En plena dictadura, mientras estudiaba derecho en la Universidad de Chile -y no obstante que mucha gente a mí alrededor vivía en una burbuja de negación- siempre supe que la dictadura era eso, dictadura, que no había como nombrarla de otro modo y, convencido, fui opositor participando activamente en el proceso de democratización, como un independiente convencido de que la democracia era el sistema para proteger los principales valores de una sociedad justa.

El año 1989 voté NO, celebré el triunfo de la democracia y he apoyado con mi voto, mi opinión, el fortalecimiento de un país capaz de desarrollarse en justicia, libertad e igualdad.

Pero, después 27 años de democracia, lo que vemos en Chile, en la región y en el mundo es una aguda confusión política que viene de la mano de una crisis financiera y económica que se ha alargado ya por 10 años. Ésta, unida a la práctica de una economía de mercado más o menos salvaje, sí bien hizo crecer a la economía y, en el caso de nuestro país, nos permitió salir de ciertos niveles de pobreza extrema, también generó una concentración desproporcionada de la nueva riqueza sin mecanismos de redistribución adecuados. En ese período de crecimiento, el consumismo y el enriquecimiento rápido se convirtieron en los antivalores de una corrupción creciente (a todo nivel y bajo cualquier color), y el país ha vivido un grave proceso de involución cultural en el que el dinero se volvió más importante que el conocimiento. Aumentó la riqueza, se profundizó la brecha entre los más ricos y los pobres, la clase media ha debido enfrentar un país con costos de país desarrollado, y la sensación de país en apariencia exitoso nos impidió prestar la debida atención a los baches, los pendientes, lo injusto que aún sobrevive en la médula de nuestra sociedad.

En este escenario de frustración y resentimiento –tal como ha ocurrido en otros países- han vuelto a renacer las miradas de extremo, los integrismos, que siempre construyen discursos que apelan a la demagogia, el populismo o, simple y directamente, la ira, el odio, el miedo. En la extrema derecha: miedo, xenofobia, puritanismo formal, nacionalismo; en la extrema izquierda: resentimiento, desconfianza, revolución, odio de clases. En ambos casos, los discursos se articulan para generar desintegración y desconfianza, para convencer a la masa que hay un peligro que sólo puede derrotarse mediante la postura radicalizada. Nada nuevo bajo el sol, Hitler y Stalin, genocidas que prometieron paraísos y construyeron infiernos, llegan disfrazados de novedad y vuelven a apelar, con irresponsable y mentirosa decisión, a las fuerzas más oscuras que engendra la injusticia.

Quizá resulte una perogrullada decir que el centro es el espacio donde pueden articularse las soluciones viables, pero al decirlo no me refiero al centro que hemos visto en acción hoy, uno débil, poco claro, sin una mirada de fondo con peso, un centro político atacado y confundido por la excentricidad de ambos extremos. Entonces, cuando miro al Chile de hoy, el país por cuya consolidación he trabajo durante años, lo que veo es el riesgo de querer superar esa injusticia por el camino equivocado: los extremos. Quizás ello no ocurra este periodo eleccionario, pero sí en el mediano plazo, porque hay una revolución y una reacción en estados embrionarios, en desarrollo, en proceso, de las que están sacando provecho ingenuamente o con mala fe, políticos improvisados y sin la preparación adecuada, quizás inescrupulosos o inflamados de dogmatismo.

 Soy un convencido que la única opción política capaz de llevar el país al desarrollo justo es el centro, un centro político capaz de entender el país sin dogmatismo y convocar las buenas ideas (nadie tiene el monopolio sobre ellas) para construir una sociedad justa. Un centro que sincere su posición política, que respete el entorno y que convoque de verdad a las fuerzas sociales, los otros poderes que conforman la sociedad civil, política y económica. Un centro que sepa hablar con la empresa y los trabajadores, con los ciudadanos, que convoque -convencido- a construir un país libre y justo. Un centro político capaz de apelar a la energía positiva de nuestra sociedad (no el resentimiento y los miedos, no a la xenofobia o la lucha de clases) y mantener informado, con respeto, a los ciudadanos respecto de las razones por las que se pueden o no implementar determinadas medidas que en el papel parecen justas. Pienso en centro político que considere que la educación es la piedra angular del desarrollo humano y económico de un país, que es la única vía para mirar lo que somos en el largo plazo. Un centro que genere desarrollo político y abra un gran espacio donde el discurso ilustrado y moderado sea el polo de atracción, generando una fuerza centrípeta por la que todas las posturas y sensibilidades busquen expresarse a través del respeto y el diálogo. Un centro político que sea capaz de tratar los temas éticos de nuestra sociedad con una mirada inclusiva, para que en nuestro país nadie sobre, nadie tenga un trato discriminatorio o denigrante. Un centro político que demuestre que es posible lograr un país verdaderamente desarrollado, sin demagogia ni revoluciones histéricas que prometen desde la ira el paraíso y construyen infiernos.

El imperio del capitalismo sin contrapeso, la obnubilación por la riqueza fácil ha creado un ambiente -a nivel local e internacional- que es campo fértil para revolucionarios, reaccionarios, demagogos y populistas. Vivimos un período de crisis política y crisis de las instituciones democráticas, pero ello no implica que la democracia, el mercado, un adecuado rol regulador del Estado, la separación de poderes, el discurso moderado, un espíritu hermenéutico no sean, en realidad, las mejores fórmulas para lograr el desarrollo al que aspiramos en justicia, igualdad y libertad.

Si hay que retomar y ajustar una mirada esa es la de la ilustración, única capaz de incorporar los paradigmas y entendimientos de la realidad que han aportado las ciencias, la filosofía, el conocimiento económico. El posmodernismo abrió el pensamiento de lo que Vattimo ha llamado el pensamiento débil o no dogmático, y lo que debe retomarse es que, bajo ese concepto, busquemos que los seres humanos mejoremos los niveles de educación y sepamos distinguir lo posible de lo imposible, lo viable y lo inviable, lo aceptable y lo que no, acordando soluciones integrales posibles, realistas. En una sociedad posmoderna ilustrada, la utopía no existe, pero el ejercicio dialógico para construir acuerdos, es la clave, el método para llegar a la honestidad en el ejercicio del poder.


Abogado y crítico literario, Director de Ojo Literario Ediciones.