El gobierno cubano niega la entrada a Mariana Aylwin: escándalo mundial. Dictadura castrista. Los gobiernos de la Concertación impiden el ingreso al país del grupo Iron Maden en 1992, de la banda punk española Josetxu Piperrak & The Riber Rock Band en diciembre de 2016, y del intelectual y anarquista italiano, Alfredo María Bonanno, este verano: normalidad, silencio. Democracia.

El gobierno venezolano saca del aire la señal de CNN: escándalo mundial. Dictadura chavista. Maduro enemigo de la libertad de prensa. Por su parte, el gobierno de Macri saca del aire primero a Telesur, luego a Rusia Today (RT), ambas señales de televisión digital abierta. Sigue el camino de su amigo Piñera quien el 2010, nada más llegar a la presidencia, cierra el centenario diario La Nación: normalidad, silencio. Democracia.

Nicolas Maduro vence a Henrique Capriles por 300 mil votos (1,5 puntos): fraude electoral, preocupación mundial (sobre todo de CNN). Hillary Clinton superó a Donald Trump por 3 millones de votos. Pero Trump es ungido presidente de EE.UU.: Democracia ejemplar, normalidad.

Atentado en París, decenas de muertos: luto y escándalo mundial. Condena global contra el extremismo. Un mes antes un hospital de Médicos sin Fronteras en Afganistán sufre un ataque prolongado de la Fuerza Aérea de EE.UU. Resultado: doce miembros de esta organización, además de 10 pacientes muertos. Normalidad, no hay lamentos.

Lo mismo puede ser escándalo o normalidad. Que lo normal sea escandaloso o lo escandaloso normal depende de si ocurre acá o allá, y de si el que aprieta el gatillo es este o aquel.

No están en juego condenas morales, ni valores éticos, pura hipocresía. Todo es un asunto de poder.

Hace ya más de 40 años Michel Foucault lo aclaró teórica y políticamente: la verdad no está fuera del poder. La “verdad” está ligada circularmente a los sistemas de poder que la producen y la mantienen, y a los efectos de poder que induce y que la acompañan. Está producida gracias a múltiples imposiciones, reglamentos, procedimientos y técnicas que permiten sancionar ciertos eventos y premiar otros, según sea el poder que hay detrás de los discursos. Porque lo que se considera verdadero, normal, tiene efectos de poder. Es lo que Foucault denomina “régimen de verdad”.

Cuando se produce escándalo nacional porque impiden que Mariana Aylwin ingrese a Cuba socialista, a un homenaje que se le preparaba a su padre golpista y férreo partidario del derrocamiento de Allende y silencio cuando, a la vez, se impide la entrada de un anarquista y una banda punk a Chile capitalista, no estamos ante un combate por la “verdad”, por la moral, por la libertad de prensa y expresión, como muchos hoy hipócritamente sostienen desde los medios, sino ante un combate “en torno al estatuto de verdad y al papel económico–político que ésta juega”.

Y ocurre que ese “régimen de verdad” moldea los marcos interpretativos y explicativos de muchos periodistas que hoy hacen denuncias morales desde las tribunas de los grandes medios de comunicación, en un país donde la clase política no quiso construir un sistema de medios independiente de los poderes económicos. Así el “régimen de verdad” al que adscriben, con sus respectivos escándalos y su normalidad, los hace constructores de reglamentos y procedimientos que sancionan ciertos discursos y premian otros, y que luego inciden en la opinión pública.

Por eso cuando el campo del poder estaba estructurado de otro modo, se escandalizaban con lo que hoy consideran normal, y veían normalidad donde hoy ven escándalo.


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