El triunfo de Donald Trump en las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos y la aparición de “líderes de opinión” neofascistas como Milo Yiannopoulos o el supremacista blanco Richard Spencer, ha evidenciado el surgimiento de un nuevo movimiento de derecha llamado alt-right, el cual tiene cada vez tiene más adeptos en todo el mundo. En Chile, el grupo Acción Identitaria se sitúa como el representante de esta ideología.

La alt-right (o “derecha alternativa”) es una nueva ideología de tintes neofascistas que se opone fuertemente a temas como el multiculturalismo, la inmigración, los derechos de las mujeres o las minorías sexuales. Mediante una autodenominada incorrección política, esta derecha alternativa presenta propuestas y posturas similares a las que promovieron los fascismos del siglo pasado.

En este contexto aparece Acción Identitaria, un grupo político chileno que ha emulado las propuestas de estos movimientos o de algunos partidos políticos neonazis tales como Amanecer Dorado -el cual es respaldado por sus militantes-. Entre estas propuestas se encuentra la revalorización de los valores nacionales, una marcada y férrea oposición a la inmigración, así como también a cualquier tipo de demandas populares que rompan con los valores tradicionales de la sociedad, tales como el aborto o el matrimonio igualitario.

A través de un discurso populista que apunta a las clases más bajas y una marcada negación de pertenencia al espectro político tanto de la derecha como el de la izquierda, este nuevo grupo busca la identificación de los ciudadanos como parte del desvalido de la sociedad. Para lograr este cometido, Acción Identitaria se aprovecha del “efecto enemigo común”, esto es, buscar cohesión entre las personas mediante la identificación de un individuo o grupo –en este caso inmigrantes- como culpable de las desgracias, necesidades o carencias de la sociedad. Esta estrategia, propia del fascismo, no es nueva, pues fue utilizada en el pasado por Hitler para canalizar el descontento de los alemanes luego del Tratado de Versalles, dirigiéndolo contra el judaísmo y quienes lo practicaban y así lograr que el nazismo obtuviera apoyo popular.

Sobre esto último, es menester recordar que el éxito en el ascenso de los fascismos se debió en parte al contexto económico y político que vivía la Europa posguerra. Este contexto se tradujo en un descontento generalizado de la ciudadanía contra sus democracias debido a la crisis económica que vivían los países perdedores de la Primera Guerra Mundial y el cual fue canalizado a su conveniencia por el fascismo para poder hacerse con el poder.

Si bien en la actualidad no estamos en un contexto de posguerra, si existe un descontento generalizado en la política mundial (que ha afectado transversalmente y alrededor del mundo tanto a gobiernos de izquierda como de derecha, promoviendo de esta forma la búsqueda de “terceras vías” de acción). Es en este escenario cuando los discursos de odio xenofóbicos y homofóbicos vuelven a tomar fuerza en la sociedad. La elección de Trump, un candidato anti establishment, proteccionista y promotor del nacionalismo resulta el mejor ejemplo, aunque esto también se ha dado en Europa con Frente Nacional, el partido de la ultraderechista Marine Le Pen, que el año 2014 obtuvo la mayoría de los escaños en el parlamento francés.

Si analizamos la realidad nacional podemos darnos cuentas que el panorama es hasta cierto punto similar.

Efectivamente existe en la actualidad un descontento generalizado contra la clase política tradicional de parte de la ciudadanía que se ha traducido, entre otras cosas, en una desvalorización de la democracia chilena, lo cual se evidencia en las altas abstenciones electorales desde la puesta en marcha del voto voluntario. De igual manera, y frente a la ola de inmigrantes –sobre todo de personas de color, algo inédito en nuestra historia- que han llegado a Chile durante los últimos años, ha surgido un resentimiento en cierto sector de la ciudadanía. Esto se ha podido evidenciar en los mediáticos casos de racismo y xenofobia que han sido difundidos por las redes sociales este último tiempo. Peor aún es encontrar que en estas mismas redes es muy común el leer comentarios negativos–los cuales por lo general gozan de un gran y peligroso apoyo- sobre los inmigrantes, relacionándolos con la falta de empleo y la delincuencia (lo que podríamos catalogar de posverdad), así como también sobre las minorías sexuales o la equidad de género.

Acción Identitaria, a sabiendas de esto, ha empezado con la propagación de su discurso de odio disfrazado de propuestas políticas como una forma de acarrear a las masas descontentas y canalizar su odio a favor de sus fines neofascistas. Además, este grupo se aprovecha de las exageradas tasas de percepción de delincuencia de la ciudadanía para promover no sólo menores libertades individuales, sino que también iniciativas que rozan el nazismo, tales como la instauración de trabajos forzados como condena.

Mediante asistencialismo (o trabajo en terreno), los miembros de este grupo alt-right han difundido su ideología mediante panfletos como una forma de generar cercanía con la gente, lo cual se evidencia en las fotos que han subido en su sitio web. Entre estas destaca una preocupante imagen en la que se pueden ver a militares trabajando en lo que parece ser una catástrofe. En este contexto aparece un uniformado vestido con la polera de la organización, lo que incluso hace sospechar que podrían existir miembros infiltrados dentro de las ramas del ejército.

Finalizando, considero que como miembros de este país debemos ser cuidadosos y evitar a toda cosa que este descontento ciudadano se canalice a través de movimientos políticos que promueven los discursos de odios hacia etnias, razas, nacionalidades o minorías sexuales. Es hora de dejar de lado las clásicas “funas” o burlas grupales hacia quienes podrían ser potenciales simpatizantes de este movimiento, pues esto podría incluso radicalizar sus posturas y comenzar a enseñar a quienes no han tenido la fortuna de tener una educación óptima, de instruir a las personas para dejar de lado las noticias falsas y la posverdad, armas comunicacionales de la alt-right. Sólo de esta forma podremos canalizar este descontento hacia fines racionales y beneficiosos para todas y todos, sin importar su sexo, nacionalidad o etnia y de esta forma evitar que se pueda convertir en algo que, como la historia nos ha demostrado, sólo ha traído problemas para la humanidad.

Es tarea de todas y todos.


Estudiante Periodismo UDP