* En colaboración con Cristian Cepeda

La historia se repite tantas veces como sea posible, el problema es si hemos aprendido de ella. Y aunque recordemos las palabras de Hegel “La historia se repite: primero como tragedia y luego como comedia” lo de Trump en EEUU, Temer en Brasil, Macri en Argentina, el Bretix en Inglaterra o Piñera en Chile no tiene nada de gracioso. Por eso podría abrirse un nuevo ciclo coyuntural, pero también histórico, en nuestra política nacional con la construcción del Frente Amplio.

Chile vive uno de sus peores momentos de descrédito de las instituciones, desafección hacia la política y de crisis orgánica de la sociedad que demuestra la desconexión de unas élites político-económicas con el mundo de lo social, más allá de los intentos de este gobierno por tomar las banderas de lucha expresadas en las movilizaciones de la última década. Jorge González, unas de las ultimas glorias de un pasado en plena retirada, en una de sus canciones dice “Chile no es nada un país, Chile es un fundo”, y sabemos que en este fundo las élites económicas han pauteado y controlado el debate al interior del parlamento, principalmente a la derecha vía financiación de campañas y otros favores, a las 2 coaliciones que han gobernado y administrado nuestro país desde la vuelta a la “democracia” que, bajo supuesto, son adversarios políticos.

Esta situación indecorosa, espuria, incestuosa entre política y empresarios ha acentuado el descrédito y la distancia entre el mundo social y la esfera político institucional, incluso con la noción de política en amplio sentido. Así, toman cada día más notoriedad discursos y nociones sobre la labor parasitaria, y quizás hasta gangsteril, de los representantes populares (?), planteándose así la posibilidad de cese o clausura de ciertas instituciones representativas como lo es el parlamento.

No es difícil notar esto en las expresiones populares de la cultura del meme o de los posteos en redes digitales así como la “nueva plaza pública” que suponen los comentarios/debates en los diarios electrónicos, graficando la inoperancia de toda estructura política e ineficacia de ciertos servicios públicos, más cuando la “filantropía” de ciertos particulares propone un actuar más rápido que los anteriores mencionados, frente a catástrofes socioecológicas, financiamiento para deportistas, entre otras posibles. ¿Cómo asimilar que “Chile Corrupción” sea lo más leído en internet? O que exista gente que crea que Farkas sería un buen candidato presidencial.

Así las condiciones subjetivas de parte de la población chilena, podría no ser muy descabellado pensar en que si uno/a de estos filántropos postulase y saliese presidente/a pudiera, vía algún decreto o figura ad-hoc, sancionar el cese de lo político (el parlamento), fortaleciéndose un proto fascismo y lógicas antidemocráticas, encontrando respaldo y legitimidad (cultural) en buena parte de la población, dado que ya existe esta noción de descrédito total –Todos tenemos un Trump cerca, no es necesario mirar sólo a EEUU-, o incluso expresiones xenofóbicas contra la migración, principalmente, la afrodecendiente.

Por lo mismo creemos que una de las tareas del Frente Amplio (FA) no es sólo en un nivel eleccionario, sino también plantearse un objetivo a mediano plazo: la recuperación de la cosa pública, y por tanto poner mayor énfasis en lo político (el conflicto, el antagonismo) para reconstruir la política (la institucionalidad). Por eso, el FA debe abarcar las discusiones tantos internas de su organización como la del país, a diferencias de lo que muchos pueden creer debe haber debate y posturas encontradas en el seno de la organización, así y solo así defenderemos la democracia; por eso todos y todas quienes se sientan parte de un Nuevo Chile deben ser parte de las discusiones del FA. En efecto, y dado el contexto subjetivo que pueda facilitar especies de populismos antidemocráticos las alternativas son claras: Frente Amplio o Clausura Democrática.

A este contexto de desconexión y desafección, que le es funcional a las élites económicas para poder aumentar su capacidad de controlar el debate legislativo, o su potencial proto fascista, debemos oponerle la reconstrucción de la cosa-pública, ya sea por deslegitimación de la misma o por la potencial clausura autoritaria ¿Cómo hacerlo? De seguro han de haber varios caminos y posibilidades, pero acá planteamos un primer paso o movimiento: la incompatibilidad entre representación popular y la de ser dueños de grandes medios de producción, alto accionista, tener desde cierta renta por concepto de ser dueño de alguna empresa o entidades afines relacionadas con el mundo de la educación, salud, vivienda y transporte.

Así también, resulta necesario acabar con la osmosis técnica y cultural, y tráfico de influencias y corrupción legal que se produce cuando los ministros de Estado u otros representantes políticos al dejar la administración pública pasan a ser parte de los directorios de las grandes empresas, o viceversa, cuyos negocios están en sectores estratégicos de la economía nacional, ya sea por su capacidad productiva o por ser un servicio o nicho productivo que por su demanda es de vital importancia para las personas y la ciudadanía. Es decir, que exista la imposibilidad de la doble militancia político-empresarial (no se puede estar bien con el Pulento ni con don Sata al mismo tiempo).

Si bien esto no limita la posibilidad de que el gran oligopolio pueda representarse políticamente y manejar a su arbitrio a sus lacayos, creemos que nos permitirá al menos limitar un par de cosas: a) que un empresario legisle para sí y sus intereses de clase económica, entregándole concesiones casi ad eternum , b) volver a valorizar la actividad pública (en un nivel institucional) como la esfera donde prima la discusión por lo colectivo, social y el bien común, y de esta manera, reducir el espacio donde los que quieren enriquecerse lo hacen a través del Estado estando dentro de él legislando para sí: una politiquería personalista de sus propios intereses, y esto devenga en que lo político institucional sea portadora de un estigma provocando descrédito generalizado, y c) evitar que personeros de nuestro sector caiga en prácticas similares, ya que la actividad pública no está para enriquecerse ni enriquecer a los poderosos de siempre.

Creemos que ese debería ser nuestro objetivo a mediano plazo: la recuperación/arrebato de la cosa pública, y por tanto, con la medida anteriormente descrita (que por cierto no es LA medida), darle énfasis a lo político para reconstruir la política. En efecto, y dado el contexto subjetivo que pueda facilitar especies de populismos antidemocráticos, podría ser que esta iniciativa de conflictividad pueda tener cabida en el consiente colectivo de la población, como manera de diferenciarnos de quienes administran un modelo para su escueto beneficio.

En síntesis, hay un potencial espacio a los no-proyectos demagógicos y antidemocráticos revestidos de un mantra mesiánico. El chileno sufre las instituciones, y éstas son de una individuación tremenda (cada cual arma su estrategia frente a las instituciones), neoliberalizadas al servicio de los métodos del mercado. Por tanto, nuestra tarea es aprovechar ese espacio subjetivo, plantándonos en una lógica adversarial, de construcción de un nosotros distinto al de la cultura de los de la doble militancia político-empresarial, que nos permita capitalizar esa potencial energía de descontento y desafección que de lo contrario podría funcionalizarse para la clausura democrática.


Sociólogo