Hace largo rato que las esperanzas de cambio que parecía que en 2011 se levantaban en el sur de Europa, bajo el influjo de las izquierdas, quedaron frustradas.

Los proyectos que emergieron en Grecia e Italia, desbordados por las crisis económica y política, enfrentan hoy los efectos de la peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial.

En Atenas, el gobernante partido Syriza –tras sucumbir a los dictámenes de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional)– hace equilibrios para promover incipientes reformas y, a la vez, satisfacer las condiciones del rescate monetario.

En Roma, la socialdemocracia italiana enfrenta una nueva crisis política y de liderazgos tras la caída de su ex primer ministro Matteo Renzi.

El escenario no es mucho más alentador en España donde, tras dos intentos electorales, el conservador Partido Popular retuvo nuevamente con el poder luego de que ni Podemos ni el Partido Socialista fueran capaces de alcanzar un acuerdo que lo desplazara.

Junto a eso, en todo el continente crece una extrema derecha que, con un discurso populista y reaccionario, aprovecha la crisis del progresismo neoliberal para seducir a una clase media insatisfecha y desencantada.

Sin embargo, ante este desalentador escenario, existe hoy una experiencia novedosa e invisibilizada en la zona meridional del Viejo Continente. Es Portugal, como llamó la atención el intelectual brasileño Emir Sader los últimos días.

En ese país, trece veces menor que Chile en extensión, la izquierda logró en octubre de 2015 disputarle el poder al conservadurismo de Pedro Passos Coelho (Partido Socialdemócrata – PSD) que gobernaba desde 2011.

Apenas seis escaños le faltaron al líder derechista, ganador de los comicios, para lograr la mayoría absoluta. El desencaje aritmético fue aprovechado por las fuerzas de izquierda lusas que supieron superar sus distancias, a diferencias de los sucedido España.

Es decir, los anticapitalistas del Bloque de Izquierda (BI) y los diputados del Partido Comunista (PCP) –coaligado con el partido verde y el representante del partido animalista– ofrecieron apoyo parlamentario al ejecutivo minoritario de los socialistas lusos (PS).

Por primera vez desde la Revolución de los Claveles de 1974 –que terminó con los 48 años de la dictadura de António de Oliveira Salazar– la izquierda portuguesa, con Antonio Costa a la cabeza, alcanzó un gran acuerdo para levantar un gobierno que pusiera fin a las medidas de austeridad que, desde la llegada de la crisis financiera mundial de 2008, regían la vida del pueblo portugués.

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/ Flickr / António Costa, primer ministro portugués

“Estamos demostrando que hay otro camino, hay una alternativa real a la austeridad, y puede existir un gobierno progresivo y de izquierdas en Europa”, afirmó el portavoz del PS en la Asamblea de la República, João Galamba, en una entrevista al medio El Español, seis meses después del cambio de rumbo en el poder. Para él, el secreto del éxito del gobierno entre antiguos rivales radica en las “negociaciones permanentes”.

Según el doctor en Historia y académico de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) de España, Felipe Nieto, el que “fuerzas políticas tan dispares y tradicionalmente enfrentadas alcanzaran el acuerdo para un gobierno de y desde la izquierda” responde a “la convicción de que el acuerdo para poner en práctica políticas de mejora de las condiciones de vida de mucha gente sería beneficioso”.

Efectos visibles

En poco más de un año, la administración de Costa, con el aval de sus socios, impulsó algunas reformas sociales que aliviaron considerablemente la asfixia en que vivían los portugueses y portuguesas.

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/ Flickr

Entre las más relevantes destacan el retorno a las jornadas laborales de 35 horas semanales para los funcionarios públicos, la creación de un impuesto patrimonial para viviendas de lujo de más de 500 mil euros (unos 340 millones de pesos), la suspensión de las subvenciones del Estado a los colegios privados, el fin de la privatización del transporte público y el aumento del salario mínimo.

La puesta en marcha de estas medidas ya ha empezado a dar resultados visibles. Según El País, pese al aumento del gasto público –por la eliminación de recortes en salarios públicos–, en 2016, por primera vez en más de 40 años –el déficit bajó del tres por ciento, el mínimo exigido por la Comisión Europea–, el paro se redujo a casi un 11 por ciento, un punto menos que en 2015; y el crecimiento económico se hizo realidad, a pesar de la escandalosa deuda pública, que rodea el 133 por ciento del PIB.

Un referente para Chile 2021

El éxito que por ahora demuestra la experiencia portuguesa invita inevitablemente a pensar en las posibilidades de extrapolarse a la realidad chilena, salvando las distancias de contexto y trayectoria de los partidos implicados en ambos escenarios, y las diferencias entre la sociedad chilena y la portuguesa.

¿Será posible que las fuerzas de izquierda emergentes en Chile dejen de lado las siglas y sus trincheras? ¿Serán capaces de articular un acuerdo para convertirse en el verdadero actor que dispute el poder al duopolio?

Al corto plazo, este escenario es aún difícil de pensar. Según estimaciones de los equipos electorales del Frente Amplio, el conglomerado aspira a sacar entre 20 y 30 diputados en los comicios parlamentarios, es decir, una cuarta parte de los representantes de la Cámara.

Sin embargo, las proyecciones para elecciones del 2021 podrían orientarse hacia una alternativa a la portuguesa.

Cristián Cuevas, líder de Nueva Democracia, una de las once fuerzas que integra el conglomerado, asegura que “se abren perspectivas importantes más allá del 2017”.

Cuevas, que vivió en 2015 en España por más de un año y tuvo la ocasión de viajar a Portugal y conocer el proceso reformista de los lusos de la mano del Partido Comunista local, señala a El Desconcierto que “si el Frente Amplio actúa con responsabilidad política y social, y como coalición, se abrirá paso a disputar la escena política tanto a la derecha como a la Nueva Mayoría”.

En la misma línea se expresa el historiador y analista internacional Max Quitral. Para él, articular una respuesta similar a la que se dio en Portugal podría ser posible porque “la historia política de Chile no se construyó en razón de dos fuerzas políticas, sino que nuestra identidad política siempre se ha asociado a los llamados tres tercios. El bipartidismo artificial que se construyó en Chile con la derecha y la Concertación no responde a la realidad política nacional”.

“El otro tercio podría ser perfectamente el Frente Amplio que atrae a los sectores que históricamente han tenido cierta participación política, pero que quedaron marginados con la transición a la democracia”, agrega.

Más allá de los símiles con casos –por ahora– exitosos de transformación política y social, generalmente silenciados por los medios y que ayudan a pensar en el futuro con un poco más de entusiasmo, Quitral insiste en que “el gran error de nuestro país ha sido siempre copiar experiencias foráneas y desentenderse de la realidad local”.

“El Frente Amplio tendrá que analizar la realidad nacional y desarrollar un programa que identifique y construya una identidad propia, que no sea algo líquido, y que defina la opinión sobre los temas centrales de decisión política”, concluye.