Lucía Guerra tiene 73 años, pero no hay canas ni arrugas que los delaten. Por el contrario, una fiera melena roja es lo que destaca a primera vista cuando abre la puerta de la habitación del hotel donde nos recibe. Camina de un lado a otro, prepara té, enciende cigarro tras cigarro. Sus movimientos son tan inquietos como su proceso mental. Conecta ideas que, en primera instancia, parecen irreconciliables.

En los años ’50, ganó una beca Fulbright para hacer una maestría en lingüística aplicada en la Universidad de Kansas gracias a su gusto por el jazz: “Hay una improvisación musical de un artista que, con el instrumento, está improvisando e imaginando a la vez que ejecuta la música. La partitura es sólo una base, pero en la música se refleja toda la creatividad y el estado de ánimo del músico mientras toca”. Estudiaba pedagogía en inglés cuando iba todos los jueves al Instituto Chileno-Norteamericano a escuchar estas composiciones. Fue en una de esas oportunidades en las que, acompañando a una amiga a la Oficina de Relaciones Exteriores, se sintió desafiada por una funcionaria que intentó desalentarlas aludiendo a que no aceptarían postulaciones con promedio inferior a 6,5. “Yo tengo 6,8, señora”, respondió Lucía. La secretaria le entregó el formulario, lo llenó, esperó y ganó la beca.

Ya instalada en Estados Unidos, esa circunstancia azarosa se repitió cuando conoce a Richard Cunningham. Dos meses después del primer encuentro, Richard le pide matrimonio. “Cuando mi pareja me pidió que nos casáramos, le dije ‘Espérate un momentito. Yo sólo me caso contigo porque existe el divorcio’. Crecí en una familia muy de la época, donde las mujeres eran verdaderas víctimas, reales o ficticias. No en todos los casos los maridos las maltrataban. Había también una teatralidad de la mujer casada. Por ello, entrar a la convención del matrimonio me parecía peligroso, pero como había divorcio, dije ‘bueno, probemo’. Y vivimos juntos 46 años”, cuenta.

¿A qué te refieres con la teatralidad de la mujer casada?

Es la estrategia del subalterno. Conocí a un colega que venía de lo que fueron las colonias belgas, en África, y él me contaba que “frente al blanco, nosotros bajamos la cabeza y nos mantenemos en silencio”, pero eso era una performance. En el caso de la mujer, en esos años, ella muchas veces engañaba al marido contándole tragedias del tipo “estoy tan enferma, necesito ir a la playa” porque era el único recurso que tenía para negociar ciertas libertades. Eran mujeres sin profesión, por lo tanto, ellas y sus hijos dependían económicamente del marido y se veían forzadas a seguir esta dinámica. Elegían quejarse como una forma de sublimar sus frustraciones, impotencias, etc. Y a mí, como te explico, me parece válida.

Esta dimensión oscura de la mujer que se casa, pero no le gusta el rol de esposa, o bien aquella que es madre, pero le carga ser madre, está poco trabajada en la literatura. Pareciera que la mujer tiene prohibido ser malvada. María Luisa Bombal es de las primeras en Chile que saca a la luz la vida mental de las mujeres, considerando esta parte más perversa.

Todas las imágenes y nociones que tenemos de la mujer han sido creadas por hombres: el pintor que retrata a una mujer con un libro en la mano, mientras ella mira hacia la ventana en vez de estar leyéndolo, o el escultor que talla formas voluptuosas. Esto, sumado a los códigos culturales que rigen la conducta femenina, es decir, que debe ser buena, inocente y honesta, depositaba sobre las mujeres una carga muy pesada en tanto tenía que cumplir con el rol asignado y las expectativas de los hombres. Pero la mujer también es un ser humano, y de alguna forma se las arreglaba para transgredir estas normas. La hipocresía presente en la mentira al esposo es, también, una transgresión si la leemos en su contexto histórico.

Tú y otros críticos hacen hincapié en la aparente contradicción entre la mujer que María Luisa Bombal retrata en su literatura, libre y deseante, y la mujer que María Luisa Bombal fue, más bien conservadora. ¿Esta división es, igualmente, producto del contexto histórico de la autora?

Absolutamente. Ella, como mujer, creía en lo que los hombres le decían que debía ser una mujer: etérea, espiritual, inasible. Al mismo tiempo, ella tenía un impulso rebelde que sublimaba en la escritura. Por eso, cuando escribe “La Última Niebla”, después de haber entregado su virginidad, tremendo escándalo para la época, al hombre que la rechazó y la dejó por otra mujer, iba a su casa en calle Brasil con Alameda, y se sentaba a esperarlo como una protagonista de melodrama. La empleada de esa casa le servía té y esperaba hasta llegar la noche, momento en que regresaba a su casa y en el que siempre había niebla, imagen que trabajó muy bien. Cuando escribí el libro sobre ella, luego de entrevistarla y hacernos amigas, un día le pregunté cuál es la diferencia entre un hombre y una mujer. María Luisa me responde: “Ah, muy fácil. El hombre es la materia gris. La mujer… la mujer es la que está detrás del trono”. Hay que estar claros de que la literatura, como todo arte, responde a configuraciones de carácter casi inconsciente. Eso que llaman inspiración existe, te lo aseguro. Es un impulso que a veces tiene muy poco que ver con tu vida consciente o con tu posición ideológica.

Pero María Luisa Bombal no siempre logró sublimar esa intensidad a través de la escritura. Por ejemplo, esa ocasión en que disparó tres tiros a Eulogio Sánchez.

Ese impulso le vino una vez que estaba comiendo con su hermana y Eulogio la invita a cenar, sólo por ser amable. Entonces, María Luisa se da cuenta de que él no la ama y le viene la desilusión de heroína romántica. Se levanta del comedor, va al dormitorio, busca un revólver e intenta dispararse, pero en vez de apuntar al corazón, elige hacerlo en el hombro. Diez años después, imagínate, está pasando por una depresión espantosa porque ya tiene 28 años y es soltera, lo que en esa época significaba asumir el fracaso de ser una solterona. De ser de esas mujeres que no lograron conseguir casarse. Sale a la calle con el revólver en su cartera con intenciones de suicidarse, pero de pronto ve a Eulogio y recuerda todo lo que él la hizo sufrir, corre detrás de él y le dispara. En todo caso, ese tipo de situaciones no eran inusuales en el tiempo de María Luisa. María Carolina Geel, otra escritora chilena, también le disparó a su amante, provocándole la muerte.

¿Y qué representa esta intención de querer aniquilar al ser amado?

Este gesto es un emblema de la impotencia femenina: “¿Qué hago con este hombre, si yo dependo existencialmente de él y él me abandona?”. Matarlo. Yo no cuestionaría a una mujer que dispara a un hombre, porque está en un estado emocional espantoso. Recuerda que en ese tiempo los hombres eran amos y señores de todo. Ello, sumado a todas las mitificaciones que hay sobre el amor, a la existencia de una mujer-otra subordinada a la atención de un hombre-sujeto, por supuesto que da como resultado un final trágico. En mi primera novela, muy feminista, que escribí como denuncia de esta subordinación, tengo un epígrafe de Quincy Jones: “Los hombres siempre disparan en la sien o en el corazón, mientras las mujeres disparan en cualquier parte”. No tienen meta. María Luisa disparó tres tiros y ninguno le llega a Eulogio. Ni siquiera lo hiere. Cuando él va en la ambulancia junto a un amigo, y le pregunta a éste quién le disparó, él le contesta: “Fue María Luisa Bombal”. Eulogio, contrariado, dice “Qué raro. Hace más de diez años que no la veo”. Yo siempre he dicho que el amor de esa época era como un baile en dos compases diferentes. Mientras ella, durante diez años, no hizo más que sufrir por ese hombre, él se casó, se fue a Estados Unidos e hizo una vida política muy exitosa. El hombre, en general, no se dedica cien por ciento al amor. ¿Por qué? Porque tiene 20 mil otras actividades que la sociedad le permite hacer. Son educados para ello.

Chile a la distancia

¿Cuándo escribiste esa novela?

En 1984. Ahora estoy tratando de reeditarla, porque la revisé hace unos meses y dije “¡pero si esta novela es muy buena!”. Lo que pasa es que cuando se publicó aquí en Chile no había ninguna conciencia de género. En ese entonces, estaba en una conferencia junto a Alfonso Calderón, premio nacional de literatura, un gran intelectual, quien de pronto me pregunta: “Yo quisiera saber, específicamente, qué es lo que ustedes, las feministas, quieren para la mujer”. Le contesto: “Mira, Alfonso, muy sencillo. Nosotras sólo esperamos acceso a la sociedad y al imaginario colectivo. Acceso activo en la sociedad e igualdad de condiciones”. “Ah, pero eso en Chile ya lo tenemos hace mucho tiempo”, fue su respuesta.

Una vez que vuelves a Chile, luego de estudiar en el extranjero, ¿cómo fuiste recibida? Me imagino que hubo harta gente que no te pescó.

No, a mí siempre me han pescado, pero porque mi trabajo es serio. Cuando escribo un artículo o un libro me meto en el centro, a la vez que me preocupo de que todo esté bien formateado, bien citado. Con esto te quiero decir: yo acato las reglas del juego de la escritura formal y académica, pero porque ello me da la libertad de transmitir las ideas que quiera sin que nadie pueda argumentar nada en contra. Con mi ficción pasa lo mismo: está bien hecha, es original, la escribo bien.

¿Cómo fue la experiencia de viajar sola a estudiar, en los años ’50, a Estados Unidos?

¡Imagínate la soledad y el aislamiento! Yo, una mujer latina, sin acceso a e-mail o Skype, como ahora, extrañaba mucho a la familia y los amigos. Aun cuando también, entre el estudio, me hacía el tiempo para pasarlo bien con otros compañeros extranjeros, la soledad era devastadora. Súmale, además, que soy el tipo de chilena que todos los días recuerda a Chile y extraña la cordillera. Mi nostalgia por este país es inmensa. Con mi marido nos unía, junto con el amor entre nosotros, el amor a Chile, el amor por las letras, los libros que escribimos juntos.

¿Y el Golpe de Estado? Estabas allá cuando ocurrió.

Yo no lo podía creer. Me parecía insólito todo lo que escuchaba de Chile. ¿Tortura? ¿Desaparecidos? Mi Chile era el Chile de la gente dulce y amistosa. No entendía qué había pasado con los chilenos. En mi novela “Travesías del hombre lobo” trabajo la metáfora de la metamorfosis, porque así sentía que fue lo que pasó con este país. Tal como ocurrió en Alemania con los coroneles que estaban a cargo de los campos de concentración y que, después de matar gente en las cámaras de gas, se iban a sus casas a comer pasteles, escuchar música clásica y regalonear con los niños, pasó en Chile. Los torturadores chilenos hicieron exactamente lo mismo. Según ellos, sólo cumplían órdenes, pero ¿cómo pueden hablar de cumplir órdenes en el caso de Víctor Jara? 44 disparos. Si querían cumplir órdenes, con un tiro en la sien bastaba. Aquí hubo un ensañamiento, una transformación mental que no se puede explicar, como el hombre lobo. Por eso a mí me interesa el problema del mal. ¿Por qué una persona se convierte en un agente del mal? Para mí, es una incógnita.

¿Tienes alguna pista que apunte hacia una respuesta sobre el origen de ese mal?

Me llama la atención el despliegue de la masculinidad en la ejecución de la tortura. Era común que el militar o el agente de la CNI gritara a sus víctimas “¡Maricón! ¡Maricón!” o “¡Puta!” a las mujeres. Había una manifestación de la masculinidad en su forma más violenta, discriminatoria y monstruosa. Me gustaría preguntarle a uno de estos torturadores hasta qué punto se sentían poderosos mientras provocaban dolores espantosos sobre sus “enemigos”. Ingrid Olderock podría contarse como una excepción, pero hay que notar que ella también decidió jugar con los códigos de la masculinidad. Ella era una sádica. El tema de género en la tortura es muy fuerte y está súper presente. Todo lo militar es una hipérbole de lo masculino.

El lenguaje del dolor

“Con voz de sombra”, el libro que viniste a presentar, tiene como subtítulo “Crónica de un duelo”, lo que adelanta el género literario en el que está escrito. ¿Por qué la elección de ese formato para contar tu historia?

Porque la crónica es un género literario que apunta hacia contar lo inmediato. Entonces, como el proceso de duelo es muy complejo, encontré que era la forma adecuada para narrar todo lo que me iba ocurriendo. La psiquiatría explica que el duelo no tiene tiempo, y cuando yo estaba viviendo mi duelo, sentía que no iba a terminar nunca. Mientras el calendario avanza, el dolor se queda estancado en una fecha. Además, no es una circunstancia uniforme. Hay días en los que me levanto pésimo y no tengo fuerzas para nada, pero hay otros donde todo transcurre con normalidad y no me veo afectada por estas emociones.

Supongo que el proceso de escritura, de consignar este dolor de manera permanente en un texto, también debe haber sido difícil.

Dos años después de la muerte de Richard, fui a una psicóloga porque ya no daba más. Ya había escrito el libro, y en un par de sesiones me di cuenta que la terapia no me estaba ayudando mucho. Al finalizar la segunda sesión, ella me dice: “Bueno, te veo el otro jueves… y tú eres más inteligente que yo”. ¡Se descalificó a sí misma! Cómo podía yo confiar en su ayuda. Escribir el libro fue la manera que encontré para asumir mi dolor e incorporarlo a lo que soy ahora. El proceso de escritura me dio la fuerza para vivir e integrar el padecer, porque cuando Richard murió, fue como si me hubiesen cortado por la mitad. Como soy escritora, a veces me sentía como “un pájaro sin luz”, o como “un murciélago en un rincón oscuro”, y comprenderás que si me llama una amiga por teléfono para preguntarme cómo me siento, no iba a responderle con estas imágenes literarias. El libro nace de la necesidad de verbalizar estas imágenes, en un ejercicio de contarle a Richard qué es lo que pasaba conmigo.

¿Qué cosas descubriste durante este proceso?

Escribí para desahogarme, para tener una válvula de escape en una sociedad que transforma el dolor en espectáculo. Descubrí que el dolor verdadero carece de lenguaje. Se invisibiliza. En la televisión y los medios masivos, los valores que se enaltecen son de la felicidad, el goce, y el consumo como vía para obtenerlos. Y me pregunté qué es lo que pasa con otras personas que no manejan el lenguaje y la cultura que tengo yo. Porque yo leía un poema y me identificaba con las figuras ahí dispuestas, pero entiendo que este es un recurso que tengo gracias a mi educación. Cuando la gente es interpelada sobre su dolor, cambia inmediatamente el tema.

Esta ausencia de un lenguaje del dolor, ¿obedece a razones conscientes?

Por supuesto. El éxito y la felicidad, en un sistema neoliberal, es equivalente a tener plata, y gastar esa plata en pos de esos dos aspectos. El dolor, por el contrario, no es funcional a esta economía. Los pobres, los fracasados y los sufrientes no podemos ser instrumentalizados por esta maquinaria, y es por ello que somos desechados. Nadie quiere saber de la gente que se siente mal. No existen palabras para contar el dolor. A veces, para subirme el ánimo, me invitaban a fiestas y créeme que nunca había vivido la risa de una forma tan cruel como la experimenté en esa época. Me dolía escuchar carcajadas ajenas. Me invadían unas ganas de decirles “¡Cállense! ¡Estoy sufriendo!”, pero no podía. No es correcto dentro de estas normas. Por lo mismo, también tuve que fingir mucho. Pretender que no pasaba nada y dolerme para mis adentros. El dolor silenciado es otra tortura para quienes estamos en él, sumada a la tortura de la pérdida que lo origina. Mi objetivo, con este libro, es contribuir a crear un imaginario del dolor, de dotarlo de palabras para que deje de estar oculto.

¿Podrías citar ejemplos donde encontrar ese imaginario en la literatura en castellano?

Es complicado. Generalmente, la poesía en inglés es mucho más abierta en relación con estas otras emociones, pero en español hay muy, muy poco de ello. Mucho menos desde las mujeres. Está lleno de romances y tangos dedicados a la pérdida de la amada, de hombres hablando de su duelo. Autoras, en cambio, sólo se me viene a la cabeza Gabriela Mistral y lo que escribe cuando se suicida Yin Yin.

La necesidad de una escritura de mujeres

¿Cuál es el objetivo que persigues con tu obra?

Yo soy de las escritoras de la generación del ’80. Es decir, después de los movimientos feministas de la tercera ola en Estados Unidos y Francia. Nosotras teníamos como meta crear un lenguaje de mujer. Basta de la mujer contada a través de la pluma de los hombres, bienvenida la mujer narrándose a sí misma. Eso abrió un discurso muy diferente en Chile. Un amigo chileno me criticó, escandalizado, que en “Más allá de las máscaras” aparezca el relato de una mujer que, después de hacer el amor, mira a su amante, describe su perfil a la vez que el semen gotea por sus muslos. En un taller literario, dos o tres hombres me dijeron: “¡Es que cómo puedes ser tan cochina!” y les digo de vuelta: “¿Por qué el semen tiene esta connotación sucia y escandalosa? ¿Desde cuándo que el sexo es limpio? ¡Si eso nos pasa después del coito!”. Eso no estaba en la literatura nacional y yo lo consigné. Son experiencias como cualquier otra, y no porque no hayan sido dichas o escritas tienen menos legitimidad.

¿En qué otro aspecto percibes esta separación de los imaginarios masculino y femenino?

Nunca en nuestra cultura se ha valorado el ombligo. Es una parte, aparentemente, invisible y tonta para nosotros, cuando lo que se debería hacer es venerarlo. Ahí están nuestros orígenes. Es la cicatriz de la madre. La manifestación de la reciprocidad y solidaridad entre dos cuerpos: uno que nutre y otro que es nutrido. Hélène Cixous, intelectual francesa, habla sobre el don. Dice que la mujer funciona bajo la economía del don, del dar, mientras que el hombre funciona en términos del valor, de lo que puedo tener. Sobre la menstruación, en nuestra cultura, existe un tabú, una resistencia a hablar de ella que no tiene sentido, si es la sangre de la vida. Por el contrario, de la sangre que deriva de guerras y conflictos, de eso sí se puede hablar. Balazos y cadáveres son espectáculo de cada día y es por ello que yo cuestiono la imaginación androcéntrica.

¿Quiénes son las pensadoras feministas que más influencian tu trabajo?

En primer lugar, Simone De Beauvoir. “El Segundo Sexo” es un texto fundamental. La segunda es Luce Irigaray, psicoanalista francesa, que me parece la más revolucionaria en cuanto a su comprensión de las diferencias entre géneros y el planteamiento del “cuerpo a cuerpo” de la mujer: en la madre que da a luz a una hija existe una consolidación del cuerpo, de los cuerpos, en el amor y otros afectos. Por último, citaría a Adrienne Rich como una influencia. Dentro de los muchos feminismos que existen, para mí es muy importante aquella corriente que tiene una matriz de pensamiento marxista entrelazada con el pensamiento de género, aun cuando la ideología marxista no se ha hecho cargo, históricamente, de lo que ellos llaman “la cuestión de la mujer”. La lucha por la emancipación del segundo sexo siempre ha estado subordinada, para esta corriente, a la lucha de clases. El problema que veo yo es que, por ejemplo, en el caso de los movimientos obreros, existe una unión sindical que aúna y cristaliza estas demandas de los trabajadores; en relación con los temas étnicos, la pertenencia a una nación particular otorga sentido de comunidad, pero ¿Y las mujeres? En “Más allá de las máscaras” planteo que la dispersión entre las mujeres es fatal para poder construir un movimiento sólido. Estamos divididas en clases sociales, etnias y otras categorías que nos atomizan.

¿Y crees que estas divisiones pueden ser superadas?

Soy optimista. Me llama la atención el cambio en la posición ideológica respecto de los derechos humanos. Un impacto del feminismo, que ahora las mujeres chilenas asumen propio sin reparos, es esta conciencia general, entre los hombres, de que las mujeres son una amenaza. Los femicidios y los maltratos ahora se pueden denunciar. Lo que antes era secreto de familia, hoy se visibiliza y está presente. La mujer tiene voz y recursos legales para combatir esta violencia, y este hecho hace que el hombre se enfurezca. Y cuando el hombre se siente impotente, pierde la cabeza. Lo podemos ver en el caso de Nabila Rifo. ¿Qué hago si a esta mujer no la domino con el golpe o la mala palabra? ¿Qué hago con esta insumisa? ¿Cómo la domo? La inseguridad es una expresión de debilidad, y la masculinidad… un vientito y se derrumba.