarrollo inclusivo, con beneficios de la globalización para el conjunto de nuestras sociedades y no sólo para el 1% más rico.

¿Será posible esta vez?


Economista