Este 1 y 2 de abril se lleva a cabo la edición 2017 de Lollapalooza Chile, la cual cuenta en su cartel con gigantes de la música global como Metallica, The Strokes, Duran Duran, Rancid y The Weeknd, entre otros.

Además, varios créditos locales como Weichafe, Villa Cariño, Mariel Mariel, Newen Afrobeat y Alex Anwandter se presentan para dar cuenta del buen momento por el que la música chilena atraviesa en todos sus géneros.

No obstante, y más allá de la música, el festival ha sido criticado en más de una ocasión por su carácter elitista (dado el alto valor de sus entradas) y por la frivolidad del público asistente, donde la música muchas veces pasa a segundo plano.

En esa línea, hace un par de años el popular blog Noesnalaferia publicó un artículo titulado “5 breves repudios a Lollapalooza”, donde se comenta el arribismo detrás de la necesidad de asistir a un espectáculo donde abundan las selfies y la idea de estar en un lugar cool y ondero.

“Ayer, por circunstancias impensadas, terminé yendo por primera vez a un Lollapalooza. Me prometí –ojalá- nunca ir a uno, no comparto ni la ética ni la estética del evento, pero a causa de una sorpresiva reunión de trabajo tuve el honor de ser invitado como periodista (razón por la cual accedí a ir, porque lo que sí es seguro es que nunca pagaría lo que vale la entrada a un evento de esta calaña)”, introduce el autor del texto antes de indagar en las razones por las que critica el evento.

Centrada en la edición 2015 de Lollapalooza, la columna se refiere a la censura en la transmisión del show del rapero Portavoz por la crítica a una marca de supermercados y por la asistencia de Sebastián Dávalos, por eso entonces recién inculpado por el caso Caval.

El escrito continúa centrándose en el arribismo de los asistentes. “Lollapalooza es un festival sin alma. Pareciera que antes que la música, lo que en realidad importa es el hecho de estar dentro de ese selecto grupo de personas que pueden gastarse casi la mitad de un sueldo mínimo en un megaconcierto. Por eso tanta foto en Facebook y tanta selfie en Instagram. Al final, mucha de la gente paga esos precios sólo por status, sólo para contar que se estuvo ahí”, agrega el autor.

Finalmente, hace énfasis en el sistema de venta de bebidas y alimentos dentro del Parque O’Higgins. “Para poder comprar víveres antes hay que comprar fichas. Las venden en paquetes de 3 x $4.000, 5 x $6.000 y 10 x $10.000. Una bebida en lata de 350 cc, por ejemplo, cuesta una ficha. ¿Qué es esto? ¿Una pulpería salitrera en 1897?”, remata.

Lee la columna completa en Noesnalaferia.