En la sociedad patriarcal en que estamos inmersos, la maternidad continúa siendo un punto de tope para el desarrollo profesional de las mujeres. El instinto materno y las exigencias que devienen de esta construcción social continúan atándonos a estereotipos e imaginarios colectivos que nos relegan de una u otra forma al espacio privado, a configurarnos como sujetos para y por otro como posibilidad primordial de existencia. La esencialización atribuida a este rol, detona muchas veces en condiciones altamente adversas vivenciadas en el embarazo y en el ejercicio de la maternidad. A esto sumándose, en palabras de Bourdieu el resultado de un “cuerpo expuesto a la mirada y el juicio de otro”.

Esta violencia simbólica que recae sobre nuestros cuerpos es combatida por mujeres y hombres feministas al cuestionar e intervenir en prácticas y discursos que reproducen lo anterior. Resulta evidente que somos las mujeres las protagonistas de esta lucha, de la lucha contra la violencia de género, del llamado por el #NiUnaMenos, etc. Por lo mismo no deja de impresionarme mi reciente experiencia de embarazo y actual maternidad, pues para mi sorpresa me vi y he visto violentada en lo que a este tema concierne, en infinitas ocasiones por mis congéneres, y es que desde el minuto uno oí discursos que pudieron sumergirme en sentimientos de culpa, vergüenza e inseguridad al no encajar con el imaginario de la buena madre.

Ellas, las mismas mujeres jóvenes que marcharon por el #NiUnaMenos” (y es que de generaciones mayores lo hubiese entendido), se aterraron con el relato sincero de mi distancia emocional con ese embrión que aún no cumplía el mes de gestación, esperaron de mí una sonrisa diaria ante la alegría obligada de la dichosa maternidad.

Descubrí pronto que no podría compartir con ellas cuanto me dañaba el haberme transformado socialmente en “la embarazada” como identidad anterior incluso a mi nombre. Cada ingenuo comentario mío fue siendo interpretado desde la posibilidad de aborto que develé cuando ya había decidido tener a mi hijo, aún por parte de quienes se reconocían a favor de la interrupción voluntaria del embarazo. El temor sobre las pérdidas que acarrearía la maternidad no pudo ser compartido con ellas, pues si no un cuestionamiento manifiesto, fueron comentarios a mis espaldas respecto a la gran preocupación ante mi “desconexión” en tanto para ellas, tal vez yo no querría luego a mi hijo. Para que hablar del juicio moral condenatorio al confesar que en ocasiones tomé una copa de vino, aunque esto hubiese sido bajo permiso médico y las miradas en algún punto sancionadoras con el ojo puesto en mi alimentación.

Luego sería el tan mal entendido apego, más de una vez he escuchado sobre otras mujeres “no está conectada con su hija/o, no le da teta”, cualquier muestra del deseo por retomar la actividad laboral ha conllevado miradas castigadoras que más de alguna vez han logrado advenir en mí el sentimiento de culpa. El discurso sobre el ser madre encarnado en lo más profundo de sus cuerpos y delatado en frases sutiles o miradas juiciosas, toca a veces mi fibra sensible arraigada a lo mismo, arrastrándome a un lugar imposible.

Es preciso citar a Bourdieu cuando escribe en “La dominación masculina” que “la violencia simbólica es invisible para sus propias víctimas (…).Las relaciones de dominación no se sustentan en decisiones conscientes, sino que están ocultas. Las mujeres contribuyen sin saberlo al aceptar las concepciones sobre los límites entre categorías sociales…” Así, de una manera involuntaria e inconsciente, ese discurso heredado sobre la maternidad, tan estratégicamente naturalizado en las mujeres por el mundo patriarcal, se traduce en violencia, en una presión ejercida por nosotras mismas.

De forma inversa, hace un tiempo leí en otro medio una columna sobre el infortunio que resulto para algunas mujeres asistir con sus hijos pequeños a encuentros feministas, sintiéndose sentenciadas ante el llanto natural de las criaturas. Pareciera que nosotras mismas no aceptamos la maternidad desde otro lugar, pareciera que hasta para nosotras, el ser madre contraviene la posibilidad de realizarse como sujeto de manera alternativa.

La lucha por la liberación femenina no puede consistir en el cambio de foto de perfil de Facebook, la violencia de género no es solo el femicidio ni maltrato físico y psicológico desde un hombre, esto es efecto de algo previo. Las mujeres olvidamos la violencia simbólica y desconociendo esto no puede sostenerse lo anterior, seguimos atrapadas. Falta feminismo, falta sororidad. Marcela Lagarde significa la sororidad como “el apoyo mutuo de las mujeres para lograr el poderío de todas”.

Esta escasea, el juicio crítico que relega a la mujer al rol materno desde un lugar esencializado, cuestionando cualquier testimonio, relato y/o práctica que polemice el instinto materno, no contribuye en caso alguno a la liberación femenina. Las palabras de Kate Millet adquieren vigencia, el amor sigue siendo el opio de las mujeres.

Resulta interesante la pregunta por esta posición femenina que devela una firme constitución subjetiva desde el patriarcado, más acá del anhelo por interrumpir la violencia sexista vertido en una marcha del #NiUnaMenos. Falta sororidad, urge feminismo, falta el análisis ubicuo y acucioso del lenguaje, de los patrones discursivos enraizados y los efectos de tal proliferación. La filosofa Celia Amorós plantea que la utilización del concepto violencia de género se instala como eufemismo de feminismo en tanto más digerible. Agrega que conceptualizar es politizar, comprendiéndose así en parte una debilidad en la lucha contra la violencia hacia las mujeres, en efecto muchas de quienes han marchado por el #NiUnaMenos” temen ser llamadas feministas.

Me pregunto si se puede luchar sin considerarse feminista y alego que es posible reconocerse como tal y ser al mismo tiempo una “buena madre”, por cierto sin que ello implique encajar con esa figura idealizada que ha controlado nuestros cuerpos a lo largo de la historia.