El escritor Eduardo Galeano dice en su libro “El fútbol a sol y a sombras” que el hincha es quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, y que jugar sin hinchada es como bailar sin música. El intelectual uruguayo agrega que el hincha es aquel que cuando concluye el partido no se mueve de la tribuna para celebrar su victoria o llorar su derrota.

El martes la Roja fue una tromba ante Venezuela en el primer tiempo, pero después de los quince minutos del segundo lapso, el juego criollo se comenzó a diluir hasta el punto de lateralizar algunas pelotas y echarse atrás para cuidar el resultado. El Estadio Monumental reprobó dicho accionar con pifias que fueron interceptadas por el capitán Claudio Bravo, quien al instante recriminó a la parcialidad con un “¿Qué están silbando, hueón?”. El arquero del Manchester City volvería a hacer sus descargos una vez finalizado el encuentro.

Quizás esta conducta responde a un hincha que no está conectado con la actualidad futbolística y que habitualmente no asiste a la cancha. Un espectador-cliente que tiene acceso al alto costo de las entradas y que es muy susceptible a la publicidad estática que ofrece créditos bancarios, insumos para asados, vestuario, bebidas y, por cierto, televisores.

La imposibilidad de los hinchas habituales de concurrir a los estadios por el elevado precio de las entradas se ha transformado en un problema social y cultural que crece en los países más futbolizados. Este factor ha transformado al deporte más popular en un espectáculo de élite y en un evento social más que deportivo. La selfie en el estadio el día de partido, también es un fetiche que otorga cierto estatus y unos cuantos likes en las redes sociales.

Los empresarios han visto en el fútbol un nuevo producto de mercado y lo han explotado como tal. El interés económico prima sobre los valores deportivos y los equipos o selecciones hoy son verdaderas empresas.

Los jugadores son la materia prima de esta industria: su imagen se comercializa y finalmente se vende a los aficionados como un producto. En ese contexto se podría decir que el espectador-cliente no va a ver fútbol, sino a las figuras mundiales de la “Roja”: Arturo Vidal, Alexis Sánchez, Claudio Bravo y Jorge Valdivia. Un negocio para dirigentes y empresas, quienes consideran a los futbolistas mercancías que comercializan hasta que dejan de ser rentables y que se expenden al espectador-cliente, ese que compra con tarjeta plástica y exige (o pifia) porque paga por un producto. Un producto llamado fútbol.


Cronista deportivo