La conmemoración del Día de la Tierra se remonta a 1976, cuando la resistencia palestina convocó un 30 de marzo de hace 41 Años a una huelga general contra la ocupación israelí, y cuyo correlato fue el asesinato de siete jóvenes que participaban en la protesta.

Desde ese día, hace 41 años, se recuerda este hecho como gesto de protesta ante la ocupación, la política del apartheid, y el robo de tierras que Israel lleva a cabo sistemáticamente pese a las condenas de los organismos internacionales.

Mientras digo estas palabras recuerdo la frase de Bertrand Russel, cuando al establecer en 1966, la primera versión de su famosa iniciativa convocada cuando los crímenes de guerra cometidos por su país, EEUU, contra Vietnam eran motivo de escándalo, sentenciaba:

“Impida este Tribunal el crimen del silencio”, estableciendo la sanción ética de que callar cuando se conoce un crimen es otro crimen y de peor naturaleza.

Sin embargo, pese a la vigencia de la resolución 242 de Naciones Unidas que exige a Israel la vuelta a la frontera de 1967; pese a que los tribunales internacionales, organismos de DDHH, Gobiernos y convenciones de Ginebra, junto a movimientos sociales de todo el mundo insisten en acusar al Estado de Israel  de ocupación y crímenes de guerra contra el pueblo palestino, la situación no solo sigue igual sino que empeora hasta la paradoja de que Palestina, el país ocupado, desaparezca del mapa porque sus tierras siguen siendo usurpadas ahora por los denominados colonos israelíes a través de sus asentamientos ilegales.

Mientras escribo estas letras busco cifras, datos para actualizar el horror, y pienso en el famoso historiador británico de origen judío, Eric Hobsbawm, quien señalara al respecto: “las acciones del Gobierno de Israel causan vergüenza entre los judíos y, sobre todo dan pie al actual antisemitismo. Desde 1945- agrega el historiador-, los judíos dentro y fuera de Israel, se han beneficiado enormemente de la mala conciencia de un mundo occidental que se había negado a la inmigración judía en la década de 1930, unos años antes de que se permitiera o no se opusiera al genocidio.”

Vuelvo a los datos duros para ilustrar este Día de la Tierra: más de medio millón de colonos viven en los asentamientos ilegales -todos los asentamientos son ilegales según la legislación internacional-: ya son  más de 800 mil hectáreas las que han sido robadas y, un dato que  nos permite dimensionar la magnitud de la barbarie:

En Palestina la colonización israelí ha arrancado hasta el 2016, más de 800 mil olivos, toda una metáfora del despojo, de la brutalidad de la ocupación. El olivo es el árbol símbolo de Palestina,  tarda 15 años en dar frutos y vive cientos de años. En Nueva York hay 498 mil árboles, y  París y Madrid juntos no alcanzan la cifra de los árboles arrancados en Palestina…

Cuando Edward Said recibió el Premio Príncipe de Asturias, en el 2002, se preguntaba en su discurso de aceptación:

“¿Dónde está la justicia? ¿Consiste en luchar una y otra vez aunque el poder de unos sea mucho mayor? ¿Consiste en oponerse a las prácticas injustas y seguir llamando la atención sobre todo en la lucha por los derechos humanos? ¿O consiste en asumir una posición superior y pretender que la identidad no nos importa?”

El autor de “Orientalismo” murió meses después sin respuestas…No alcanzó  a saber que en Cisjordania-donde está el muro de 700 kilómetros de largo-hay ya 120 asentamientos israelíes y más de 200 embriones de futuras colonias.

Tampoco, que hay más de 650 mil colonos israelíes residiendo ilegalmente en territorio palestino; que de ellos más de 400 mil están en Cisjordania y unos 250 mil en Jerusalén Oriental, ni que de acuerdo con la proyección demográfica, al año 2025, el número de colonos israelíes superaría el millón..

Conmemoramos entonces una tragedia, una masacre que devino en una constante… El Día de la Tierra no marca un hecho sangriento, doloroso, sino el inicio de una política a través de la cual el ocupante, el invasor, amplía su botín.

Hoy busco palabras, argumentos para pensar que hay futuro, que hay salida, que hay  organismos internacionales solventes, que hay posibilidad de diálogo con acuerdos que se cumplan,  o que hay capacidad para resistir y enfrentarse  pese a la asimetría de fuerzas, y  pese a que también hemos  sido cómplices con las palabras despojándolas de sentido.

Por ejemplo, al  denominar “conflicto” a una ocupación brutal; al llamar “colonos” a bandas organizadas de fanáticos criminales. Al decir “muertos en enfrentamiento” en vez de masacres o limpieza étnica; a hablar de “diáspora” para no decir exiliados, expulsados, desgarrados, desterrados y condenados a morir lejos de su tierra..

Las palabras se han vaciado en setenta años de ocupación israelí y en cien años de colonialismo; ellas ya no significan. Menos en la era Trump y su alianza con Israel cuyo muro del apartheid lo inspiró para diseñar el que piensa para  México.

Vuelvo entonces a la palabra y a la necesidad de re-nombrar y re- significar en el siglo 21 la tragedia que se prolonga desde hace cien de dominación colonial, y 50 de ocupación israelí y que nos persigue; retorno a la urgencia de hacernos cargos de  otros relatos, de nuevas narrativas  ancladas en la vida cotidiana de un pueblo sometido a la ocupación.

Sin duda este nuevo siglo contiene algunos cambios centrales en la resistencia del pueblo palestino y uno de ellos, sino el más importante, tiene que ver con el hecho de que la opinión pública internacional, luego de las continuas  incursiones y masacres perpetradas por el ejército de Israel en Gaza, le dio vuelta la espalda al Estado de Israel en un gesto rotundo e irreversible.

Este hecho además implicó sumar a las filas de la causa palestina a una intelectualidad en Europa, EEUU y América Latina que por años había guardado silencio cómplice  frente a la ocupación.

Busco y leo lo que escribe Ilan Pappé, nacido en Haifa, Profesor de universidades británicas y uno de los impulsores del término “limpieza étnica” en Palestina.

Pappé propone un nuevo diccionario y nuevos enfoques.

Por ejemplo, señala que la negativa de Israel a permitir que los refugiados y refugiadas de 1948 vuelvan a casa se considera racista, y no “una posición pragmática”; o que los nuevos activistas expresan su apoyo incondicional al derecho de retorno de los refugiados y refugiadas palestinos y a veces lo hacen, acota, “con  más claridad que algunos líderes palestinos.”

Cito a Ilan Pappé, en su libro “Conversaciones sobre Palestina”, escrito junto a Chomsky, libro editado precisamente  luego de las incursiones israelíes del 2014, 2015 en Gaza:

“Reafirmar la ecuación “sionismo igual a colonialismo” es fundamental no solo porque es el mejor modo de explicar las políticas israelíes de judaización dentro de Israel y el establecimiento de asentamientos en Cisjordania, sino también porque concuerda con la forma en que los primeros sionistas percibieron su proyecto y hablaron de ello.”

La conmemoración del aniversario 41 del Día de la Tierra, que nos trae a la memoria los siete palestinos asesinados en las protestas de 1974 , nos recuerda que el horror sí se puede nombrar, como lo hizo Primo Levi en su trilogía “Si esto es un hombre..”. relatando los espantos de los campos de exterminio nazi; o Jorge Semprún, en su libro “La escritura o la vida” donde se refiere a su experiencia en el campo de concentración de Buchenwald.

Re-nombrar,  re-escribir, buscar esos nuevos relatos, revisitar esos antiguos dolores es no solo una demanda ética sino por sobre todo un gesto de resistencia al crimen ya no del silencio sino del olvido, que por 100 años ha condenado al pueblo palestino.


Premio Nacional de Periodismo 2007