Había un juego que hacía reír mucho a mis sobrinas y sobrinos cuando eran chicos. El juego consistía en decir “palabras prohibidas” como pichi, caca, vómito, diarrea, peo y otras que no recuerdo ahora.  Cada uno decía la peor y la más cochina que conocía y la carcajada era general, porque al parecer poder decir y escuchar este tipo de palabras prohibidas y sucias provoca risa, mucha risa desde la más tierna infancia.  Pero sabemos que decir un garabato, o como decían mis sobrinos en su juego, palabras prohibidas, también son bienvenidos en momentos de rabia y dolor.

Cuando nos apretamos un dedo en la puerta raramente diremos palabras como: ¡ay cielos! ¡puchacay!  ¡Oh No!  Generalmente, si nos encontramos solas, lo más probable es que al sentir el dolor del dedo siendo apretado diremos algo mucho más feo.  Algo que llamamos de garabato.

Los garabatos son palabras que se relacionan casi siempre con partes del aparato digestivo  y partes del aparato reproductor.  Obviamente, como somos seres lingüísticos, a partir de estos dos aparatos inventamos una enorme cantidad de palabras y dichos que algunas veces nos harán reír y otras veces nos ayudarán a aliviar el dolor.  Pero no es sólo eso.

Los garabatos son palabras simples, existen en todos los idiomas y su significado, el sentido del garabato, es comunicar algo que nuestra cultura considera sucio, ofensivo o prohibido.  Algo que incluso puede ser tabú.  Pero además del sentido, las palabras que llamamos de garabatos vienen cargadas de un contenido emocional que cada cultura reconoce como tal. Es por este motivo que suena menos ofensivo o gracioso un garabato en otro idioma con el cual no estamos tan familiarizados. 

No es el significado de la palabra lo que la transforma en garabato. Decir mierda, no es lo mismo que decir feces, aunque sean sinónimos.  El uso de garabatos tiene un valor social y cultural.  Tanto es asi que necesitamos enseñarles a quienes migran el sentido de algunos garabatos.  En Chile, por ejemplo, el uso de “la cagó”, para referirse a situaciones maravillosas o pésimas, no es algo que un extranjero comprenda de forma fácil y solamente después de convivir algún tiempo escuchando la sutileza de las diferentes entonaciones, el ritmo de cada palabra y la forma como se multiplican las vocales dependiendo de la situación y de la emoción es que comprenderá que no es lo mismo decir “la cagó” que decir “lacagóóóó”.  Es en la convivencia que nuestro cerebro se va acostumbrando a distinguir estas nuevas palabras y al mismo tiempo, como sucede con el lenguaje, modelando nuevas.

Para intentar comprobar esta hipótesis, hace algunos años, en la Universidad de Bristol, Inglaterra, dos investigadores decidieron estudiar el efecto de pronunciar garabatos y la respuesta del cerebro. Pidieron a un grupo de voluntarios que leyeran en voz alta algunos de los garabatos mas ofensivos de la lengua inglesa, sus eufemismos y palabras neutras.  Mientras leían los tres grupos de palabras, sus respuestas emocionales eran medidas por un aparato similar a un polígrafo.  El resultado, no tan sorprendente, fue que al leer en voz alta los garabatos la respuesta emocional era cuatro veces más alta que decir los eufemismos o las palabras neutras.

Entonces no es el significado del garabato el que provoca una reacción y si su carga emocional. Carga esta que será diferente para cada cultura.

En la nuestra consideramos que hombres pueden decir garabatos y mujeres no.  Por los motivos antes explicados, algunos cerebros reaccionan a los garabatos dichos por una mujer de una forma emocionalmente diferente.  Aunque el garabato sea el mismo, cuando es expresado por una voz femenina, es considerado ordinario y más ofensivo. Como si de la boca de una mujer no fuera posible salir este tipo de palabras tabú, lo que me recuerda que es similar a los temas que deben ser tabú para niños y niñas, como sexo y sexualidad y que al mismo tiempo y por una extraña razón también son los garabatos, sobre sexo y sexualidad, los preferidos.

Por mi parte continuaré jugando con mi nieto y nieta a decir “palabras prohibidas” porque creo que al conocer su significado y con la libertad de reír de ellas, no necesitarán usarlas para insultar, aunque me escuchen decir un rosario cada vez que me aprieto un dedo.

¡Me habéis enseñado a hablar, y el provecho que me ha reportado es saber cómo maldecir!  Calibán a Próspero en La Tempestad, W. SHAKESPEARE


Psicóloga