Al cumplirse un año del ciclo de protestas nacionales, las organizaciones sociales y las corrientes políticas de izquierda habían configurado un itinerario de actividades en los espacios públicos de la población. El sector había logrado no sólo una apropiación de calles y pasajes del lugar, sino que además sus acciones sociales y políticas se extendieron en todos los sectores del lugar. En abril del año mil novecientos ochenta y cuatro, las actividades solidarias y las acciones políticas habían logrado una profunda simbiosis en el sector, y con ello, los dirigentes políticos de la izquierda local atesoraban una insondable legitimidad entre los vecinos.

Más allá de las reuniones políticas propias de células comunistas, núcleos socialistas y grupos miristas, en el lugar se constituyó un ambiente hospitalario entre estas corrientes: a pesar de las diferencias político-ideológicas entre los dirigentes locales, un aire de familia contribuyó significativamente a conservar relaciones de fraternidad entre ellos.

Cada quince días se congregaban comunistas, socialistas, miristas, mapucistas, izquierda cristiana, entre otros, para examinar la política coyuntural de la época. Eran encuentros de debate intenso, en que cada sesión requería de un mínimo de manejo conceptual para disponer de chances efectivas de incidir en aquellas conversaciones. Muchos de los compañeros más jóvenes de aquel período, éramos simples espectadores de un debate que cavilaba con una cuantía apoteósica de textos de Marx y de teóricos marxistas: las controversias en la mirada sobre la política del momento eran examinadas con particular rigurosidad, y sus textos depositados sobre la mesa, eran la alacena de fuentes conceptuales que atiborraban un debate superlativo.

En aquellas veladas, entremedio de apasionadas discusiones, despuntaba una voz suave pero potente… una persuasiva exposición dominaba un sigiloso ambiente que escuchaba sin cesar. Laura permeaba un espacio discursivo aparentemente dominado por los hombres, y en sus convincentes alocuciones estropeaba los probables estereotipos que brotaban de la mirada de los concurrentes. Laura era una compañera joven del lugar, militante comunista y la única universitaria del barrio. Entre nosotros, y muy a pesar de nuestra pasiva participación en estas reuniones, nos provocaba un inusitado entusiasmo por acudir a sus convocatorias. Disimuladamente, éramos sus fervientes devotos… admirábamos su impronta al confrontar sus ideas, que sin mediar ningún trazo de prepotencia lograba cautivar con sus argumentos. Exhibía en sus razonamientos una destreza sorprendente para engarzar el análisis de los problemas de la política nacional con su acervo teórico ideológico. Sus intervenciones en aquellos encuentros iban acrecentando cada vez más, nuestra secreta fascinación… veíamos en ella una mujer militante, alejada de los relatos testimoniales y de las narrativas del reclamo.

Unos de nuestros compañeros, de edad similar a la de ella, expresó profundamente estar enamorado de su forma de ser. Pero también contenía en su voz una amarga pesadumbre, porque sentía que sus sentimientos estaban a una distancia abismal de una probable correspondencia: era una utopía muy singular, que para él no tenía horizonte de posibilidad. Sin embargo, en esos meses procuró esforzarse: leyó en demasía, preguntó para derribar dudas y requirió de información entre amigos y compañeros para disminuir el vasto territorio de su analfabetismo ideológico. Su emprendimiento intelectual lo fue ubicando paulatinamente –durante esos meses–, como un miembro instruido en aquellas reuniones. No obstante, el sacrificio derrochado en ese tiempo no logró cautivar la atención de la compañera Laura: ella se mantuvo fiel a sus convicciones en sostener la discusión de los temas políticos en una atmósfera colectiva, sin la pretensión de personalizar aquel debate. Ahí no cabía el halago personal ni menos había espacio para alojar una demostración de inteligencia individual. Esos debates requerían de una militancia sin excesos de figuración; ahí primaba la idea, más allá de quien la develara.

Los afanes de nuestro compañero persistieron y exploró otros métodos para atraer su atención. En algunos encuentros lúdicos entre militantes del barrio, él llevo a dicha tertulia su guitarra, faceta que él estimaba como uno de sus últimos recursos para cautivar su mirada; ahí afloró su talento vocal entonando una canción del cantautor argentino Piero: “Yo trabajo y pienso en vos… vuelvo a casa y pienso en vos” fue la frase significativa de la melodía que intentó marcar un lazo presumible de seducción entre él y ella. Algo que lamentablemente no ocurrió, y que por el contrario, impulsó un debate acalorado sobre la cultura patriarcal que nos dominaba.

La compañera Laura, se mostraba muy crítica del aire machista que rodeaba los encuentros militantes y en sus argumentos, iba desbaratando la forma en que se concebía nuestro discurso, el que a su juicio estaba contaminado por un relato masculino de la seducción. Para ella, la seducción había sido raptada por una retórica patriarcal, en que la mujer es trasformada por el hombre en un objeto. En ese momento, la compañera Laura lanzó una sentencia que terminaría por desmoronar toda pretensión de nuestro compañero para cautivar su atención: “La seducción es una forma de dotar de belleza el espacio vacío en la promesa de amor entre una mujer y un hombre, cuestión que el hombre arruinó en su afán por dominar la relación…”.

Nuestro compañero estaba destruido, sin provisiones lingüísticas en el horizonte que le permitieran sortear con relativa dignidad la performance que había propuesto para conquistarla. En ese instante, un extenso silencio se apoderó de nosotros, incapacitados de la oportuna palabra que restituyera otra posible conversación, sin caer en la tentación del relato patriarcal. Pero de pronto, la compañera Laura, en un tono más compasivo y de apertura a nuestras limitaciones, nos invitó a superar nuestra precariedad imaginativa, sobre todo para capturar la atención de aquellas mujeres que se resisten a ser encarceladas en los prototipos de la sociedad capitalista. En aquel trance perturbador, logramos percibir que estábamos en presencia de una compañera de extremada lucidez, y que en aquella época no poseíamos aún esa capacidad teórica para pensar esa otra relación. La compañera Laura se había transformado en una pionera que invitaba a pensar otra matriz de relaciones sociales.

Nuestro compañero se mantuvo activo y participante en las actividades que se realizaron aquel año, como preparación de las jornadas de protesta de mayo. Como era habitual en cada jornada, la compañera Laura era una de las primeras en llegar a las barricadas, y en cada protesta agitaba con efusivo entusiasmo su querida bandera de la hoz. Ambos participaban sin mediar inconvenientes en reuniones y mítines, y en apariencia había dejado en el olvido aquella desafortunada performance. Ya en las protestas nacionales que ocurrieron en septiembre de mil novecientos ochenta y cuatro, a la compañera Laura se le vio tomada de la mano de un joven alto que no parecía ser del lugar y que entre su particularidades portaba una guitarra pegada a sus espaldas… Desde ese momento, nuestro compañero logró percibir que había recibido una gran derrota dentro de muchas que quizás iba experimentar.


Sociólogo y profesor universitario