Hace siete años atrás me invitaron a la Feria del Libro de Guayaquil a presentar EME/A, un libro que había publicado en una editorial en Lima, en una de las fiestas que se dieron esos días fue en la casa de una poeta ecuatoriana, Dina Bellrham (1984-2011, QEPD), estuve bailando al lado de una poeta peruana, Giuliana Llamoja, de veintitantos años y estudiante de Derecho, autora del El amor y la vía láctea, publicada por Editorial Estruendomudo, y que habría dado 65 puñaladas a su madre por una discusión que sostuvieron acerca de unas ropas y salidas, dándole muerte.

Lo primero que me pasó esa noche, aparte de intoxicarme con ron, fue intentar bailar lo más lejos posible de Giuliana, luego no leer su libro y tercero irme lo antes posible de la fiesta, cosa que se complicó por mi estado de intoxicación, así que tuve que quedarme hasta avanzada la madrugada, más bien hasta el otro día, y así retirarme dignamente.

Hace un par de días, revisando la vida de una poeta chilena, llegué entre googleo y googleo a que el filósofo Louis Althusser estranguló a su mujer, Helene, debido a causas psiquiátricas que liberaron al poeta de ir a prisión. Ahora bien, si buscamos Althusser en Google, lo primero que vemos es conceptos como “Aparatos ideológicos del Estado”, ideología, filosofía, marxismo y otras palabras clave, pero hay muy poca información acerca de ese asesinato.

El caso de Althusser trajo a mi memoria el viaje a Ecuador y comencé a obsesionarme con los escritores o escritoras que han asesinado a sus parejas, amigos, padres u otro, las razones de esos asesinatos, y sobre todo si al estar en total desacuerdo con la violencia, y más aún con los asesinatos, es un prerrequisito para que deje de leer o no a un autor.

María Carolina Geel es otra de las escritoras asesinas que encontré en mis registros, narradora chilena nacida en 1913 y autora del libro Cárcel de mujeres, donde narra, de forma magistral, su estadía en ese recinto, condena que se le dictó luego de que disparó en contra de su pareja, Roberto Pumarino, en el Hotel Crillón. Ahora bien, a la autora se le dictaron sólo tres años de prisión, que no cumplió en su totalidad, ya que la mismísima Gabriela Mistral pidió el indulto presidencial en esa época y fue liberada.

Otra de las escritoras que intentó matar a su pareja, y una de mis escritoras chilenas favoritas, fue la autora de La amortajada y La última niebla, María Luisa Bombal (1910-1980), que en el mismo Hotel Crillón le disparó a su amante, teniendo poca suerte o mala puntería y no le dio muerte.

El escritor norteamericano William Burroughs (1914-1997), de quien he leído bastante, autor de El almuerzo desnudo, se le ocurrió reproducir la proeza de Guillermo Tell, atravesar con una flecha una manzana colocada sobre la cabeza de su hijo. El escritor usó una pistola en vez de una flecha y puso una fruta sobre la cabeza de Jane, su esposa. En vez de darle a la manzana, Burroughs le dio un balazo a su esposa entre los ojos.

Françoise Villon, el escritor francés nacido en 1431, genio burlón que dio un nuevo impulso al ideario cortés, fue acusado de estar involucrado en un crimen pasional donde asesinó al religioso Philippe Sermoise, en una pelea de bares debido al amor que compartían por una hermosa mujer.

Otro caso reciente es el de Blake Leibel, escritor y cineasta canadiense nacido en 1981, que fue acusado de matar a su novia por causas que se desconocen, imitando en ese asesinato una escena de su propia novela gráfica.

Ahora bien, el caso que más llamó mi atención es el de la escritora inglesa Anne Perry (1938), que aún no he leído, autora de varios best sellers, quien junto a su amiga Pauline, y a la edad de 13 años, asesinaron a la madre de esta, mujer que era una especie de obstáculo para que las niñas se juntaran a diario. Una tarde cualquiera invitaron a la madre a ir con ellas al campo, y cuando estaba desprevenida, le dieron por la espalda un primer empujón, para luego golpearla 45 veces en la cabeza con un ladrillo, hasta matarla. Las chicas pasaron 5 años en prisión, para luego ser puestas en libertad con la condición de que nunca más retomaran contacto.

En fin, aún me pregunto, ¿por qué no habré leído ni una sola página del libro de Giuliana Llamoja? Recuerdo que apenas llegué a Chile, en el mismo aeropuerto, lo primero que hice fue agarrar el libro de Giuliana y meterlo en una bolsa, lo dejé abandonado en una silla, de esas incómodas en que la gente espera sus vuelos o a los familiares. Ni siquiera leí los créditos ni la primera página, desde el momento en que ella interrumpió mi baile en esa fiesta para regalarme un ejemplar de su libro recién publicado, fui presa del horror más grande, pensé que si lo tenía en mis manos, algo muy malo podría sucederme, algo incluso diabólico, y obviamente que aún pienso quién habrá agarrado ese ejemplar del libro de Giuliana Llamoja y si realmente le habrá pasado algo malo o si se habrá muerto de inmediato al terminar de leerlo.