Hubo un momento en la historia donde escuchar música era todo un ritual. Todo lo que rodeaba aquel acto era ceremonioso: ir a una disquería a comprar el disco de vinilo (sí, hubo una época donde la música no era gratis ni estaba al alcance de un par de clicks), apreciar su arte impreso, sacar el disco de su envoltura con la delicadeza que una madre toma a su recién nacido, ponerlo en el plato de la tornamesa, situar la aguja en los primeros surcos, darle al volumen, y rendir pleitesía a los sonidos que emanaban de los parlantes.

Hoy, aquel rito es un fetiche melómano cuasi hipster. En la era digital, del mp3 y los servicios de streaming, pensar en que la generación millennial escuche álbumes completos es casi una utopía. Y es que, al parecer, el regreso al pasado para apropiarse de modas retro de la cultura pop –o como lo conceptualiza Simon Reynolds, «la retromanía»-, llegó hasta antes que el inmortal Sinatra le asestara un golpe fulminante a la gran industria discográfica.

Frank Sinatra fue uno de los cantantes más importantes de todos los tiempos. «La Voz», como se conoce por antonomasia, además es uno de los artistas populares más influyentes del siglo XX, y no tan sólo por su capacidad artística (lo que puede ser discutido), sino por ser uno de los primeros revolucionarios de la industria musical. Un legado que nace con su noveno álbum, que según la crítica, es «el mejor disco del desamor de todos los tiempos»: In The Wee Small Hours.

La historia comienza con la irrupción del vinilo de 12”, que al poco tiempo recibiría el nombre de Long Play (LP). Para mediados de los ’50, este era un formato resistido por la industria, en una época en la que los singles de 45” eran los reyes del mercado. La sola idea de grabar más de 4 canciones para una sola producción no estaba en los planes de los sellos discográficos.

Pero Sinatra, que ya era una estrella, convenció a Capitol de que lo dejara lanzar este elepé de 8 canciones por lado (algo muy inusual y peligroso para los negocios en aquel 1955). Y lo hizo vendiendo la idea de un «álbum conceptual», en el que su excusa era, por supuesto, el concepto, y que no podría desarrollarlo en menos canciones.

Aquel concepto fue varias historias en una. Es la historia de él divorciado de Ava Gardner, una de las mujeres más talentosas y hermosas de Hollywood, cuya ruptura redefinió a Sinatra. De la legendaria imagen del seductor crooner que chasqueaba los dedos como máxima de su impronta, a la de un hombre solitario completamente abandonado a su suerte, por bebedor, por agresivo, y por mujeriego.

En este estado, Sinatra –cuenta el mito- se fue para el estudio del orquestador Nelson Riddle, y en una sola noche (re)hizo estas canciones sin parar, con una botella de Jack Daniel’s a su lado, su micrófono, y Riddle en el estudio guiando a la orquesta que interpretaba las canciones seleccionadas de gente como Cole Porter, Duke Ellington, y los talentosos letristas Rodgers & Hart. Todo, bajo la atenta mirada de su productor ancla, Voyle Gilmore.

Más allá de la veracidad de lo que ocurrió o no aquella noche, el resultado fue un disco perfecto. Son 50 minutos en el que se escucha y se siente paz, a pesar del dolor que implican la mayoría de las letras, de confesiones y suplicas, de la mujer que se fue y que en la madrugada la extrañas más, a sabiendas que no volverá. Sinatra lo sabía. Le hizo una docena de canciones. Es un tortuoso y maravilloso disco que arranca con acordes suaves, y permanece ahí, en vigilia. Sin escapar. Sin volver. El concepto: las mujeres que se van. Se van y no vuelven, así regresen físicamente, hay algo que ya no está ahí. Es una apreciación de las mujeres que amamos, para atesorarlas más, para que no se vayan. Para que se queden.

Sinatra le vendió a la industria y al mercado discográfico la idea que un 12” era posible y que era rentable, a pesar que para ellos no estaba en el libreto. Ni de la disquera, ni de los distribuidores. Aún así, Frank se salió con la suya, y aquel disco fue un éxito: medio millón de copias vendidas, 18 semanas en lo más alto de las listas estadounidenses, y catalogado por distintas publicaciones especializadas como uno de los mejores discos de su vasta carrera.

Pero tanto forcejeo con la disquera y sus ejecutivos para tener libertad creativa cansó al gran Sinatra. En 1961, decide irse de Capitol, y funda una discográfica independiente. Así nació Reprise, y con él, Ring-A-Ding-Ding. Sinatra, el hombre de la voz inolvidable y las canciones perfectas, se convirtió entonces en uno de los primeros músicos indie de la historia, después de Elvis. Pero esa es otra historia.


Periodista, diplomado en estudios de música popular