Uno de los asuntos que más llaman la atención del pensamiento conservador chileno es su incapacidad de estar -como se decía antes- “a la altura de los tiempos”. Hablaremos aquí de “pensamiento conservador” más que de “pensamiento de derecha”, no porque asumamos de entrada que la derecha no piensa, sino porque a estas alturas (de los tiempos) no es fácil defender una división tajante entre un pensamiento de izquierda (que centraría sus objetivos políticos en la defensa y consecución de la igualdad social) y un pensamiento de derecha (que perseguiría la “libertad” y el emprendimiento individual). 

Nuestros columnistas de la hora (Peña, Squella, Soto y otros) suelen hacer gárgaras con la idea según la cual no es posible avanzar en igualdad sin ceder en libertad y acción individual, y asumen que los que defienden a la primera lo harán necesariamente intentando fortalecer al Estado, mientras que quienes defiendan a éstas últimas lo harán limitando las “invasiones” del Estado en el mundo de la acción individual privada.

Lo menos que se puede decir es que una división tal peca de esquematismo y, en cuanto tal, no es capaz de comprender la complejidad de los tiempos en que vivimos, donde ya nadie se asombra que un empresario como Piñera o Trump lleguen a ser presidentes, y en donde los parlamentarios asumen sin sorna ni vergüenza que es “normal” recibir indicaciones de empresarios y lobistas directamente involucrados en la tramitación de un proyecto de ley que les afecta, y donde los populismos -de derecha tanto como de izquierda- se reivindican del mismo “pueblo” fantasmal.

¿Qué rasgos definen al pensamiento conservador-reaccionario, y no sólo al chileno? Históricamente, ¿qué tienen en común Donoso Cortés, Joseph de Maistre, Carl Schmitt y Jaime Guzmán? No necesariamente que estén a favor del libre emprendimiento o que deseen limitar la “invasión” estatal en el ámbito de las libertades individuales (la monserga de nuestros columnistas al definir al pensamiento de “derecha”), ya que la mayoría de ellos (Guzmán incluido) definían posiciones políticas cuyo autoritarismo implicaba necesariamente tener un control férreo del sistema estatal en aras de –como dirá Schmitt- administrar el “estado de excepción”.

Cuando los conservadores y los reaccionarios de hoy –quienes acaban de lanzar un “Manifiesto por la República y el buen gobierno”– señalan que lo que les mueve es la limitación de los poderes del Estado, están confundiendo su propia historia, pues en última instancia sus funciones como “intelectuales públicos”, detentores del uso público de la razón, quedan limitadas a las indicaciones de un Estado teológico-político (pre-moderno): El Vaticano.

Al observar el escándalo montado por el rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile al ver cómo su institución (confesional) podría perder algo de los enormes aportes otorgados por el Estado de Chile, uno puede darse cuenta de hasta qué punto los conservadores chilenos buscan limitar el poder del Estado no en virtud de un principio filosófico (el propio al liberalismo, el que en ningún caso desemboca necesariamente en un pensamiento conservador o reaccionario, muy por el contrario), sino en aras de defender sus principios ideológico-religiosos (por ejemplo, sabemos que el mismo rector de la PUC defiende al mismo tiempo su “derecho” a ser financiados por el Estado –ya que la suya es una institución “pública”- y a negarse en sus hospitales a cumplir con la ley –en relación a la ley de aborto).

No, la derecha chilena no es liberal filosóficamente hablando (cuando se liberen de la ideología conservadora católica podrán aspirar a serlo), sino reaccionaria. Uno de los rasgos fundamentales de este pensamiento (cf. el iluminador ensayo que E.M. Cioran escribió al respecto) es entonces el someter el régimen deliberativo de la razón, obra de la modernidad, a un punto cero de autoridad dado por los dogmas de la fe y por la autoridad eclesiástica.

Otro rasgo, lo decíamos al inicio, es esta suerte de “reacción” contra los cambios históricos que se verifican, en el caso de la sociedad chilena, determinados por la globalización modernizadora capitalista y el acceso a la “conexión total” que impera hoy en el orbe. Leyendo las poco más de diez páginas del Manifiesto y los fundamentos filosóficos utilizados –básicamente, la tradición abierta por el célebre texto de Kant, “Respuesta a la pregunta, “¿Qué es la Ilustración?”(1784), donde se plantea la distinción entre “uso público” y “uso privado” de la razón- da la impresión que los redactores viven en un mundo donde sólo hay libros y “lectores” (el mundo de Kant) y no Internet, Facebook, WhatsApp, Twitter, etc. (sin ir más lejos, desde hace algunas semanas observamos cómo el presidente del país más poderoso del mundo gobierna vía Twitter, sumido en lo más profundo de la “posverdad”).

Muy probablemente ese sea el mundo de filósofos –un mundo de altas y antiguas bibliotecas- en el que viven los redactores del “Manifiesto”, pero está lejos de ser el mundo en el que viven los ciudadanos a quienes ellos pretenden interpretar. ¿La filosofía debe luchar por, tapándose los ojos, intentar a toda costa mantener a flote el mundo de Kant, es decir el mundo ilustrado, o de una vez hacerse cargo del mundo en que vivimos, como lo hizo Foucault (interpretando al propio Kant)? No insistiremos en este punto, pues lejos estamos aquí de querer abrir un debate acerca del rol de la filosofía hoy.

Nótese, en cualquier caso, lo poco organizado y profundamente contradictorio del pensamiento de los autores del Manifiesto que comentamos, el que podría definirse también como el de un “kantismo reaccionario (autoritario)”.

Como sea –y en atención a este segundo rasgo del pensamiento conservador-reaccionario- los autores del Manifiesto definen este “ambiente” como uno donde reina la “espontaneidad” de las demandas “irresponsables” de las masas lanzadas con desenfreno y descontrol al ejercicio diario de las redes sociales. ¿Cómo controlar esta “espontaneidad”? Pues –como diría Joseph de Maitre- por medio de autoridad: el pensamiento conservador no tiene más inventiva que eso: ante cualquier problema, necesitamos más autoridad, orden, control.

A fines del siglo XIX, reaccionarios como Le Bon o Malthus postulaban que era la autoridad lo que podría resguardar a la humanidad ante el descontrol de lo que ellos, con horror, empezaban a describir como el comportamiento de las “masas”. Para un conservador, todo lo que venga del lado de las masas deberá ser rehuido por la autoridad ejercida por la élite (intelectual pero ante todo religiosa). Hoy en día, para ellos, todo pensamiento que quiera acercarse al “pueblo” será tildado de “populista”. Por ejemplo, las demandas de gratuidad en educación y de triestamentalidad en el gobierno universitario les parecen sin duda “populistas”, surgidas de la mera espontaneidad de las manifestaciones callejeras, faltas del severo control que la élite (ellos, pues) debe realizar de los actos de los ignorantes masas de incultos usuarios de las redes sociales.

Otro rasgo entonces a sumar a los ya mencionados (autoritarismo anti-liberal y temor a los cambios histórico-tecnológicos) es el de la incapacidad de análisis. Los autores del Manifiesto se esmeran en demostrar que sí hay y ha habido pensadores de derecha (en Chile, los Encina, los Góngora por ej.emplo), y hoy en día en nuestro país aquellos intelectuales que giran en torno al CEP  y otros centros de estudio.

Ahora bien, que existan libros, centros de estudio y autores relevantes no quiere decir que estén en lo correcto en sus análisis. Históricamente, en Chile al menos, el pensamiento conservador-reaccionario nunca ha estado a la altura de los cambios históricos y políticos que funcionan como signos de los tiempos; su actitud, lo decíamos, ha sido más bien la de taparse los ojos y salir corriendo a refugiarse en sus bibliotecas, sus fundos y sus iglesias.

Por ejemplo, ¿puede usarse –como se lo hace en el mentado Manifiesto- la noción de “República”, o de “nación”, o de “Estado” incluso, como si ellas fueran las mismas que definieron Montesquieu, Tocqueville o el mismo Aron? ¿Piensan sinceramente que una tal noción ingenua y a-crítica de “nación” permitirá resolver o avanzar en la resolución del conflicto mapuche (el que surge de hecho como consecuencia de los límites y falencias de la noción de “estado-nación” que el propio capitalismo –como el propio Marx supo ver- estaba destinado a destruir)? “La República –escriben allí- nos enseña que tenemos un destino común…”; ¿filósofos que no se han hecho cargo de la desconstrucción bastante radical que la filosofía contemporánea (Derrida, Nancy, Agamben) ha hecho de una tan limitada noción de un “destino común”, la que coquetea peligrosamente con nacionalismos y fascismos como vemos hoy en día en el mundo entero?

Llama la atención tanta ingenuidad y liviandad de análisis. De lo que se trata (y aquí es el pensamiento no conservador y no reaccionario el que realiza los análisis más agudos en Chile y el mundo) es de pensar un “común” más allá de lo determinado por la institucionalidad estatal propia a un estado-nación; y resulta que aquí los conservadores pueden ser más “estatistas” que los “progresistas”. El destino del pueblo mapuche no es común con el destino del Estado chileno, pues ambos obedecen a regímenes de lo político, de lo estético y de lo sagrado completamente diferentes; no hacerse cargo de esto es querer seguir tapando el sol con un dedo. O querer seguir manteniendo el estado de excepción que, en los hechos, impera en La Araucanía. Léase el parágrafo 11 de dicho Manifiesto y véase cómo esa serie de lugares comunes acerca del “valor de los pueblos originarios”, el “respeto a la diversidad” y otros planteamientos de “almas bellas” (Hegel) suena más a discurso de candidato que a consideración teórica seria.

Considerando el escaso valor analítico, teórico y filosófico –lo que es imprescindible que exista si se quiere realmente “invitarnos a pensar”- no es exagerado postular que este texto no es más que otro lavado de imagen de la derecha que busca, como ellos dicen, “construir un relato”. ¿Un relato? La derecha lo tiene, y de sobra, y pueden mencionarse algunos rasgos: autoritarismo, estatismo coactivo, conservadurismo moral, y lo que es mucho más grave, apoyo a la dictadura militar. ¿Ni una sola palabra tienen estas mentes brillantes para decirnos algo respecto a su análisis de la violencia política reciente, y del deber de memoria que el Estado chileno aún no ha cumplido frente a las víctimas y sus familiares? A ellos no les penan los desaparecidos, eso claro está, pero uno tendería a pensar que el discurso filosófico tiene esa gracia, justamente: hacernos pensar en el lugar del otro. No es otra cosa que un lavado de imagen, pues no hay análisis –invitación a pensar- serio que no se haga cargo de las consecuencias que para la sociabilidad de un país ha dejado una dictadura cívico-militar como la chilena.

No les pidamos tanto a estos “filósofos”: al menos no cuando algunos de sus co-firmantes fueron férreos defensores de Pinochet. Tal vez cuando así no sea, escriban un “Manifiesto” que al menos aspire a la dignidad de ese nombre.


Académico del Instituto de Filosofía, Universidad de Valparaíso.