Tras un primer intento frustrado, este domingo la modelo Kika Silva finalmente protagonizó el clásico piscinazo en el Hotel O’Higgins. La nueva reina de Viña optó por una performance sin cuerpo pintado y mucho más sencilla que la inicialmente prevista para este sábado, cuando fue suspendida por las protestas de los vecinos del campamento Felipe Camiroaga.   

A pesar de que el acto perdió parte de interés y expectación, y que la emergencia por los aluviones en la zona central modificó la pauta de algunos medios, que no transmitieron en vivo la actividad, los periodistas acreditados consiguieron fotografiar a la modelo tirándose a la piscina. Con las imágenes en el bolsillo, fue más fácil dejar atrás la indignación y el malestar por tener que esperar un día más el show de Silva que -siendo honestos- se mostró mucho más comprensiva con la situación que el gremio de comunicadores.

Las imágenes de la edición de este año me trajeron a la cabeza la estupefacción que sentí la primera vez que escuché hablar sobre el “piscinazo” y el concurso que lo precede.

En aquella ocasión, compartí con varios compañeros, todos hombres, la transmisión del evento en televisión. Empezaba la cuenta atrás para que la elegida apareciera ante las decenas de periodistas, camarógrafos y reporteros gráficos. Todos esperando ansiosos la llegada de la “soberana” para convertir en noticia el piquero de una mujer casi desnuda.

Mi incredulidad iba in crescendo a medida que conocía los detalles del certamen: las candidatas coquetean con la prensa durante toda la semana; comparten con los periodistas fiestas, comidas y actividades de ocio; les “regalan” obsequios –¿los compran?– y, finalmente, los colegas –mayoritariamente hombres– eligen “a la mujer que mejor representa el espíritu del certamen artístico más importante de Chile”, según dicen las bases de la competencia.

Piscinazo de Sigrid Alegria

Agencia Uno / Sigrid Alegría

Pero lo que más me chocó fue la forma en que el evento está totalmente naturalizado y normalizado. Simplemente, integrado en el imaginario cultural de la opinión pública chilena.

Eso me hizo entender las palabras del director de la reina de Viña y productor general del diario La Cuarta, Jorge Ruz, cuando le pregunté sobre el evento. “La reina es de los pocos convocantes de Chile como la Roja, el Festival de Viña, o la Teletón. A pesar de que, al igual que la televisión, no tiene la misma penetración de antes, representa a una mayoría importante de los chilenos que lo tienen como referente”, respondió.

Esta “monarquía” inició oficialmente en 1984, aunque la primera elegida fue la coanimadora del certamen María Graciela Gómez escogida espontáneamente por el público en 1979 y después se repitió en 1982, cuando la artista italiana Raffaella Carrá logró cautivar al jurado y a la prensa.

Pasaron casi veinte años para ir mucho más allá en la espectacularización del salto al agua de la reina. En 2001, la ganadora Natalia Oreiro se tiró con ropa a la piscina para celebrar su coronación. Desde entonces, la elección de la reina se convirtió en “un evento propio que tiene el mayor rating diurno del Festival”, según me comenta Ruz.

El productor explica que el concurso de belleza permite “ser el principal contenido diario más transversal del Festival, muchas veces superando al que se ofrece sobre los artistas principales. Cuando el Festival está fome, la reina es lo que salva la plata”.

Bajo la lógica comercial, la competición se convierte en una especie de campaña electoral con un amplio despliegue por parte de algunos canales y cobertura de todos los medios casi sin excepción. Genera debates y discusiones que hierven en las redes y La Cuarta, promotor del evento junto a la Municipalidad de Viña, actúa como el Servel en el conteo de votos y la elaboración de un reglamento que tuvo que ser modificado para “limitar el financiamiento de campañas”, que se ve que en los últimos tiempos se les había escapado un poco de las manos.

Sobre eso, María Eugenia Larraín, “Kenita”, reina de Viña en 2003, me explica que en su tiempo “la competencia era más leal porque los periodistas no tenían regalos ni beneficios por votar a una candidata, decidían más libremente y era menos predecible”. La edición de este año es la octava en la que el canal de Luksic se lleva la corona. “Se ha creado una especie de monopolio de Canal 13, independientemente de la candidata que presente”, agrega la modelo y numeróloga.

kenita

Kenita Larraín

Su opinión es compartida por muchos de los usuarios de redes sociales, que la noche de este jueves criticaron el resultado de la votación. Lo calificaron de “trucho”, de “dictadura de Canal13” y de estar “todo arreglado”. Al parecer, la nueva normativa que la dirección instauró para evitar –en palabras de Ruz– que “los grandes canales puedan tener campañas millonarias que restrinjan a los otros medios”, no funcionó.

El debate de la desnudez

A partir del año 2011, con la performance de Andrea Dellacasa, donde no hubo bikini sino una especie de “pegatinas” ceñidas a su figura, comienza a imponerse una tendencia a la exposición de los cuerpos y shows de las protagonistas.

Las candidatas –y sobre todo sus generalísimos– aprendieron a jugar ahí las cartas. Sigrid Alegría (2014) prometió, desde el día en que inscribió su candidatura, que se lanzaría sólo con la corona puesta. Lo mismo hizo Jhendelyn Núñez (2015), quien aseguró “un piscinazo sin tela”. Y este año, Kika Silva lo tenía difícil para ir más allá. “¿Qué existe además de los desnudos? Está muy difícil”, dijo este viernes a T13, antes de la sobria exhibición que tuvo finalmente.

Kenita me comenta que “el destape se ha puesto de moda desde hace algunos años y, si es bien cuidado, artístico y bonito, no molesta”. Para ella, “cuando la belleza de la mujer está en un contexto de admiración, como es el caso de la reina, no puede asociarse a nada negativo”.

Sin embargo, el debate no trata de puritanismo, ni tampoco de contemplación de la belleza femenina, que en este concurso responde a unos estándares hegemónicos concretos, asociados a la mujer blanca, flaca, alta y voluptuosa.

Agencia Uno / Nicole Moreno, Luli

La discusión aquí va de cómo el cuerpo de una joven se convierte en objeto de festín para los periodistas. De cómo algunos camarógrafos y fotógrafos se largan a codazos para conseguir la imagen perfecta del poto de la reina, mientras otros esperan ávidos que se le corra la pintura del cuerpo o se despegue una perlita o un pétalo de sus pechugas.

Va de que la realidad y los medios construyen imaginarios colectivos en los que no logramos sacudirnos el sexismo, el machismo y la cosificación del cuerpo de la mujer.

Va de disfrazar de glamour el morbo que produce la desnudez, más aún en remojo.

¿Qué normalizamos cuando una cadena de televisión retransmite en vivo el chapuzón de una chica (casi) sin ropa, rodeada de hombres que pueden juzgar, evaluar o puntuar a esa figura que tienen en frente?

De partida, es probable que después lo repliquen con una desconocida que pasa por la calle o en la próxima nota que escriban.

Y mientras eso ocurre, las redacciones de los medios siguen huérfanas de periodistas que trabajen en clave de género y que sean capaces de construir un relato contextualizado sobre la violencia hacia la mujer. Algo cada vez más necesario en la prensa porque el debate sobre la igualdad hace rato que viene instalándose en la opinión pública. El caso de la muñeca inflable de Asexma fue el mejor ejemplo de eso.

Sin embargo, si como sociedad no logramos identificar estas odas a la objetización de la mujer tan grotescas, seguiremos siendo testigos de escenas en las que un hombre –o una ley dictada por un hombre– decide si debemos ponernos o quitarnos el velo, si podemos destaparnos las tetas en la playa o si podemos interrumpir un embarazo involuntario.

Quizás es hora de que la sucesión a la corona llegue a su fin y que el Festival empiece a celebrarse en modo “República”.