Mucho se ha hablado esta última semana del, a estas alturas, afamado Doctor Soto que cada martes en la mañana paraliza a la teleaudiencia en el matinal Bienvenidos con sus discursos de amor entremezclados con palabras técnicas, propias de la medicina. No son desconocidos para nadie los cuestionamientos que ha tenido en torno a sus polémicas frases sobre la causa emocional del cáncer, como son el odio reprimido y la sobreproteccion y sobrecontrol, en el caso particular del cáncer de mama (que es el segundo tipo de cáncer más mortal, cegando la vida de más de 571.000 personas al año). Si bien desde la vereda de la oncología el Dr. Soto ya ha recibido una contundente respuesta, el propósito de esta columna es centrarme en dos aspecto: explicar ciertas imprecisiones en el discurso del Dr Soto que reforzó este martes 4 de abril (y que por tanto, merecen la pena aclarar) y brevemente, abordar el fenómeno que ha provocado en redes sociales, sus adeptos y lo que, en última instancia, representa.

Si bien comparto las quejas del Dr. Soto y sus adeptos sobre una mejora en el trato ético médico-paciente, sobretodo en el sistema público, una cosa es proponer desde la profesión un cambio hacia una relación más afable y cercana, y otra cosa es emprender un negocio médico (Medicina Consciente) a punta de afirmaciones sin sustento o derechamente contra todo conocimiento. Recientemente, investigadores han aportado evidencia que, en 32 diferentes formas de cáncer analizadas, la causa de mayor incidencia en al menos 2/3 de ellos es simplemente el azar. Malas copias del DNA cada vez que se duplica una célula podrían ser grandes responsables del cáncer. Ojo, esto no resta de importancia al ambiente. El tabaco y el alcohol no son blancas palomas, por ejemplo.

Si existe un conocimiento de la causa del cáncer tan clara (como lo plantea el Dr. Soto) y una solución que es increíblemente menos costosa que los billones de dólares invertidos en investigación y desarrollo. ¿Es que somos tontos? ¡Tenemos la solución en nuestras narices! O no, el Dr. Soto no aporta ninguna evidencia de sus afirmaciones. Como doctor, no ha reportado casos clínicos ni ha citado ninguna fuente de información que nos permita revisar sus datos. Por el contrario, no solo no aporta información, sino que sus afirmaciones van en sentido contrario de todo el debate médico sobre las causas del cáncer a nivel mundial (genético y ambiental). Si él pudiera aportar el mismo nivel de información que entregan cada equipo de investigación en el mundo para aprovechar sus datos, estaríamos hablando no de un premio Nobel, sino la infinita gratitud mundial. Y, sin embargo, no es así. No conocemos su metodología, no conocemos sus procedimientos o técnicas. De hecho, sin consulta ni siquiera sabemos cómo diagnóstica. ¿Nos pregunta sobre si odiamos a alguien? ¿O mira nuestro historial clínico, como haría cualquier médico? Un enigma.

Tomando en cuenta lo anterior surge la siguiente pregunta: ¿qué problemáticas encierran las actuaciones del Dr. Soto, más allá de su desempeño como medico profesional? El aspecto central del malestar que muchos tenemos por estas intervenciones “médicas” es que están desprovistas del más mínimo pensamiento crítico y contrapunto. Sin pensamiento crítico, sin la exigencia mínima de “afirmaciones extraordinarias requieren pruebas igual de extraordinarias” solo abrimos la puerta a ser engañados. Cada vez que le creemos a alguien solo por su cara, cada vez que no nos vacunamos porque “escuche por ahí” o “leí una página de Internet” sin fuentes, cada vez que hacemos una dieta sin consultar al nutricionista, cada vez que no buscamos las fuentes de alguna afirmación, estamos abriendo la puerta de la credulidad. Y esto se aplica a todo ámbito, porque así como arriesgamos nuestra salud con afirmaciones sin respaldo, podemos arriesgar nuestra economía y nuestra decisión política. Cuando no hay un contrapunto, un escéptico bien informado en el tema, tenemos los boom de personajes que comulgan con las más disparatadas teorías de conspiración (Salfate), que apoyan peligrosos negacionismos (Dr. File) y ahora, información médica entremezclada con misticismo Kun-li que eluden cualquier tipo de responsabilidad bajo el lema de “yo solo estoy comunicando, transmitiendo esta información. Yo no soy el auto, a mi no se me ocurrió”.  Estamos en un punto en que las personas utilizan más pensamiento escéptico sobre qué auto comprar, sobre qué candidato votar o qué tratamiento medico adoptar. No podemos ni debemos, como sociedad, permitirnos esta irresponsabilidad. Hay vidas en juego, nuestras vidas y la de nuestra descendencia.

Carl Sagan, enorme divulgador de ciencia y escepticismo, comentaba en 1996 que “crecemos en una sociedad basada en la ciencia y la tecnología y en la que nadie sabe nada de estos temas. Esta mezcla combustible de ignorancia y poder tarde o temprano, va a terminar explotando en nuestras caras”. Y llevaba razón. No me declaro enemigo del Dr. Soto, de hecho, sería el primero en celebrar sus descubrimientos si tan solo pudiera sistematizarlos, publicarlos y probarlos. Básicamente, lo mínimo en medicina. Pero hasta entonces, no tengo motivo para creer en él, menos si su único aval es su convicción en sí mismo. La tradición Kun-li puede tener cientos o miles de años, ¿pero realmente da confianza en creer en un sistema de conocimientos hermético que en cientos de años no se ha alimentado de los grandes avances técnicos que hemos logrado como civilización? ¿En los tiempos del Kun-li efectivamente la gente enfermaba menos, o moría menos? Estas preguntas quedan abiertas, para que cada quien, pueda echar mano de la investigación y ponga en práctica la duda metódica. El fenómeno es complejo, atraviesa múltiples dimensiones (la educación, la necesidad social de un conocimiento revelado acompañado de un mesías, el rating que no perdona, etc.), pero de nosotros depende afrontar la desinformación con investigación, la falta de rigurosidad con responsabilidad. Está en nuestras manos.


Estudiante Doctorado en Neurociencias USACH